Ha cerrado Cal Toni. Su clientela fiel lo lamenta y también la misma familia que durante décadas ha puesto en la mesa platos de cocina casera a precios económicos. Cal Toni era un bar en la calle Entença con Sepúlveda que hacía exactamente aquello que rezaba su mítico cartel azul: ''Comida casera, tapas variadas, bocadillos''. Los clientes valoraban el trato cercano, y que tuviera la esencia de un bar de barrio, sin arabescos y modernidades que aquí no pintaban nada. Al fin y al cabo, muchos habían hecho de Cal Toni el comedor de su casa, un anexo doméstico donde estar como en el mismo hogar. Y es por eso, porque sentían Cal Toni como familia, casi como una parte de sí mismos y de su historia, un lugar donde se sabían cuidados y en paz, donde reían con las mismas bromas de siempre, que hoy lamentan la pérdida.
Deberíamos tener ya bien claro, después de dos décadas de cierres masivos, que perdemos como ciudad y perdemos como sociedad cuando bares como Cal Toni desaparecen
Pero quien no hubiera conocido nunca Cal Toni también debería sentir un golpe en el corazón ante el enésimo cierre de un bar que hacía barrio, que era el barrio, que preservaba una manera de hacer la cocina y de tratar al cliente, que representaba qué ha sido la hostelería sencilla de nuestra ciudad, la que ha alimentado a la mayoría, desde bien temprano por la mañana. Deberíamos tener ya bien claro, después de dos décadas de cierres masivos, que perdemos como ciudad y perdemos como sociedad cuando bares como Cal Toni desaparecen.
Porque no solo importa qué dice la carta y cómo son las viandas que hay dentro de los platos en bares como este (que también importa mucho), sino que quizás es aún más relevante cómo somos cuando estamos en bares como estos, cuáles son nuestras expectativas ante un plato, qué postura y qué relajación tenemos, y todo son cosas que revelan una parte fundamental de aquello que debería ser, en primer lugar, la hostelería: un espacio humano, alimentario y de distensión por ambas partes.
Mi última visita a Cal Toni fue guiada por un habitual de la casa, Xavi Alba, director del restaurante Enigma, cuya plantilla ha sido también parte de la clientela más frecuente del bar. Comimos una clásica ensalada de la casa (4,95 €), de lechuga, tomate, cebolla y atún, espinacas con judías (4,95 €), conejo al ajillo acompañado de unas perfectas patatas fritas caseras (6,95 €), como pocas se ven en Barcelona, hígado de ternera a la plancha (6,75 €), y Sergi Perpinyà, segundo de Alba, se añadió con una escalopa de cerdo a la milanesa con patatas fritas (6,75 €). Al final, cafés y un trozo de pastel al whisky, con muchas lágrimas del destilado, tantas como las mías al pensar que Cal Toni ya no está.
