El pecado original aplicado a la educación ve en los niños seres incompletos que necesitan el castigo para aprender. La pedagogía de la italiana Maria Montessori (1870-1952), en cambio, difiere en el punto de partida y considera al niño como un individuo completo que tiene necesidades de aprendizaje particulares y que tiene que tener un entorno favorable para poder desplegarlas. Durante mucho tiempo, la pobre Maria Montessori, que además era católica, ha sido vista como una mujer anticristiana que tenía veleidades pedagógicas particulares. Maria Montessori fue la primera mujer italiana que consiguió la carrera de médico, a los 26 años. Su método pedagógico fue mundialmente famoso y extendido, incluso Mussolini se quiso apropiárselo. Ella se distanció de ello y por este motivo se tuvo que exiliar a Holanda, viendo como en Italia y en Alemania los fascistas y los nazis cerraban sus escuelas. No ha sido hasta que una editorial italiana que se llama Morcelliana ha rescatado un escrito de ella sobre el pecado original cuando las aguas han vuelto a pacificarse. Montessori, de hecho, tenía una concepción muy cristiana de los niños, a quien les veía cuerpo, alma y espíritu. Cuando vino la experta Montessori Ève Hermann al CCCB, recordó que este método Montessori ofrece espacios para los niños, habitualmente amplios, agradables y con elementos de madera, espacios donde los niños y niñas se mueven con autonomía, observan, experimentan y, por lo tanto, se equivocan. Y aprenden. La creatividad y la autonomía son esenciales en el arte de enseñar. No se puede enseñar a los alumnos a ser recipientes insensibles de material olvidable. No tiene ningún sentido.

Los niños no son botes a los que se inyecta conocimiento, sino personas que se van desarrollando con el acompañamiento de los adultos

Montessori partía de una posición cósmico-espiritual, creía en el vitalismo del amor y en las potencialidades de los alumnos, a quienes veía como pequeñas personas que se tenían que acompañar con mucha estima. También otros pedagogos como Don Bosco, Joaquima de Vedruna, Marcel·lí Champagnat o Josep de Calasanz han visto así a las criaturas. Los niños no son botes a los que se inyecta conocimiento, sino personas que se van desarrollando con el acompañamiento de los adultos. Por eso es todavía más indignante el caso de los abusos sexuales, que lesiona totalmente esta relación y confianza.

Edmund Homes y algunos agnósticos y personas afines a la teosofía vieron en Montessori, por fin, una propuesta que se escapaba del pecado original y daba aire a la educación. Por otra parte, los antimodernistas, tanto católicos como anglicanos, veían en Montessori una clara anticristiana. Finalmente, la tercera posición, con cristianas como Gunter Salyer, defendía el cristianismo en las bases montessorianas. Maria Montessori dejaba que los padres y madres entraran en los centros y vieran la evolución educativa de sus hijos, pero sin interferir. No habría estado de acuerdo con estas aplicaciones que permiten a los padres ver qué hace su bebé en el jardín de infancia, si le cae el chupete o si está quieto demasiado rato. Estos padres que llaman a la escuela porque ven desde una pantalla que su hijo está aparentemente desatendido. Montessori no era nada partidaria del control, y sí de la libertad y la autonomía. La libertad sólo se puede ejercer desde la confianza, también en el educador.

Maria Montessori fue una mujer difícil, que causó estupor e incomprensión. Esta pedagoga hoy podría ser un buen ejemplo en las buenas prácticas interreligiosas y ecuménicas, porque a pesar de partir desde una identidad, en este caso católica e italiana, supo encontrar el punto de encuentro y de apertura que no excluye a nadie por su procedencia. No importa de dónde vienes, sino dónde vamos. Juntos. Con libertad y autonomía, creatividad y confianza. Casi nada.

Míriam Díez
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