Si realmente somos lo que comemos, analizar la alimentación en la Edad Media en la península ibérica, más que en una “España” unificada, inexistente hasta finales del siglo XV, es una forma directa de entender cómo vivían la mayoría de sus habitantes. Entre los siglos V y XV, la comida no era una cuestión de elección personal ni de tendencias, sino de supervivencia, cosechas y clima. La economía era esencialmente agraria y cerca del 80% de la población era campesina, lo que implicaba una dependencia casi absoluta de lo que daba la tierra. Las sequías, las heladas o las plagas podían arruinar las cosechas y provocar hambrunas devastadoras. Se vivía pendiente del cielo por motivos religiosos, pero también por pura necesidad agrícola. Solo una minoría privilegiada podía permitirse excedentes o banquetes suntuosos; para el resto, la dieta era monótona, basada en harina y cereal, con una presencia muy limitada de proteína animal.

Edad Media en España: mucha harina, muy poca proteína

La base indiscutible de la alimentación medieval eran los cereales como trigo, centeno, avena o mijo, con los que se elaboraban los productos esenciales del día a día: pan y gachas. Conviene recordar que alimentos hoy omnipresentes como la patata, el tomate, el maíz o el pimiento no existían aún en Europa, ya que llegaron tras el descubrimiento de América. El arroz, por su parte, se introdujo progresivamente a través de Al-Ándalus. Así, la dieta cotidiana giraba alrededor de masas, sopas espesas y preparaciones de grano cocido. Muchos campesinos trabajaban de sol a sol y comían una o dos veces al día, con pequeños tentempiés durante la jornada.

La patata llegó posteriormente desde América / Foto: Unsplash

Las frutas y verduras completaban el panorama: manzanas, peras e higos eran habituales, junto a productos como ajos, nabos, coles o puerros. La proteína animal era escasa para la mayoría. La carne era un lujo reservado a festividades o a quienes tenían recursos. Cuando aparecía en la mesa popular, solía ser pollo o cerdo; en la aristocracia, en cambio, podían encontrarse piezas de caza como venado o jabalí, e incluso aves más exclusivas como oca o cisne. El contraste entre clases era evidente: mientras los nobles organizaban banquetes opulentos con abundancia de carne y personal de servicio, los campesinos recurrían a preparaciones sencillas y, en ocasiones, a salsas intensas para disimular alimentos en mal estado.

La carne era un lujo reservado a festividades o a quienes tenían recursos

La bebida habitual era vino o cerveza ligera, ya que el agua no siempre era segura. Diversos estudios académicos, como los realizados por investigadores de la Universidad de Alcalá, han analizado textos medievales para entender no solo qué se comía, sino también cómo se comía, desmontando el mito de una sociedad sin normas en la mesa. Asimismo, investigaciones arqueológicas de la Universidad de Bristol sobre restos óseos y cerámicas medievales en Inglaterra han confirmado que el grano era el eje de la dieta campesina, acompañado de verduras, grasas y algo de queso, un patrón comparable al de buena parte de Europa occidental.

Dieta Edad Media / Foto: Unsplash

La imagen que emerge es clara: una alimentación marcada por la escasez estructural de proteínas animales, el predominio abrumador de la harina y una profunda dependencia de la tierra. Comer en la Edad Media no era una experiencia gourmet, sino un ejercicio constante de adaptación al entorno y a la jerarquía social.