El arranque del motor es una acción rutinaria que apenas ocupa unos segundos en la vida diaria de cualquier conductor. Sin embargo, la forma en que se realiza ese primer momento puede tener consecuencias a medio y largo plazo en la mecánica del vehículo. Iniciar la marcha de inmediato y exigir potencia desde el primer metro es un hábito extendido que está detrás de un importante número de desgastes prematuros.
Cuando el motor está frío, sus componentes internos no trabajan en condiciones óptimas. El aceite, encargado de lubricar y proteger las piezas móviles, presenta una mayor densidad y necesita un breve intervalo para distribuirse correctamente por todo el circuito. Durante esos instantes iniciales, la fricción entre elementos metálicos es mayor y la protección, menor.
El desgaste silencioso del arranque en frío
Exigir aceleraciones intensas justo después de arrancar implica someter al motor a un esfuerzo elevado sin que exista todavía una lubricación completamente eficaz. El cigüeñal, los pistones, el árbol de levas y otros componentes críticos funcionan con tolerancias muy ajustadas que dependen de una película de aceite estable. Si esta no se ha formado por completo, el desgaste se incrementa.
En los motores equipados con turbocompresor, la situación es aún más delicada. El turbo puede girar a velocidades extremadamente altas y depende de una lubricación constante para evitar daños en su eje y cojinetes. Acelerar con el aceite frío aumenta la posibilidad de deterioro progresivo, reduciendo la vida útil del sistema.
Cabe destacar que el problema no suele manifestarse de forma inmediata. No se trata de una avería repentina tras un único arranque brusco, sino de un desgaste acumulativo. Repetir esta práctica cada día, especialmente en trayectos cortos donde el motor apenas alcanza su temperatura ideal, acelera el envejecimiento de múltiples componentes.
La transmisión también puede verse afectada. En cajas automáticas, el fluido hidráulico necesita alcanzar cierta temperatura para ofrecer el funcionamiento más eficiente. Iniciar la marcha con exigencia desde el primer segundo incrementa la carga sobre los engranajes y convertidores sin que el sistema haya alcanzado su equilibrio térmico.
Una puesta en marcha progresiva como medida preventiva
La solución no pasa por mantener el coche largos minutos al ralentí, sino por adoptar una conducción suave durante los primeros kilómetros. Lo destacable en este caso es que basta con iniciar la marcha sin aceleraciones bruscas y mantener un régimen moderado hasta que el indicador de temperatura se estabilice.
Conducir de forma progresiva permite que el aceite fluya adecuadamente, que las piezas se dilaten de manera uniforme y que los sistemas auxiliares alcancen su rango óptimo de funcionamiento. Este margen de adaptación térmica reduce la fricción y mejora la eficiencia general del conjunto.
En condiciones de frío intenso, la precaución debe ser mayor. El aceite tarda más en alcanzar su viscosidad ideal y el motor necesita algunos minutos adicionales para trabajar con normalidad. Del mismo modo, los sistemas de control de emisiones requieren temperatura para funcionar correctamente.
Arrancar y exigir rendimiento inmediato puede parecer una acción sin consecuencias, pero repetida de forma constante acelera el desgaste interno del motor y de otros elementos mecánicos. Una puesta en marcha progresiva es una práctica sencilla que contribuye a prevenir averías y a prolongar la vida útil del vehículo sin coste añadido.
