Comprar un buen queso y encontrarlo al cabo de pocos días seco, agrietado o con una textura completamente diferente es más habitual de lo que parece. El problema no siempre es el tiempo que lleva abierto, sino cómo lo guardamos en la nevera. Uno de los errores más habituales es envolverlo directamente con film transparente y dejarlo así hasta el siguiente consumo. El queso continúa evolucionando una vez cortado y necesita conservar cierta humedad sin quedar completamente asfixiado. Por eso, una solución mucho más adecuada es protegerlo con papel vegetal o papel de horno y, después, guardarlo dentro de un recipiente que lo proteja de los cambios bruscos de humedad y de los olores de otros alimentos.
No podemos guardar el queso de cualquier manera
El papel vegetal es mejor que envolverlo directamente con film
Cuando envolvemos fuertemente un trozo de queso con plástico, la superficie queda prácticamente sellada. Esto puede favorecer la acumulación de humedad y alterar el estado exterior del producto. Además, en quesos curados o semicurados interesa encontrar un equilibrio: evitar que pierdan demasiada agua, pero sin cerrarlos herméticamente en un entorno excesivamente húmedo.
El truco es sencillo. Coge un trozo de papel vegetal o papel de horno y envuelve el queso procurando cubrir toda la superficie cortada. No es necesario apretarlo excesivamente. Después, ponlo dentro de un recipiente alimentario. En muchos casos es preferible que este recipiente no quede completamente hermético, porque así se mantiene un ambiente más estable sin concentrar tanta condensación.
También es importante elegir bien el lugar de la nevera. Evita la puerta, porque es una de las zonas que sufre más oscilaciones de temperatura cada vez que se abre. Es mejor una zona interior con una temperatura más estable, como un cajón específico si la nevera dispone de él. Y conviene mantenerlo separado de alimentos con aromas muy fuertes, ya que algunos quesos pueden absorber los olores.
Sacarlo de la nevera antes de comerlo
Conservar bien el queso no sirve de mucho si después lo comemos directamente recién sacado de la nevera. A temperaturas muy bajas, la grasa está más firme y los aromas y los sabores se perciben menos. Por eso, una buena práctica es retirar solo la cantidad que vamos a comer unos 20 minutos antes de servirla. Durante este tiempo, el queso recupera una temperatura más agradable y la textura se vuelve más expresiva. En quesos curados, especialmente, la diferencia puede ser notable: aparecen aromas que con el producto frío quedaban prácticamente escondidos.
Naturalmente, no todos los quesos se conservan exactamente igual. Los frescos necesitan una refrigeración más estricta y seguir las indicaciones del fabricante, mientras que los curados toleran mejor este sistema de envoltura. Pero para muchos quesos abiertos, la regla es fácil de recordar: papel vegetal, recipiente protector, temperatura estable y unos minutos fuera de la nevera antes de comerlo. Cuatro gestos sencillos que pueden evitar que ese trozo de queso acabe seco antes de tiempo.
