La educación contemporánea sigue debatiendo el papel de los exámenes en el desarrollo del alumnado. Mucho antes de que este debate se instalara en la agenda pedagógica, María Montessori ya advertía de los riesgos de convertir la evaluación en un elemento de presión y miedo. Para la pedagoga italiana, suspender un examen nunca debe entenderse como un fracaso, sino como una oportunidad para aprender, reajustar y seguir creciendo.

Hoy, para muchos estudiantes, un examen representa mucho más que una simple prueba de conocimientos. Es un momento cargado de ansiedad, expectativas externas y autoexigencia. El alumno se prepara durante días o semanas, memoriza contenidos, repasa apuntes y, en muchos casos, mide su propio valor académico —e incluso personal— en función del resultado. El examen deja de ser una herramienta educativa para convertirse en un juicio.

El examen y la presión emocional del alumno

Desde una perspectiva educativa, es importante entender cómo afronta un alumno un examen. No solo pone en juego lo que sabe, sino también su capacidad de gestionar el estrés, el miedo al error y la comparación con los demás. En este contexto, un suspenso puede vivirse como una etiqueta: “no sirvo”, “no soy capaz”, “he fallado”. Montessori fue tajante al respecto: el error no define al alumno, solo muestra el punto exacto donde necesita apoyo.

Examen

En la escuela actual, el examen suele simbolizar éxito o fracaso, cuando en realidad debería ser una fotografía puntual del proceso de aprendizaje. El conocimiento no es lineal ni uniforme, y cada estudiante avanza a ritmos distintos. Penalizar el error sin analizarlo solo refuerza la inseguridad y bloquea la motivación intrínseca por aprender.

El suspenso como motor de aprendizaje, no como castigo

Según María Montessori, nunca se debe calificar un suspenso como un fracaso, porque el fracaso paraliza, mientras que el aprendizaje impulsa. El error, bien acompañado, permite reflexionar, corregir estrategias y consolidar conocimientos. Desde esta visión, suspender no es caer, sino detectar qué no ha funcionado todavía.

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Naturalizar el error en la escuela implica cambiar el enfoque: pasar de la sanción a la comprensión, del dramatismo al acompañamiento. Un alumno que se equivoca y recibe orientación desarrolla resiliencia, pensamiento crítico y autonomía. En cambio, uno que asocia el error al castigo aprende a evitar riesgos y a estudiar solo para aprobar.

En educación, quitarle peso emocional al examen no significa eliminar la exigencia, sino humanizarla. Como defendía Montessori, educar es confiar en el potencial del alumno, incluso —y sobre todo— cuando se equivoca. Porque aprender no es no fallar nunca, sino saber levantarse mejor cada vez.