Hay restaurantes que se explican con una idea clara y otros que solo se pueden entender como un proyecto de vida. Cal Marquès, en Camprodon, pertenece inequívocamente al segundo grupo. Cuando en 2014 Jordi Guitart y Cristina Castells abren las puertas del restaurante, lo hacen impulsados por la pasión por la cocina y el vino, pero sobre todo por una convicción profunda: que la gastronomía debe estar arraigada al lugar donde nace. Situado en la plaza del Carme, 9 de Camprodon, con el hostal La Placeta justo encima, Cal Marquès es hoy un restaurante con identidad propia, sólido y coherente, que ha sabido crecer sin perder la esencia. Un lugar donde todavía se cocina, donde el producto manda y donde cada detalle responde a una manera muy concreta de entender el oficio.
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Cocina arraigada, cocina de altura
La filosofía de Cal Marquès se construye a partir de una cocina arraigada en la Vall de Camprodon, una cocina de altura, profundamente ripollesa, que se nutre de las influencias de la cocina fronteriza francesa. Esta mirada hacia el norte no es estética, sino técnica: se traduce en precisión, respeto por el producto y una manera de entender las cocciones y las salsas con profundidad.
No es una cocina convencional ni estrictamente tradicional. Aquí no se busca reproducir recetas, sino interpretar el territorio desde una cocina catalana contemporánea, con criterio, oficio y sensibilidad. El resultado es una propuesta que rehúye las modas y construye un discurso propio, sereno y honesto.
Conocer el origen del producto permite cocinarlo con respeto, entendiendo el animal, las piezas y las cocciones adecuadas
En Cal Marquès, hablar de producto de proximidad no es un recurso retórico. Es una realidad tangible. La calidad de los ingredientes locales y de temporada es una prioridad absoluta, así como la colaboración con pequeños productores y proyectos que comparten una misma forma de hacer. Uno de los pilares del restaurante es el proyecto familiar de un pequeño rebaño de oveja ripollesa, una raza autóctona profundamente vinculada al territorio. Gracias a esta relación directa con el campo, una parte muy importante de la propuesta gastronómica gira en torno al cordero de casa, identificado en la carta como #xaidecasa.
Estos platos no son un ejercicio de protagonismo, sino de responsabilidad. Conocer el origen del producto permite cocinarlo con respeto, entendiendo el animal, las piezas y las cocciones adecuadas. El cordero se convierte así en un hilo conductor que conecta territorio, cocina e identidad.
Una carta con personalidad y un menú para entender la casa
La carta de Cal Marquès no es convencional porque tampoco lo es el proyecto. Los platos nacen de la simbiosis entre producto de proximidad, temporada y experiencia del equipo, con la voluntad de explorar caminos singulares sin perder nunca el vínculo con la cocina catalana. Esta propuesta convive con un menú degustación de 59,90 €, pensado para entender la esencia del restaurante, y con la opción de menú degustación con maridaje por 80 €, que pone en valor el papel fundamental del vino dentro de la experiencia. Dos maneras diferentes de acercarse a una cocina que no busca impresionar, sino explicar.
La carta de vinos es uno de los grandes rasgos diferenciales de Cal Marquès. No es una carta convencional, porque el restaurante tampoco lo es. Aquí se trabaja con proyectos singulares, mayoritariamente de bodegas familiares, algunas cercanas y otras más lejanas, unidas por una misma pasión: el amor por la tierra y por el vino. La selección recorre vinos de muchos estilos, desde variedades ancestrales y típicas de cada zona, elaboradas con agricultura sostenible y mínima intervención, hasta algunos vinos clásicos de diferentes regiones. Una carta pensada no para imponer, sino para despertar la curiosidad y el placer de descubrir vinos que dialoguen con la cocina. La selección ha sido escogida con esmero y pasión por Cristina, sumiller y experta en vinos por el WSET, que acompaña al comensal en la elección y ayuda a encontrar el maridaje personalizado más adecuado para cada ocasión. El vino, aquí, suma y explica.
La propuesta se enriquece con maridajes específicos para los postres, una práctica poco habitual, pero que aquí se entiende como una continuación natural de la experiencia
Postres con identidad propia
Los postres tienen un papel central en Cal Marquès. No son un simple punto final, sino una parte esencial del relato gastronómico. En la cocina hay conocimientos de pastelería, lo que permite elaborar postres con personalidad, equilibrados y coherentes con el resto del menú. Además, la propuesta se enriquece con maridajes específicos para los postres, una práctica poco habitual, pero que aquí se entiende como una continuación natural de la experiencia. Dulces y vinos dialogan con la misma precisión y respeto que los platos salados.
Cal Marquès es, antes que nada, un proyecto de vida. Jordi y Cristina, tras formarse junto a grandes profesionales de la hostelería, deciden volver a casa y crear un espacio gastronómico diferente en Camprodon, en el Ripollès, su tierra natal. Con los años, han consolidado un equipo profesional que comparte compromiso, pasión y estima por el proyecto. Hoy, el equipo lo completan Marc, en cocina y pastelería, y Ahmed, en sala. Ellos lo llaman su #DreamTeam, y esta complicidad se respira en cada servicio. En la plaza del Carme, en Camprodon, Cal Marquès continúa demostrando que cuando cocina, territorio, vino y personas avanzan juntos, la gastronomía se convierte en una experiencia con sentido. Y esto, hoy, es mucho más que una buena comida.
