El presidente chino, Xi Jinping, habría lanzado una advertencia cargada de lectura geopolítica durante su encuentro con el presidente estadounidense, Donald Trump, en Pekín: Vladímir Putin podría acabar lamentando la invasión de Ucrania. La frase, según diversas informaciones publicadas después de la reunión, llega en un momento especialmente incómodo para el Kremlin, cada vez más atrapado en una guerra larga, carísima y sin perspectivas claras de victoria.
Putin confiaba en que 2026 sería el año del golpe definitivo sobre el frente oriental ucraniano. Moscú contaba con el desgaste de Kyiv, la fatiga occidental y su superioridad en hombres y producción militar para acabar doblegando a Ucrania. Pero el cálculo no se está cumpliendo. De hecho, las tendencias sobre el terreno apuntan justamente en dirección contraria.
Las bajas de Putin
Según estimaciones occidentales, Rusia sufre entre 30.000 y 40.000 bajas mensuales entre muertos y heridos. Una sangría colosal para unos avances prácticamente irrelevantes sobre el mapa. El número total de bajas rusas desde el inicio de la invasión superaría ya el millón, mientras el Kremlin cada vez tiene más dificultades para reemplazar efectivos y sostener el ritmo de una guerra que debía durar semanas y ya entra en el cuarto año.
La situación empieza a generar nervios incluso dentro de Rusia. En los últimos días, diputados rusos han advertido públicamente que la economía no podrá aguantar indefinidamente el peso de la guerra. El gasto militar se ha disparado, la inflación presiona el consumo y las distorsiones económicas derivadas de las sanciones complican la situación interna. Incluso Putin sorprendió recientemente insinuando que la guerra podría estar “llegando al final”, una frase impensable hace solo unos meses en un líder que presentaba el conflicto como una batalla existencial contra Occidente.
Ucrania lidera la guerra con drones
Mientras tanto, Ucrania ha convertido los drones en un arma capaz de cambiar las reglas del juego. Kyiv ya no combate solo por resistir: está redefiniendo la manera de hacer la guerra. Las fuerzas ucranianas han creado auténticas “zonas de muerte” de hasta quince kilómetros en el frente donde cualquier avance ruso queda expuesto a ataques constantes con drones.
Los aparatos ucranianos también golpean cada vez más profundamente territorio ruso. Aeródromos, depósitos de munición, fábricas e infraestructuras energéticas se han convertido en objetivos habituales. Moscú, que al comienzo de la guerra aspiraba a tomar Kyiv en pocos días, ahora tiene que reforzar las defensas alrededor de su propia capital para evitar ataques humillantes durante actos simbólicos como el desfile del Día de la Victoria.
Xi toma notas para un hipotético conflicto con Taiwán
Para Xi Jinping, la guerra de Ucrania es también un laboratorio estratégico. Pekín observa con lupa hasta qué punto una potencia militar muy superior puede quedar atrapada en un conflicto largo ante un adversario sostenido por sus aliados. La lección es especialmente relevante para Taiwán. El líder chino ha ordenado preparar el ejército para una eventual operación militar antes de 2027, pero Ucrania está demostrando que las guerras rápidas y limpias existen sobre todo sobre el papel.
Este nuevo escenario también altera los cálculos de Trump. El presidente estadounidense había defendido hasta ahora que Ucrania acabaría obligada a aceptar concesiones territoriales ante la superioridad rusa. Pero el desgaste acelerado de Moscú y la resistencia ucraniana complican este relato. Washington empieza a ver una oportunidad allí donde hasta hace poco solo había bloqueo: presionar a Rusia desde una posición de debilidad creciente.
Después de más de tres años de guerra, Putin sigue lejos de los objetivos con los que justificó la invasión: no ha doblegado a Ucrania, la OTAN es hoy más grande con la entrada de Finlandia y Suecia, y Rusia depende más que nunca de China. El Kremlin todavía controla territorios ocupados, pero el coste político, militar y económico de la guerra no deja de crecer. Y hasta en Pekín empiezan a preguntarse si Putin no ha acabado entrando en una guerra que ya no sabe cómo ganar.