En Setcases, allí donde el Ripollès se eleva y el paisaje se vuelve rotundo, hay restaurantes que no solo alimentan, sino que explican una manera de vivir. Can Jepet es uno de estos lugares. Con más de cincuenta años de historia y una larga tradición familiar, este restaurante emblemático del Pirineo catalán ha sabido mantener viva la esencia de la cocina de alta montaña mientras la ha hecho evolucionar con criterio, sensibilidad y una apuesta firme por el producto de proximidad. No es extraño, pues, que forme parte de los restaurantes recomendados por la Guía Michelin 2025, ni que cuente con el reconocimiento Slow Food, una distinción que no hace sino poner nombre a una manera de hacer que en Can Jepet practican desde siempre
Entrar en Can Jepet es dar un paso hacia una cocina honesta, reconocible y profundamente arraigada al territorio. El ambiente cálido, el trato cercano y familiar y un salón que invita a sentarse sin prisas, forman parte indisoluble de la experiencia. Aquí no hay artificios gratuitos: hay respeto por la tradición, orgullo por los orígenes y una voluntad clara de hacer bien las cosas, como se han hecho toda la vida, pero con ojos del siglo XXI
Su propuesta gastronómica se mueve con naturalidad entre dos mundos que conviven en equilibrio. Por un lado, la cocina de siempre: las carnes del valle hechas a la antigua brasa de carbón de leña, uno de los grandes pilares de la casa. Por otro lado, una cocina tradicional actualizada, más elaborada, que juega con técnicas contemporáneas pero sin perder nunca el hilo conductor del gusto ni del producto. Todo ello, siguiendo fielmente el ritmo de las estaciones, un aspecto clave que define el ADN del restaurante y que conecta directamente con los valores del movimiento Slow Food
Los productos son, siempre que es posible, propios o de productores de la zona, una apuesta decidida por la autenticidad, la sostenibilidad y el respeto por el territorio
En Can Jepet, el calendario marca el menú. La caza cuando toca, las setas cuando el bosque las regala, las verduras de primavera cuando la tierra despierta. Los productos son, siempre que es posible, propios o de productores de la zona, una apuesta decidida por la autenticidad, la sostenibilidad y el respeto por el territorio. Esta manera de hacer no es una moda reciente ni una estrategia de marketing: es una convicción que se nota en cada plato y que explica por qué este restaurante ha sido fiel a una filosofía gastronómica mucho antes de que esta tuviera etiqueta.
La creatividad está presente, pero nunca desbocada. Es una creatividad al servicio del sabor, de la memoria y del paisaje. Un buen ejemplo es el sorprendente hot dog de tartar de potro ecológico del Mas la Illa (19 €), un plato que juega con el concepto sin renunciar a la identidad. El tartar, aliñado con cebollino, alcaparras, salsa Perrins, vinagre de arroz, sal y pimienta, se presenta dentro de un pan de brioche y se acompaña de un helado de mostaza elaborado en casa. Una propuesta atrevida, pero muy bien resuelta, donde el contraste de texturas y temperaturas funciona con precisión.
Otro plato que habla claramente del territorio es la patata ecológica en espuma con butifarra de perol y huevo de Ca la Xica (17 €), coronada con trufa rallada. La patata Kennebec de Can Querol, en Molló, es la base de un plato aparentemente sencillo, pero cargado de profundidad gustativa, donde cada ingrediente tiene sentido y protagonismo. Es cocina de montaña, sí, pero afinada y respetuosa.
La cocina de Can Jepet también sabe jugar en registros más complejos, como demuestra el Wellington de rabo de vaca ecológica del Ripollès con salsa de cerveza Carbó de la Minera (22 €). Una elaboración que requiere técnica, tiempo y oficio, y que transforma una pieza humilde en una propuesta refinada y reconfortante a la vez, con una salsa que aporta carácter, amargor e identidad local
Más allá de los platos y de los reconocimientos, Can Jepet es una manera de entender la restauración: arraigada, coherente y sincera
Cuando la temporada lo permite, platos como la liebre a la royale con foie gras, remolacha en crumble, trufa rallada y su salsa (32 €) muestran la cara más noble de la cocina de caza. Elaboraciones largas, intensas, pensadas para disfrutar sin prisas, que conectan con la gran tradición culinaria europea pero con una lectura profundamente personal y de territorio.
El capítulo de los postres no es ningún apéndice menor. Todo lo contrario. Aquí también se respira producto e identidad. El coulant de galleta Birba con helado de manzana al horno (8 €) es un homenaje dulce a una de las galletas más icónicas del país, reinterpretada con elegancia. Y el babà al Ticer (8 €), elaborado con crema del licor de Camprodon hecho con galleta Birba y servido con helado de nata, cierra la comida con una nota golosa y coherente.
Los petit fours —speculoos de regaliz y mini magdalenas de almendra, todo hecho en casa— acompañados de un ristretto, acaban de confirmar que en Can Jepet cada detalle cuenta. Más allá de los platos y de los reconocimientos, Can Jepet es una manera de entender la restauración: arraigada, coherente y sincera. Un restaurante que hoy luce la placa de la Guía Michelin y el sello Slow Food, pero que hace décadas que practica esta filosofía sin necesidad de medallas. En Setcases, entre montañas y silencio, Can Jepet continúa escribiendo su historia plato a plato. Y esto, hoy, es un auténtico lujo.
