Pocas personas saben que detrás de un pescado tan apreciado en la cocina como la corvina se esconde una historia fascinante que mezcla creencias ancestrales, misticismo, marineros, reyes y hasta joyería. Desde hace miles de años, el ser humano ha confiado en amuletos para protegerse de enfermedades, atraer la buena fortuna o ahuyentar males invisibles, y en ese universo simbólico la corvina ocupa un lugar muy especial. No por su carne, sino por un pequeño elemento oculto en su interior que durante siglos fue considerado mágico, protector y digno de ser llevado colgado al cuello como si se tratara de una piedra preciosa con poderes sobrenaturales.

¿Sabías que la corvina esconde un tesoro secreto que se usaba en joyería?

A este pez se le han atribuido desde la antigüedad cualidades psíquicas, un fuerte simbolismo de fecundidad y una conexión con fuerzas invisibles relacionadas con la suerte y la protección. En distintas culturas mediterráneas se creía que la corvina podía aliviar dolores, especialmente de cabeza, combatir el reuma, proteger del mal de ojo y favorecer el éxito personal. Esta reputación no surgía de la nada, sino de un elemento muy concreto que el animal guarda en su oído interno: los otolitos, pequeños huesos indispensables para que el pez mantenga el equilibrio y se oriente bajo el agua.

La corvina es un pez muy apreciado en la alta cocina / Foto: Unsplash

Desde el punto de vista científico, los otolitos son una auténtica fuente de información biológica. Sus anillos de crecimiento permiten saber la edad, el desarrollo e incluso el hábitat de la corvina, de forma muy similar a lo que ocurre con los árboles. También sirven para identificar especies y estudiar la vida marina. Sin embargo, mucho antes de que la ciencia los analizara, estos huesos de aspecto blanco, liso y alabastrado captaron la atención de los pueblos antiguos por su belleza y su rareza.

Los marineros fenicios ya los llevaban consigo hace más de 5.000 años, convencidos de que les ayudarían a regresar sanos y salvos a casa. Se pensaba que los otolitos no solo guiaban a los vivos por el mar, sino también a los muertos en su tránsito al más allá. Su presencia en enterramientos refuerza la idea de que funcionaban como una especie de luz simbólica, similar a las monedas que los romanos colocaban sobre los ojos de los difuntos.

Los romanos colocaban esta parte del oído de la corvina en los ojos de sus difuntos

La leyenda viajó y se transformó con el tiempo. En Inglaterra se cuenta que el mago Merlín entregó al rey Arturo una piedra blanca capaz de cambiar de color si el monarca obraba mal. Según la tradición, esa piedra nunca se oscureció y hoy formaría parte de las joyas de la Corona Británica. En España, el otolito aparece incluso en el famoso retrato que Velázquez pintó del príncipe Felipe Próspero, rodeado de amuletos que buscaban proteger su frágil salud.

Se cree que una de estas piedras blancas hoy forma parte de la colección de la corona Británica / Foto: Unsplash

Hoy, lejos de desaparecer, estos antiguos talismanes han encontrado una nueva vida convertidos en anillos, colgantes y pendientes. El otolito de corvina ha pasado de ser un objeto ritual a un elemento de joyería contemporánea, conservando ese halo de misterio que lo acompaña desde hace milenios y demostrando que, a veces, los mayores tesoros se esconden donde menos lo esperamos.