Un vecino y asiduo del restaurante Soma me habló de ello y me dijo: “A mí me gusta, me siento como en casa”. Y como ya había acertado con otra recomendación, le hice caso. Hace un par de días comí allí y fue un éxito.
Soma es un restaurante pequeño, de carta, sin menú de mediodía y que hace platos bien trabados, con originalidad y buena ejecución. La sala va como una seda, tienen una terraza envidiable en este amplio chaflán, la luz entra gloriosa por la ventana y todo está en su sitio. Hay una cierta pulcritud estética en el espacio y dentro de los platos, y dentro de mí también cuando me siento en una de las mesas de mármol: al final será verdad aquello de que el orden de fuera acaba resonando también dentro. El espacio tiene un toque de bistró, aquel aire afrancesado que en algún momento de la historia de esta ciudad hicimos tan nuestro, pasándolo por un tamiz, quizás, un poco más mediterráneo. El tamaño reducido da calidez pero no incomoda, e incluso han podido encajar una barra donde también se puede comer.
La calidad y el tratamiento de la gamba me sorprende por el precio (13 €) y el hecho de que no haya sido laminada destaca la textura carnosa y untuosa
Los platos combinan producto fresco y de calidad con elaboraciones trabajadas, que distan de ser sencillas ni canónicas, que recurren a ingredientes menos comunes y combinaciones creativas sin resultar estrambóticas, que casan bien y que se reflejan en la temporada. Así, pido un carpaccio de gamba con salsa de cacahuetes y picada de verduras encurtidas. Llegan 5 gambas desentrañadas y abiertas en mariposa que no acaban de responder bien a la técnica del carpaccio, que busca cortar finamente el animal que uno quiera poner en la mesa. Pero no importa mínimamente: la calidad y el tratamiento de la gamba me sorprende por el precio (13 €) y el hecho de que no haya sido laminada destaca su textura carnosa y untuosa. La salsa de cacahuetes, además lleva unas gotas de picante que ayudan a destacar el crustáceo aún más.
Detrás llegan unas galletas de socarrat de risotto (11 €). Me avisan que hoy el risotto es de arroz negro con calamar y lo agradezco: cuando comes solo, está bien saber de antemano que acabarás con la sonrisa manchada, y obrar en consecuencia. Tal y como el nombre indica, llegan unos pequeños discos de risotto negro, cada uno con un poco de calamar cortado y un gel de lima y una mayonesa suave. Encuentro que ganaría si el plato fuera una sola galleta. O quizás no.
El servicio ha ido rápido, yo también he hecho vía y salgo volando Aribau abajo para tomar un café en el Roast Club antes de una reunión
Para terminar, aquel día que la primavera se hace notar, un plato de setas: setas de ostra salteadas (15,5 €), aromatizadas con tomillo, colocadas sobre una crema de tupinambos y acompañadas de castañas, también salteadas. El servicio ha ido rápido, yo también he hecho vía y salgo volando Aribau abajo para tomar un café en el Roast Club antes de una reunión. Pero resulta que me dejé una cosa en el Soma: probar su flan, que dicen que es uno de los mejores de Barcelona.
