El degoteo de problemas para el primer ministro Keir Starmer, cuatro días después de la aparatosa derrota del Partido Laborista en las municipales del Reino Unido y en los parlamentos de Gales y Escocia, parece no tener fin. La dimisión este martes de cuatro de sus ministros —en el Reino Unido el equipo gubernamental completo suma unos 122 ministros, entre el gabinete, nivel superior, y el gobierno extenso, nivel inferior— ha aumentado la presión para que dimita. Un total de 90 diputados habrían firmado una carta pidiéndole la dimisión. Este número de parlamentarios es ciertamente crítico porque el reglamento del Partido Laborista establece que se necesitan 81 diputados (el 20 % del grupo parlamentario de 403) para respaldar a un único candidato alternativo y activar formalmente un proceso de primarias que podría destituirlo. No estamos aún en ese punto, pero, como sucede en todas las crisis, las cosas van demasiado rápido y, con la tendencia actual, nada es descartable.
Starmer se acoge a dos cosas: en primer lugar, que también cuenta con un bloque de unos 110 diputados que han firmado una declaración apoyándole, argumentando que después de los pésimos resultados no es el momento para una batalla por el liderazgo laborista. En segundo lugar, que el gran ganador de las recientes elecciones no fue, como sucedía antaño, en una suerte de bipartidismo perfecto, el Partido Conservador, sino el partido de ultraderecha Reform UK de Nigel Farage, que obtuvo más de 1.400 escaños. Starmer tiene en eso una base sólida para defenderse, ya que el auge del populismo en Gran Bretaña es real y una crisis tan amplia, que desbocaría el actual debate y adelantaría las elecciones generales, serviría en bandeja el triunfo a Farage. En medio de todo este debate, también está que los laboristas no tienen un candidato claro que pueda agrupar la actual mayoría parlamentaria de la que gozan en el parlamento y tan solo uno de los aspirantes, Wes Streeting, el ministro de Sanidad, tiene el horizonte despejado. Los otros dos rivales que más suenan, Andy Burnham, el alcalde del gran Mánchester, goza de gran popularidad entre las bases, pero al no ser diputado debería obligar a una artimaña legal. En el caso de Angela Rayner, está sometida a una investigación fiscal.
Tres de las cuatro naciones del Reino Unido (Escocia, Gales e Irlanda del Norte) tienen gobiernos liderados por partidos nacionalistas o republicanos
En medio de todo ello, se encuentra el torbellino político que se ha desatado en Gales y Escocia, con el triunfo de dos partidos abiertamente independentistas. En el caso de Escocia, el ministro principal, John Swinney, ya ha planteado la exigencia de un referéndum de independencia para 2028 como la única vía para blindar a los escoceses frente al avance de la ultraderecha de Farage en el resto del Reino Unido. Hoy por hoy es un brindis al sol y el propio Starmer ha señalado que, en ningún caso, la piensa autorizar, con el argumento de que el referéndum de 2014 ya resolvió la cuestión por una generación. La vía judicial tampoco tiene recorrido alguno, ya que el Tribunal Supremo dictaminó en 2022 que el parlamento escocés no tiene competencias para convocar una consulta de forma unilateral sin el consentimiento de Westminster. Esa es la gran diferencia respecto a la situación de 2014, con un primer ministro, David Cameron, que sí la facilitó, con el argumento de que era lo correcto para respetar el mandato democrático.
El partido que ha ganado en Gales, Plaid Cymru (el partido nacionalista galés), ha acabado con 27 años de hegemonía laborista y sitúa a tres de las cuatro naciones del Reino Unido (Escocia, Gales e Irlanda del Norte) bajo gobiernos liderados por partidos nacionalistas o republicanos. Su hoja de ruta es de más autogobierno, buscando equiparar los poderes de Gales a los que ya tiene Escocia, una reforma de la financiación para corregir lo que consideran un trato injusto por parte de Londres y, a más largo plazo, un referéndum de independencia. Escocia y Gales dejan dos lecciones que, aunque no son extrapolables, ya que no hay nunca comicios idénticos, sí son utilizables. Cuando los problemas no se solucionan, siempre vuelven. Y el Reino Unido no ha resuelto ninguno de los problemas territoriales que dieron paso a la demanda de referéndum en Escocia. Hubo muchas promesas, pero se las llevó el viento. La gente hoy ha aumentado considerablemente sus niveles de exigencia y tiene mucha más información.