Cuando pensamos en buñuelos, es fácil asociarlos a los días de Cuaresma y a los escaparates de las pastelerías que se llenan de estos pequeños dulces fritos. Pero su repertorio va más allá de una única temporada. Los buñuelos de viento son un buen ejemplo: ligeros, redondeados y con un interior que deja espacio para el relleno, forman parte de una tradición que también podemos llevar a la cocina de casa. Aunque se comen por Cuaresma, no son una elaboración exclusiva de este periodo.
Un postre que sirve para comer todo el año
¿Por qué se llaman buñuelos de viento?
El nombre hace referencia a su estructura interior. Durante la cocción, la masa se infla y se forman cavidades que hacen que el buñuelo resulte ligero. Cuando mordemos uno sin rellenar, encontramos una capa exterior fina y un interior que tiene poco que ver con el de una masa compacta. Esta característica los diferencia de otros buñuelos con una miga más consistente. En los de viento, buena parte del atractivo es precisamente el contraste entre la superficie frita y la ligereza interior. El azúcar con el que habitualmente se acaban aporta el toque dulce y queda adherido a la parte exterior.

La preparación parte de una masa escaldada, elaborada con líquido, grasa y harina, a la que después se incorporan los huevos. La harina se trabaja primero con el líquido caliente hasta que se forma una masa ligada. Este paso es importante para que la mezcla adquiera la consistencia necesaria antes de añadir los huevos.
Después, la masa se reparte en pequeñas porciones que se fríen en aceite caliente. Con el calor, aumentan de volumen y toman la forma característica. La temperatura del aceite es uno de los puntos que hay que vigilar: una superficie demasiado tostada puede esconder un interior que todavía necesita cocción.
Solos o rellenos, dos maneras de comerlos
Los buñuelos de viento se pueden servir simplemente azucarados. Esta versión permite apreciar la textura de la masa y es una opción para quien prefiere un postre sin relleno. También se pueden aromatizar, de manera que el gusto final dependerá de los ingredientes que se hayan incorporado durante la preparación. La otra posibilidad es aprovechar las cavidades interiores para rellenarlos. La crema pastelera, la nata o el chocolate permiten obtener versiones diferentes a partir de una misma base. El relleno se pone después de freírlos y dejarlos enfriar, con la ayuda de una manga pastelera que permite introducirlo en el interior del buñuelo.
La elección modifica tanto el sabor como la sensación al comerlos. Sin rellenar, destacan por la ligereza; con crema, nata o chocolate, el bocado se vuelve más cremoso. Por eso, una misma elaboración puede dar lugar a una bandeja variada sin necesidad de preparar masas diferentes.
Más allá del calendario, los buñuelos de viento ofrecen una manera de recuperar la repostería casera y compartirla en la mesa. Se pueden preparar para un postre, una merienda o una celebración familiar. Su vinculación con la Cuaresma continúa viva, pero la receta también tiene lugar en otros momentos del año, especialmente cuando apetece dedicar un rato a hacer un dulce en casa.