Resulta revelador conocer los lugares donde comen los propios chefs cuando quieren disfrutar sin presión. En este caso, ha sido el reconocido cocinero Nandu Jubany quien ha señalado su refugio en Barcelona: Gresca Bar. Un restaurante que, lejos de la formalidad de la alta cocina clásica, se ha consolidado como uno de los locales más interesantes para quienes buscan producto, técnica y un ambiente cercano. El propio Jubany lo deja claro: le gusta ir con su familia, con amigos o incluso con gente ajena al mundo gastronómico. Lo que valora por encima de todo es sentirse cómodo, bien tratado, y poder disfrutar de platos para compartir. En ese contexto, Gresca Bar encaja a la perfección. Un espacio donde la experiencia no se basa en protocolos, sino en el disfrute real de la comida, algo que cada vez valoran más incluso los grandes chefs.
El rincón de Nandu Jubany para comer mollejas
Entre sus elecciones favoritas, el cocinero no duda: los “cervellets” y las mollejas. Dos elaboraciones que forman parte de la casquería y que, cuando están bien trabajadas, se convierten en auténticos manjares. En concreto, las mollejas o “lletons de vedella” son una de las especialidades de la carta, servidas con tostada de queso comté, una combinación que potencia su sabor y textura hasta llevarla a otro nivel.
La carta de Gresca Bar es un reflejo de su filosofía: platos aparentemente sencillos, pero con una ejecución muy cuidada y una clara apuesta por el producto. Desde clásicos como el pa amb tomàquet o las anchoas del Cantábrico, hasta propuestas más creativas como el profiterol relleno de queso fresco, anchoa y pimiento escalivado, que demuestra esa mezcla entre tradición y modernidad.
Platos aparentemente sencillos, pero con una ejecución muy cuidada
En el apartado de verduras y entrantes, destacan opciones como la berenjena lacada con crema de parmesano o la col con cansalada, platos que convierten ingredientes humildes en elaboraciones llenas de sabor. También hay guiños más sofisticados, como los guisantes con trufa o las colmenillas a la crema, que elevan la experiencia sin perder la esencia del restaurante.
Las proteínas tienen un papel protagonista. Además de las mollejas, encontramos propuestas como el cerebro de ternera con mantequilla y limón, la codorniz o el conejo a la brasa, e incluso cortes más contundentes como la txuleta de vaca. Todo ello acompañado de una cocina que no teme combinar influencias, con platos como el caldo asiático o el bacalao al pil-pil con tripa y pimiento escalivado.
Uno de los puntos fuertes de Gresca Bar es precisamente ese equilibrio: una carta que permite picar, compartir y probar muchas cosas diferentes, sin caer en excesos ni artificios innecesarios. Es una cocina que seduce tanto a expertos como a comensales curiosos que buscan salir de lo habitual.
Que un chef como Jubany lo elija como su rincón habitual dice mucho más que cualquier recomendación. Porque cuando alguien que vive de la gastronomía decide dónde ir en su tiempo libre, lo que busca es claro: comida honesta, platos con personalidad y un lugar donde sentirse realmente a gusto. Y en ese equilibrio, Gresca Bar se ha convertido en uno de los grandes secretos, cada vez menos secreto, de Barcelona.
