Como la mayoría de nuestros desveladísimos lectores deben saber, la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) arrasó en las elecciones de Sajonia-Anhalt con un 44% de los sufragios, destrozando el centroderecha ancestral del país y de aquel mismo estado, la CDU del canciller Friedrich Merz, que se desplomó hasta el 16,7% en preferencia de voto. También deben conocer que la AfD deberá superar el 50% para poder gobernar, dada la persistencia del cordón sanitario que, tradicionalmente, han impuesto los nietos del nazismo a los radicales, con la excusa de prevenir nuevas aventuras totalitarias y expansionistas. Agrade o no el ascenso de un partido intolerante hacia la diversidad y de posiciones reaccionarias, se podrá ver que la táctica de cauterizar la AfD ha acabado provocando un aumento de dieciséis escaños más que en las últimas elecciones, un auge que muchos imputan al carisma y la pericia en el arte de la viralidad en las redes de Ulrich Sigmund, estrella ascendente que —de forma un tanto temeraria— la competente revista Der Spiegel caracterizó como "el hombre más peligroso de Alemania".

Urdido desde un complejo de superioridad moral y con una visión un tanto timorata de la historia, el cordón sanitario ha fracasado porque la política, a diferencia de la medicina, es un asunto donde el arrinconamiento de los microbios no acaba de funcionar. Durante los últimos lustros, los políticos centroeuropeos han abordado temas como la inmigración o el empobrecimiento de la clase media autóctona con las mismas fórmulas de los años noventa; los electores, lógicamente, no solo se han fatigado de unas resoluciones que les empobrecen la cartera, sino que también han aprendido a desconfiar de la estigmatización de ciertos partidos al grito de la frase "que viene el lobo". Sé que puede parecer una idea muy sencilla, pero cuando reduces los anhelos de una formación política a cuatro tópicos y abrazas la táctica de insultar a sus votantes como si fueran solo fachas o paletos... pues, por esas cosas de la vida, la gente tiende a desconfiar de las estructuras tradicionales de poder para abrazar aventuras inéditas. Esto es producto de la pura naturaleza humana, que actúa como aquel niño a quien han prohibido tocar las llamas.

Todo esto que explico, y que se ha puesto de manifiesto con el triunfo de la AfD, debería ser algo no ya de primero de política, sino de párvulos

No hace falta ser muy inteligente para ver cómo el cordón sanitario también se ha ejercitado en nuestro país con la formación que todos imagináis. Poco importa, insisto, que te guste o repudies lo que dice Sílvia Orriols, o que consideres descabelladas o poco realistas sus ideas políticas; lo que resulta evidente es que el estigma solo genera excitación. Esto lo debería saber gente experimentada como el Muy Honorable Salvador Illa, que, quizás sin quererlo, ha ungido a la líder de Aliança como la jefa de la oposición real en el Parlament. También Josep Rull, pobre hijo mío, que en cada ocasión que interrumpe o amonesta a Orriols (escudándose en la noción de discurso de odio que los diputados de Junts pel Sí no aplicaron ni a la retórica guerracivilista de Ciudadanos) le garantiza unos cuantos sacos de votos más. La última de estas ideas geniales la protagonizará la izquierda indepe nuestra, que ya ha avisado de las intenciones de boicotear las intervenciones de Orriols y del alcaldable Jordi Aragonès este jueves en el Fossar de les Moreres. Cuanto más mambo haya, más votos recogerá Aliança.

Todo esto que explico, y que se ha puesto de manifiesto con el triunfo de la AfD, debería ser una cosa no ya de primero de política, sino de párvulos. Pero las élites políticas (y periodísticas) del país han querido contrarrestar a Aliança regalándole un pasillo conceptual de balde. Valga como ejemplo aquella idea de bombero, afortunadamente fracasada, de llenar las aulas con Mossos de paisano, una ocurrencia que podía ser oportuna, pero que, cuando la impulsas en sordina y afirmando que en las aulas catalanas no hay conflictos sociales ni raciales... pues la gente, de forma bien lógica, acaba pensando que la tomas por tonta. La izquierda, antigua abanderada del orden, ha querido no tocar el tema migratorio por riesgo de perder legitimidad moral, ha hecho la vista gorda al ser preguntada por el crecimiento demográfico desmesurado de los últimos lustros en Catalunya y, siguiendo el manual del antifascismo con caseta en el Eixample, se ha limitado a describir a las abuelas que votarán a Aliança en masa en las próximas elecciones municipales como una pandilla de neonazis y a su líder como un peligro de convivencia muy superior al españolismo.

Si a todo esto le sumamos el descrédito de los líderes del procés durante los últimos años y la centrocincuentización de la izquierda moderada socialista… ¿quién narices puede llegar a sorprenderse del auge de Aliança? Si la táctica brillantísima del cordón sanitario es renunciar a discutir las ideas de Sílvia Orriols o asumir que la integración de recién llegados es algo que, hoy por hoy, solo puede sostenerse con muchos recursos… ¿cómo es que todavía hay cráneos privilegiados que se sorprenden de la confianza que Orriols genera en tantos electores? Un servidor no es un votante aliancista y tiene la firme convicción de que el liberalismo y la seducción todavía son la mejor arma para integrar una cantidad desmesurada de recién llegados; por eso argumentaré y discutiré con quien sea y entiendo que, en caso de no hacerlo, la mejor solución no será iniciar la conversación que el país tiene pendiente acusando de racismo a una mayoría creciente de conciudadanos. Todo esto, repito, es bastante sencillo de entender, pero hacer cordones inútiles todavía se impone. Ya se las apañarán; dentro de pocos meses habrá muchas lágrimas en las sedes de los partidos indepes.