El accidente de Adamuz, en su coincidencia trágica con la muerte del maquinista en el Alvia en Gelida, ha desencapsulado una crisis ferroviaria insostenible. No es un tramo con incidencias, son dos destinos truncados con 45 muertos. No es Rodalies, es el sistema ferroviario al completo. Ya no es Catalunya y el Govern, es nacional y del Gobierno. El caos del servicio se ha cobrado los primeros ceses y evidencia que Transportes podía haberlo hecho mucho antes. Al igual que se exige coordinación entre administraciones, la crisis de confianza también recae en ambas. Hay ansiedad en los pasajeros y una inquietud por subirse a un tren. El pasajero suma a la conmoción del accidente de Adamuz, la inseguridad de no llegar o hacerlo a otro punto al que no iba. Y no se puede externalizar la culpa en contrataciones y competencias lo que pasa por ser un servicio público.
La investigación de Adamuz contrasta con la gestión de Rodalies. Desde el pasado lunes, se han tomado decisiones y contradecisiones, se han bajado y subido las velocidades permitidas y se han parado tramos sin explicar por qué. Las estaciones semivacías, los trayectos de cinco horas en viajes que se hacían en dos y un restablecimiento intermitente minan la confianza en los trenes, la única opción de desplazamiento para miles de usuarios. Salvador Illa puede señalar a Transportes de la misma manera que Óscar Puente a los técnicos. Al final, el ciudadano juzga y señala a ambos. Porque, si el sistema ferroviario no es inseguro, pero a quienes lo usan se lo parece, es motivo suficiente.
En la investigación de Adamuz habrá responsabilidades penales, administrativas y políticas. Para las últimas, si no hay sorpresas en la investigación, queda tiempo. El ministro Óscar Puente ha asumido ser el frontón mediático en el esclarecimiento del accidente. Lo hace con la información de la CIAF y los peritos que investigan cómo descarriló el Iryo que llevó al siniestro del Alvia. Hasta ahora acierta en varias cosas. Sabemos que la vía contenía tramos de los años noventa con otros actuales porque lo reveló en rueda de prensa el presidente de ADIF. Sabemos también que el foco está en la soldadura porque lo ha aclarado el presidente de la investigación de la Comisión CIAF, Ignacio Barrón. Juntar dos carriles de épocas distintas no es causa de anormalidad, ha dicho. Al ministro no le parece incompatible. Pero la CIAF cuestiona la renovación “total” y han preguntado a ADIF por los tramos renovados. Si no se soldó bajo las instrucciones necesarias (distintas aleaciones por la diferencia de materiales), la responsabilidad recaerá sobre la empresa adjudicataria, las participadas involucradas y, por extensión, Transportes.
La ansiedad por forzar la dimisión de Puente convierte debates técnicos muy complejos en munición política
El debate sobre si debe dimitir Puente solo está en la oposición y no tanto en la calle. De momento, el PP ha dado razones políticas sin motivos directos sobre la responsabilidad de Puente en el accidente. De nuevo, la estrategia del PP es confusa. El portavoz Miguel Tellado denunció opacidad y falta de transparencia este sábado y 48 horas después Alberto Núñez Feijóo se descuelga con un “nos han llenado de datos para confundirnos”. Mientras, la ansiedad por forzar la dimisión de Puente convierte debates técnicos muy complejos en munición política. Estéril para comprender las causas reales del accidente. En el 11M se mintió, en el Yak 42, también. Con lo que hay, es difícil hablar de la invención de un relato de Puente para evadir culpas, como acusa el PP.
Para Puente no es incompatible hablar de vía renovada, “de punta a punta” con que no sea en todos sus elementos. Y en este debate se resolverá si se soldó bien o no la vía. “Si soy yo (el que caiga) —dice Puente—, pues tendré que ser”. El ministro no teme la primera línea de la responsabilidad ni de la gestión. Es más, está salvando a Pedro Sánchez de otro aldabonazo que no está en condiciones de asumir. Esto va más allá de Adalmuz y Gelida. Extremadura cayó en manos del PP por las conexiones de trenes fallidas con Madrid. Un desgaste real, palpable, que más allá.