Frases como "Es una mezcla entre Belén Esteban y Leticia Sabater" o "Si Van Gogh resucitara, se cortaría la otra oreja para no escucharla más" son algunos de los comentarios que corrían por las redes desde que la vocalista ha vuelto a ponerse al frente de la banda donostiarra; incluso hay quien cree que Amaia ha vuelto a La Oreja de Van Gogh para "destrozar el grupo desde dentro". Este viernes, sin embargo, el Palau Sant Jordi ha tenido una respuesta muy diferente: un público dispuesto a cantar cada una de sus canciones, aunque la protagonista no siempre acertara las notas.
Amaia desafina, modifica las melodías originales y juega con los ritmos y la duración de las notas de una manera que, en algunos momentos, descoloca. Le cuesta entrar a tiempo en determinados pasajes y su voz no siempre acaba de encajar con la música. Tampoco se la entiende demasiado cuando se dirige al público. Eso sí, las letras no las ha olvidado
El primero de los cuatro conciertos que La Oreja de Van Gogh ofrecerá en Barcelona ha comenzado con veinte minutos de retraso. Un ligero nerviosismo se ha apoderado del recinto, con algún silbido y miradas de reojo entre los asistentes que, por un momento, han llegado a dudar si la actuación acabaría cancelándose. Finalmente, las luces se han apagado y Amaia Montero ha aparecido elevada sobre una plataforma, como una gran estrella del pop, ante un Palau que hacía rato que la esperaba. La primera impresión ha sido tan desconcertante como reveladora.
Amaia desafina, modifica las melodías originales y juega con los ritmos y la duración de las notas de una manera que, en algunos momentos, descoloca. Le cuesta entrar a tiempo en determinados pasajes y su voz no siempre acaba de encajar con la música. Tampoco se la entiende demasiado cuando se dirige al público. Eso sí, las letras no las ha olvidado. Y el realizador, que es quien elige las imágenes que se proyectan de fondo en el escenario, podría hacerle un favor y buscar algún plan alternativo cuando desafina o está pasada de vueltas, pero parece que no teme perder el trabajo.
El público ha coreado a la vocalista y se ha entregado a una fiesta que, en algunos momentos, parecía más propia de un karaoke a las tres de la madrugada que de un concierto en el Palau Sant Jordi. Amaia tiene carisma, desprende una ternura difícil de explicar y conserva una capacidad de conexión con el público que no se puede ensayar. Es un desbarajuste bonito: no canta bien ni afina, pero la gente la quiere y tenía muchas ganas de volver a verla
La cuestión es que al público parece importarle bien poco. O, al menos, por esta noche. La gente ha cantado cada uno de los temas, ha coreado a la vocalista y se ha entregado a una fiesta que, en algunos momentos, parecía más propia de un karaoke a las tres de la madrugada que de un concierto en el Palau Sant Jordi. Y eso, lector, se debe interpretar como el mejor elogio posible. Amaia tiene carisma, desprende una ternura difícil de explicar y conserva una capacidad de conexión con el público que no se puede ensayar. Es un desbarajuste bonito: no canta bien ni afina, pero la gente la quiere y tenía muchas ganas de volverla a ver.
El entusiasmo era especialmente evidente entre los nacidos en los años ochenta y noventa, que han crecido con sus canciones y que, durante unas horas, han podido volver a la infancia. Pero también sorprendía la presencia de un público muy joven, personas que ni siquiera habían nacido cuando el grupo se formó en 1996 y que han hecho suyos unos himnos que ya tienen tres décadas de historia. La nostalgia, esta noche, no tenía edad.
Uno de los momentos más especiales ha llegado con Tan guapa, la décima canción del repertorio, que Amaia ha interpretado acompañada de Xabi San Martín al piano. "Es una canción especial, esta canción dice tantas cosas bonitas que me escribiste, y hacía tiempo que no nos hablábamos y tenía que cantarla", ha explicado. Él se ha ruborizado y se han fundido en un abrazo; Amaia ha roto el momento gritando que le quiere. La complicidad entre los dos músicos ha sido evidente, como también el cariño que la cantante todavía profesa a su compañero con quien, veinte años atrás, compartió una historia de amor. Una escena que ha añadido una dosis de ternura a una noche que ha tenido momentos de todo tipo.
Antes, la vocalista se había dirigido al público con un "Buenas noches, Barcelona" y un discurso en el que ha querido dejar claro que la capital catalana no es una parada cualquiera de la gira. "La energía que hay aquí no se puede comparar. Nos aman, nos siguen, pero de verdad que vosotros tenéis algo completamente diferente. ¡Es un verdadero honor compartir esta fieeeeeesta!". Ninguna palabra en catalán, pero el público la ha recibido con entusiasmo. Después de Cuéntame al oído, ha pedido que todo el mundo encendiera los teléfonos móviles: "Habéis tardado cero coma". Las luces de miles de pantallas han iluminado el Palau durante una de las baladas más bonitas del grupo. "Esto es espectacular, como vosotros", ha añadido.
Otro de los momentos más inesperados ha llegado con Boig per tu. La sorpresa ha sido mayúscula y el esfuerzo de la vocalista por cantar el himno de Sau en catalán, también.
Otro de los momentos más inesperados ha llegado con Boig per tu. La sorpresa ha sido mayúscula y el esfuerzo de la vocalista por cantar el himno de Sau en catalán, también. Ha cantado un par de estrofas, ha perdido el hilo de la letra y, durante unos segundos, el público ha tenido que contener la respiración. La intención, en cualquier caso, ha sido bien recibida y ha sido uno de los gestos más celebrados de la noche. Cuando el público le ha empezado a gritar "¡reina, reina, reina!", ella ha respondido con un tímido, pero celebrado "¡gracias, gracias, gracias!" al unísono.
Amaia vive en otra galaxia y esta noche ha decidido invitar a todo el Palau
La propuesta escénica ha tenido también algún momento de ciencia ficción. En Mariposa, las pantallas han convertido el escenario en una especie de universo espacial, con astronautas incluidos, mientras la plataforma donde se encontraba Amaia se elevaba unos cinco metros. El público ha observado la escena con un nudo en la garganta y alguna plegaria silenciosa para que la cantante no decidiera hacer ningún movimiento inesperado desde las alturas. Por suerte, no ha habido ningún susto. "Desde las alturas se está bien, ¿eh?", ha comentado cuando ha vuelto a tocar de pies en el suelo. Amaia vive en otra galaxia y esta noche ha decidido invitar a todo el Palau. Es la reina del pop que probablemente no ganaría nunca un talent show.
Amaia ha optado por una especie de vestido-chándal ajustado en la parte del pecho, que se ha tenido que ir recolocando a lo largo del concierto con la misma delicadeza con que Rafa Nadal se despegaba los calzoncillos del culo. El conjunto, difícil de describir y bastante excéntrico, tenía un punto de diva de barrio, con unos colorines que solo ella puede defender con tanta convicción
En cuanto al estilismo, la expectación también era considerable. Amaia ha optado por una especie de vestido-chándal ajustado en la parte del pecho, que se ha tenido que ir recolocando a lo largo del concierto con la misma delicadeza con que Rafa Nadal se despegaba los calzoncillos del culo. Los botines altos con estampado de color beige, en cambio, eran todo un acierto. El conjunto, difícil de describir y bastante excéntrico, tenía un punto de diva de barrio, con unos colorines que solo ella puede defender con tanta convicción. El pelo, largo y liso y con una pequeña trenza frontal escondida detrás de la oreja derecha, ha completado un estilismo que no ha necesitado ningún cambio de vestuario. Si hubiera salido en pijama, al público probablemente también le habría parecido bien.
El repertorio ha sido una buena selección de temas, prácticamente todos himnos generacionales: París, La playa, El 28, Soledad y, evidentemente, Rosas. Cuando esta última ha terminado, Amaia ha entonado una frase a cappella y el público la ha continuado sin instrumentos. Uno de los momentos en que se ha hecho más evidente que, por encima de cualquier irregularidad, las canciones siguen teniendo una fuerza extraordinaria. Después de abandonar el escenario, la banda ha vuelto para los bises con Perdida, Cuídate, Puedes contar conmigo y Muñeca de trapo, en que la artista se ha arrodillado a los pies del público y ha acabado estirada completamente en el suelo, primero boca abajo y después bocarriba. Una entrega escénica que no tiene nada que envidiar a los espectáculos de Taylor Swift.
En la despedida del concierto, ha modificado la letra de una de las canciones para sustituir Madrid por Barcelona, en un homenaje al público catalán. Todos los músicos han acabado haciendo un corro para abrazarla y entregarle un ramo de rosas. Ahora bien, una cosa es querer a Amaia Montero y otra es olvidar que el público ha pagado una entrada a un precio elevado para asistir a un espectáculo a la altura del Palau Sant Jordi. Y en algunos momentos no lo ha sido. La poca coreografía que había era esperpéntica, ha habido problemas técnicos, desajustes vocales y una producción que no siempre ha estado a la altura de las dimensiones del recinto. Se nota que la banda ya tiene más rodaje y que no es el primer concierto de la gira, pero la experiencia acumulada no resuelve todas las carencias. Hay momentos en que Amaia parece tan cómoda que casi da la sensación de que esté cantando en casa, con la alcachofa de la ducha en la mano. Desatada, con descaro, fuera de tono, tan segura de sí misma como imprevisible, y completamente ajena a cualquier convención. Ella, convencida de que lo ha hecho genial, con seguridad y presencia, se ha despedido de un Palau que le ha devuelto el cariño multiplicado.
La salud mental de Amaia es una cuestión que no se puede ignorar, especialmente después de que ella misma haya explicado públicamente los episodios más oscuros de su vida
Pero el debate que rodea este regreso va mucho más allá de las notas musicales. La salud mental de Amaia es una cuestión que no se puede ignorar, especialmente después de que ella misma haya explicado públicamente los episodios más oscuros de su vida. En una entrevista publicada el pasado septiembre, la cantante recordó los años en que pasaba los días en la cama y no sabía si volvería a ser la persona que había sido. Cuando le preguntaron por su padre, fallecido en 2009, confesó: "Me quería ir con él". También reconoció que había necesitado mucha ayuda para salir de aquel infierno.
¿Podemos preguntarnos si una gira tan exigente, con conciertos ante miles de personas y una presión mediática enorme, es el mejor escenario para alguien que ha explicado públicamente que ha atravesado momentos tan delicados?
Son palabras muy duras que merecen respeto y que obligan a mirar este regreso con una cierta responsabilidad. No podemos saber qué pasa hoy por la cabeza de Amaia ni convertir los problemas de afinación o su manera de moverse sobre el escenario en indicadores de su estado de salud. Pero sí que podemos preguntarnos si una gira tan exigente, con conciertos ante miles de personas y una presión mediática enorme, es el mejor escenario para alguien que ha explicado públicamente que ha atravesado momentos tan delicados. En este sentido, la decisión de Pablo Benegas, guitarrista y miembro fundador de la banda, de no participar en esta nueva etapa, también forma parte del contexto. Según algunas informaciones, habría expresado dudas sobre el regreso de Amaia porque no la veía en condiciones de asumir una gira de esta magnitud.
El público ha disfrutado, ha cantado y ha celebrado a una artista que forma parte de su nostalgia generacional, pero esto no convierte automáticamente el espectáculo en un buen concierto ni debería hacernos olvidar que detrás de la euforia hay una persona que merece ser cuidada
Y en medio de tanta euforia, también había espacio para una sensación incómoda, casi contradictoria: la de sentirse un poco culpable de pasárselo bien. Porque, mientras el público cantaba a pleno pulmón y celebraba cada aparición de Amaia, sobre el escenario también se hacían evidentes sus dificultades vocales, algunos momentos de desorientación y una fragilidad que costaba ignorar. ¿Hasta qué punto es legítimo convertir esta noche en una fiesta? ¿Se podía disfrutar de las canciones sin dejar de preguntarse si la artista estaba en condiciones de afrontar un espectáculo de esta exigencia? Quizás esta ha sido una de las grandes contradicciones de la noche: amar las canciones, celebrar el reencuentro y, a la vez, no poder desconectar del todo de la preocupación por la persona que las interpretaba.
Para algunos, el concierto de esta noche habrá sido una tomadura de pelo; para otros, un reencuentro justo y necesario. Y quizás las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. El público ha disfrutado, ha cantado y ha celebrado a una artista que forma parte de su nostalgia generacional, pero esto no convierte automáticamente el espectáculo en un buen concierto ni debería hacernos olvidar que detrás de la euforia hay una persona que merece ser cuidada. No se trata de cuestionar que Amaia pueda subir a un escenario, sino de preguntarse si todo el mundo que la rodea está a la altura de la responsabilidad que esto implica.
Barcelona ha desafinado al unísono y ha salido del Palau con la sensación de haber vivido una fiesta difícil de repetir. Un despropósito entrañable que ha permitido a toda una generación viajar al patio del colegio y recuperar unas canciones que todavía sabe de memoria. Quizás Amaia no ha ofrecido el concierto que el precio de la entrada prometía, pero ha conseguido algo que ninguna coreografía ni ningún afinador electrónico pueden fabricar: que miles de personas vuelvan a sentirse en casa con su música. Y ahora, más que pedirle que no desafine, quizás lo que toca es desearle que, cuando se acabe esta gira, pueda descansar, recuperar fuerzas y tener cerca gente que la cuide de verdad. Porque amar a una artista también significa querer que esté bien cuando se apaguen las luces.