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Las patatas bravas son una tapa casi intocable, pero también admiten muchas más vueltas de las que parece. No siempre hay que cortar la patata en dados, freírla y cubrirla con salsa brava. Hay una manera muy diferente de prepararlas que juega con la textura y convierte la patata en una especie de masa crujiente por fuera y muy jugosa por dentro. La idea es rallar la patata, escurrirla bien, cocinarla primero en la sartén con mantequilla y luego acabarla en la freidora de aire o en aceite caliente. El resultado no recuerda tanto a unas bravas clásicas, sino a una versión más moderna, con una salsa fresca de yogur griego, jalapeño, menta, cebollino y limón.

Hay muchas maneras de reinventar las patatas bravas de toda la vida

La patata rallada cambia completamente la textura

El primer paso es rallar una patata entera dentro de un bol. No hace falta cortarla en trozos ni hervirla antes. La gracia es conseguir hilos finos de patata que después se puedan compactar como si fueran una especie de tortilla o rösti. Una vez rallada, se debe escurrir bien y añadirle sal. Este punto es importante porque la sal ayuda a que la patata suelte parte del agua.

Después conviene dejarla reposar un rato. Si la patata mantiene demasiada humedad, costará que quede crujiente. Por eso es mejor presionarla con las manos o con un trapo limpio para eliminar todo el líquido posible. Cuanto más seca quede antes de entrar en la sartén, mejor será el resultado final. A continuación, se funde un poco de mantequilla en una sartén y se añade la patata rallada. Se debe extender bien y compactarla, como si se quisiera hacer una tortilla fina de patata. La mantequilla aporta sabor y ayuda a que la base coja color. Cuando la masa ya está dorada y cohesionada, se deja enfriar un poco y se corta en porciones.

Una salsa fresca en lugar de la brava de siempre

El segundo paso es llevar estas porciones a la freidora de aire o freírlas hasta que queden bien crujientes por fuera. Aquí es donde la receta gana todo el sentido: el exterior queda dorado y quebradizo, mientras que el interior conserva una textura tierna y muy jugosa. No son unas patatas bravas normales, pero mantienen ese punto adictivo de mordisco crujiente y centro meloso.

La salsa también rompe con la tradición. En lugar de una brava clásica, se prepara una crema de yogur griego con jalapeño, menta, cebollino, limón, aceite de oliva y pimienta. El yogur aporta cremosidad, el jalapeño da un punto picante, la menta refresca y el limón levanta el conjunto. Esta salsa funciona porque compensa la parte grasosa y tostada de la patata. No la tapa, sino que la acompaña. Se puede servir al lado, para que cada trozo se pueda mojar, o poner un poco por encima justo antes de llevar el plato a la mesa.

Así pues, si te has cansado de las bravas de siempre, esta versión es una manera fácil de cambiarlas por completo. Patata rallada, mantequilla, doble cocción y una salsa fresca son suficientes para conseguir una tapa diferente, crujiente y mucho más sorprendente de lo que parece.