Del concepto de experiencia en gastronomía se ha hablado mucho, demasiado y estamos cansados. Y es quizás porque, a menudo, se ha empezado la casa por el tejado y se ha pensado primero, sin ton ni son, en crear una experiencia para el comensal antes que tratar de ejecutar un buen plato o un buen menú. Por este motivo, porque esconde profundas decepciones y levantamientos de camisa, nos hemos aburrido y nos genera bastante urticaria la palabra, y parece que ahora todos estamos en contra. Pero, de hecho, es imposible rehuirla y, además, suele ser aquello que hace reconocible y memorable un lugar. 

En este sentido, en una conversación con el amigo, sumiller y gastrónomo Marc Guallar, me hacía ver una cosa cuando me decía: “Yo, para mi cafetería de confianza, hago 25 minutos caminando para llegar allí. Voy hasta allí a pesar de que paso por quince otras cafeterías donde también hacen buen café. Me gusta cómo me tratan y el café está muy bueno”.

Camarero sirviendo cafés en una cafetería. / Foto: EuropaPress

Marc no lo sabía, pero hacía poco acababa de leer un razonamiento similar en la última entrada del blog del escritor Jacobo Bergareche, que es también un gran gastrónomo. Hablaba de “cinco platos que exigen un buen paseo para probarlos”. Estos paseos son, por ejemplo, una ruta larga a través de la nieve, una mañana en bicicleta, fondear la barca hasta la distancia adecuada del chiringuito de una cala. En la meta, después del esfuerzo, espera el mejor trofeo: un plato exquisito que es la mejor recompensa para saciar el hambre.

No todo se puede comprar con dinero, y experiencias como las que explica y disfruta Bergareche son una gran imagen de esto

El escritor dice una cosa con la que concuerdo mucho, y que me parece muy importante y un gran acierto, cuando define estos cinco platos que le han conmovido: “Son platos en los que un ingrediente indispensable es el mismo viaje”. Desde el pensamiento de ir a comer aquel plato hasta la sensación triunfal de llegar allí y conseguirlo, pasando por cada paso dado y cada bocado engullido, son completamente indefectibles del plato; no lo percibiríamos igual si faltaran, si comerlos fuera más fácil. 

En la gastronomía, la exclusividad que pasa por el esfuerzo y no por el poder económico todavía está muy presente, y me alegro sobre todo ahora que vivimos en un momento tecnológico en el que empiezo a dudar de la capacidad que tenemos de hacer el mínimo esfuerzo, de lo dispuestos que estamos a entregar nuestra voluntad a una inteligencia artificial. No todo se puede comprar con dinero, y experiencias como las que explica y disfruta Bergareche son una gran imagen de esto. 

La reflexión de Bergareche me hace pensar que estos platos que nos mueven, que nos ponen en marcha, que nos hacen idear un plan, salir de casa, calzarnos unas botas, llamar a unos amigos, nos gustan tanto porque son como guijarros brillantes que van empedrando el camino de la vida y que reflejan, al mismo tiempo, qué es la propia vida: ir hilando, continuamente, un esfuerzo por conseguir satisfacciones.