Un amigo que dejaba la ciudad me dijo: “Antes de irme, quiero ir a algún bar de toda la vida, nada de moderno, donde hagan tapas sencillas y auténticas”. Era hacia noviembre, nos teníamos que reencontrar para despedirnos y el viento de otoño ya se llevaba por Roger de Flor las últimas hojas de los plataneros, tal como se llevaría a mi amigo pocas semanas después hacia su nuevo destino.
Había que contentarlo y homenajearlo con los antojos que más le apetecieran y, para ello, elegí el Bar Bodega Can Ros, un clásico abierto en 1971 que continúa ofreciendo platos tradicionales de cocina casera. Aquí, el espacio y la atmósfera parecen no haber cambiado demasiado, los platos pasan raudos, la simpatía de los camareros hace que te sientas como en casa y la vitrina está a rebosar de las viandas que te abrirán el apetito de un vistazo.
Las despedidas se digieren mejor si la mesa está llena, así que elegimos los calamares a la romana, con un rebozado esponjoso y vicioso, y repetimos
Las despedidas se digieren mejor si la mesa está llena, así que elegimos los calamares a la romana, con un rebozado esponjoso y vicioso, y repetimos. También, unas bravas que me recordaron que en cuestión de la salsa que las bautiza nunca nos pondremos de acuerdo. Tampoco podían faltar las albóndigas con guisantes, un guiso que siempre sienta bien y que en Can Ros, un día feliz, decidieron meter dentro de una barra de pan y así harían uno de los bocadillos más famosos de Barcelona. Para rematar, la oreja frita con ajo y perejil, que aquí no la hacen crujiente sino melosa. Can Ros no deparó ninguna sorpresa y buscábamos precisamente eso: una despedida plácida y nada inolvidable que probablemente, y justamente por este motivo, será un recuerdo cálido con el paso de los años que nos confirmará haber escogido bien el lugar y haber pasado allí un momento alegre y distraído.
La carta de Can Ros (no confundir con el otro Can Ros, conocido por sus arroces a tocar de la playa de la Barceloneta), sin embargo, se alarga un montón. Una vez en la mesa te hará de mantel, llena como está de platos: más de una veintena de tapas calientes, sección que recoge los grandes hits de bar que ya he mencionado y aún más, como el surtido de tortilla (alcachofa, de patata y cebolla o del día), los caracoles, la carne de pincho adobada, las bombas, los buñuelos de bacalao, los riñones al jerez o el morro de cerdo frito. En el apartado de fríos, otra retahíla de platos que van del mar, con la ventresca en escabeche, las anchoas, los boquerones y la ensalada de marisco, hasta la tierra, con la cabeza y lengua en vinagreta, los huevos rellenos o los diversos platos de embutidos y queso.
Los bocadillos completan el resto de la extensa carta, también divididos en temperaturas y con la opción de escoger el tamaño pequeño o el grande. El especial de la casa, el bocadillo Can Ros, lleva atún en escabeche, pimiento rojo, anchoas y aceitunas rellenas. Y a parte de este, el resto son monográficos del embutido o la conserva: ¿quieres un bocadillo de boquerones? ¿De morcilla blanca? ¿De morcilla de cebolla? ¿De carne de pincho adobada? ¿O un completo de lomo, queso y bacon? Lo tendrás en Can Ros.
