Cuando se llevan ocho días de la guerra de Estados Unidos e Israel en Irán y el conflicto militar parece decantarse en contra del régimen de los ayatolás, el presidente Donald Trump ha dado por concluida la operación Venezuela, iniciada en Caracas con la detención y extradición por la fuerza del expresidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero. Trump ha dado un paso previsto, pero que viene a dar por acabada la operación en Venezuela con el reconocimiento del gobierno del país sudamericano liderado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. El presidente de Estados Unidos no dio ninguna pista sobre una transición más amplia que satisfaga los intereses de los países europeos, con la Premio Nobel de la Paz Corina Machado, por ejemplo, o con alguno de los otros aspirantes que se mueven en las cancillerías de la UE.
Trump no quiere compartir el rédito que pueda suponer el cambio en Venezuela y, en este aspecto, su política es claramente exclusiva. Primero los intereses de Estados Unidos, segundo los intereses de Estados Unidos y así sucesivamente. Siempre, además, sus intervenciones militares llevan el complemento de un botín empresarial que las justifica. En el caso de Venezuela, Trump explicó este sábado en una cumbre de los principales líderes de la derecha latinoamericana, con motivo de una cumbre contra el narcotráfico, celebrada en Florida, que al lado del restablecimiento de las relaciones diplomáticas y consulares había un acuerdo histórico sobre el oro venezolano para permitir una estrecha cooperación que facilite la venta de oro y otros minerales venezolanos.
Washington está buscando un Juan Guaidó o una María Corina iraní que acabe siendo una figura de la oposición externa, simbólica y sin control institucional
La exnúmero dos de Maduro, detenido en Nueva York desde su extracción de Caracas, ha completado en un tiempo récord su reubicación en el nuevo tablero. Parece que, además, cuenta con el apoyo militar suficiente para que su cúpula también se haya adaptado con rapidez a la nueva situación, como si no hubieran existido los años anteriores. Seguramente, el éxito logrado en Venezuela y su rapidez es lo que debe estar sirviendo de patrón en estos momentos en la administración Trump. Washington está buscando un Juan Guaidó o una María Corina iraní que acabe siendo una figura de la oposición externa, simbólica y sin control institucional. Está buscando su propia Delcy Rodríguez iraní: alguien que proceda del propio aparato del régimen o de sus márgenes más pragmáticos y que conozca los códigos de poder desde dentro.
No un converso ideológico, sino un operador racional que entienda que el régimen tal como existía ha dejado de ser viable y que la alternativa a pactar no es resistir heroicamente, sino desaparecer bajo los escombros. Alguien capaz de hacer el giro de 180 grados que la situación requiere sin que el edificio se desplome del todo, porque un Irán colapsado es tan peligroso para Washington como un Irán nuclear. Mientras esperamos a ver si ese futuro llega en algunas semanas, Trump sigue amenazando con golpes muy duros y en muy pocas horas y afirmando que se estaba considerando seriamente la destrucción total y la muerte segura de zonas y grupos de personas que hasta ahora no se habían considerado como objetivos. Saber si forman parte de su lenguaje brabucón o del siguiente capítulo de la guerra es algo que sabremos muy pronto.