Barcelona es una ciudad muy suya. Muy dinámica, y muy particular a la vez. En cuanto la entiendes, la haces tuya y comprendes los engranajes que la mueven y emocionan, tienes el cielo abierto y el camino para ganarte el corazón de quienes la habitan, es más llano. Funciona cuando te mudas, cuando abres una empresa, tienda y, por supuesto, cuando abres un restaurante. Ronin Stern, una ciudadana del mundo casada con un catalán, ha tomado el pulso a la ciudad condal y ha penetrado el pericardio de quienes vivimos en ella.
Ronin, nacida en Tel-Aviv, es después de más de 20 años de residir aquí, tan barcelonesa como Rafel Campos, su socio y pareja. Ambos se han movido con diligencia, responsabilidad y habilidad en diversos sectores: exfutbolista y agente de FIFA él; moda íntima, ella. Donde han convergido es en la gastronomía, donde sus caracteres afables, anfitriones y alegres han sentido que aportaban a la ciudad. Su primera incursión fue Crustó, una cadena de hornos de pan que defendía la artesanía del oficio y la importancia de la masa madre y las fermentaciones justo cuando se estrena el milenio. Al venderlo, abren Toto en el año 2012, convirtiéndose en un italiano de referencia que quería seguir los pasos del concepto slow food, reflejándose en el pionero Chez Panisse de la célebre chef Alice Water en Berkley (California). Y hará 10 años, el germen del tema que ahora nos ocupa: Autorosellón.
Este restaurante rezumaba libertad, alegría y originalidad, tres elementos que, desde entonces, han acompañado para elevar al éxito a los otros proyectos gastronómicos que Ronin y Rafel han emprendido
Porque Superauto sustituye al célebre Autorosellón de la mejor manera posible: corrigiendo y aumentando. Autorosellón fue revolucionario en 2016: aquí Stern recogía todas las piezas del puzle y juntaba el slow food con recetas internacionales y el brunch con producto local, en un producto diurno cuando parecía que en Barcelona, al mediodía, solo se podían hacer menús populares. La pareja lo petó literalmente. A favor, la reconversión de un antiguo taller de recambios de coche en restaurante, con la cocina vista, conservando un marcado acento industrial en el interiorismo. Este restaurante transpiraba libertad, alegría y originalidad, tres elementos que, desde entonces, han acompañado para elevar al éxito a los otros proyectos gastronómicos que Ronin y Rafel han emprendido, como La Balabusta, Flying Monkey o los hornos de pan Oz, con zona de degustación y tienda de comestibles.
Hay que augurar a Superauto diez años más, y esperamos que la dupla Stern/Campos nos siga regalando conceptos tan divertidos y únicos
Después de 10 años, la pareja sentía que había que rejuvenecer, revisar y actualizar. Desde el interiorismo, la disposición de las mesas y la cocina a los platos que se sirven: “Estaba tan ligado a las mañanas, mediodías y tardes que las noches costaban mucho”, explica Rafel. Con esta sacudida, la carta huye del brunch y de los desayunos que hicieron tan popular esta esquina de las calles Rosselló con Enric Granados y abraza elaboraciones donde la cocina quiere ir en dirección contraria a las etiquetas: “Podemos encontrar elaboraciones y técnicas de muchos de los lugares donde hemos viajado y disfrutado, desde Oriente Medio a China, pasando por Tailandia o Ecuador”, añade Ronin. Unos perfiles de sabor que, por el contrario, sí que son trazables y se encuentran en el bagaje cultural de Ronin: desde el schnitzel de su infancia al “tiramiso”, una versión del tiramisú donde, en vez de café, emplea miso, el fermentado japonés base, resultando un postre poco dulce, pero potente, justo lo que el paladar necesita para cerrar.
Busca la potencia en la mezcla. Los ácidos con los salados, con los dulces y, por encima de todo, la coherencia con el punto de partida que congració a la chef con la cocina: elaborarlo todo desde cero empleando calidad, producto orgánico cuando es posible y producto fresco y local. Resultan platos refrescantes, alegres, que hacen salivar y sentir que uno vive una fiesta. Son buenos ejemplos el Schnitzel con jamón ibérico, brie y mostaza avinagrada; los dumpling de pollo y gambas de Palamós con vinagre negro, los patacones (rodajas de plátano macho, aplastadas y fritas en crujiente resultado) con pollo y salsa tártara; o el roast beef con salsa ponzu y mirin con ensalada de pepinos. Ronin Stern encontró la piedra filosofal y crea los conceptos gastronómicos de manera que tengan elementos comunes, pero sobre todo, elementos definitorios: una personalidad propia que, indefectiblemente, se riega con vinos naturales y vinilos. Hay que augurar a Superauto diez años más, y esperamos que la dupla Stern/Campos nos siga regalando conceptos tan divertidos y únicos. Que nunca dejen de soñar.
