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Cuando hace calor, una ensalada parece la opción más fácil para resolver una comida fresca. El problema es que a menudo se construye mal: o bien queda reducida a cuatro hojas de lechuga que al cabo de una hora ya no sacian, o bien se llena de ingredientes sin ningún orden hasta convertirse en una mezcla pesada. Una ensalada completa no necesita muchas cosas, sino una combinación equilibrada de texturas, nutrientes y sabores. La fórmula más útil es partir de una base vegetal, incorporar algún elemento cocinado, añadir proteína, completarla con una fuente de hidratos de carbono y acabarla con un aliño que una el conjunto.

Una ensalada no solo debe llevar hojas verdes y debe ser variada

Una base vegetal con crudo y cocinado

La lechuga puede formar parte de la ensalada, pero no debe ser el único protagonista. Se puede combinar con espinacas tiernas, rúcula, canónigos, col cortada fina o endivias. Estas hojas aportan volumen y frescor, pero necesitan otras verduras para dar más consistencia al plato. Tomate, pepino, zanahoria, pimiento, rábanos o cebolla tierna son opciones fáciles que aportan agua, fibra, color y diferentes puntos de crujiente.

Una ensalada. Foto: Pexels

La diferencia entre una ensalada simple y una que realmente satisface acostumbra a aparecer cuando se le añade alguna verdura cocinada. Calabacín a la plancha, berenjena asada, calabaza, judía verde, espárragos, brócoli o pimiento escalivado aportan una textura más tierna y un sabor más profundo. La combinación de crudo y cocinado hace que el plato sea más interesante y evita la sensación de estar comiendo únicamente alimentos fríos y ligeros.

No es necesario incorporar cinco verduras diferentes. Con una base de hojas, una verdura cruda y una cocinada ya se puede construir una ensalada equilibrada. Lo importante es que cada ingrediente tenga una función. Si todo es crujiente, el plato puede resultar monótono; si todo es blando, pierde frescor. Contrastar texturas ayuda también a comer más lentamente y a percibir mejor los sabores.

Proteína, hidratos y un aliño con sentido

La proteína es el elemento que convierte una ensalada de acompañamiento en una comida completa. Se puede optar por pollo, atún, salmón, huevos, queso fresco, tofu, tempeh o legumbres como garbanzos, lentejas y judías. La cantidad dependerá del resto del menú, pero debe tener una presencia clara. Añadir solo cuatro virutas de queso o un poco de atún no siempre es suficiente para mantener la saciedad durante horas.

También conviene incluir una fuente de hidratos de carbono, especialmente si la ensalada es el plato principal. Patata, arroz, quinoa, cuscús, pasta, maíz o una rebanada de pan integral pueden completarla. No hace falta cargarla: una ración moderada ya aporta energía y evita llegar con demasiada hambre a la siguiente comida.

Finalmente, el aliño debe unir los ingredientes, no esconderlos. Aceite de oliva, vinagre o limón y un poco de sal son suficientes en muchos casos. También se puede preparar una vinagreta con mostaza, yogur, hierbas o frutos secos. Una buena ensalada, por lo tanto, no es solo lechuga ni una acumulación de toppings. Es una composición clara: vegetales crudos y cocinados, una proteína, una fuente de hidratos y un aliño equilibrado.