Apagar el coche inmediatamente después de un viaje largo puede parecer un gesto inofensivo, pero en determinadas condiciones es el origen de muchas averías mecánicas. Tras recorrer decenas o cientos de kilómetros a velocidad sostenida, el motor alcanza temperaturas elevadas y sus componentes internos trabajan al límite de sus tolerancias térmicas.
Durante un trayecto prolongado por autopista o tras una conducción exigente, el sistema de lubricación y el circuito de refrigeración desempeñan un papel fundamental. El aceite circula a presión para reducir la fricción entre piezas móviles, mientras el refrigerante absorbe y disipa el calor generado por la combustión. Cuando se corta el contacto de forma inmediata, ambos sistemas dejan de funcionar de manera abrupta.
No es ningún secreto que el calor acumulado no desaparece en el instante en que se apaga el motor. De hecho, en los minutos posteriores puede producirse un aumento puntual de temperatura en ciertas zonas internas, un fenómeno conocido como acumulación térmica. Este efecto resulta especialmente crítico en motores equipados con turbocompresor.
El riesgo para el turbo y el sistema de lubricación
El turbocompresor trabaja a velocidades extremadamente altas y está sometido a temperaturas muy elevadas, especialmente tras un viaje largo a ritmo constante. Su eje gira apoyado en cojinetes que dependen de un flujo continuo de aceite para mantenerse lubricados y refrigerados. Si el motor se apaga de inmediato, ese suministro se interrumpe cuando el conjunto aún está muy caliente.
En este sentido, el aceite que queda en el interior del turbo puede degradarse por el exceso de temperatura. Con el tiempo, esta degradación favorece la formación de residuos carbonizados que dificultan la lubricación correcta. La consecuencia puede ser un desgaste prematuro del eje, holguras indeseadas e incluso la rotura del turbocompresor, una de las averías más costosas en motores modernos.
El propio bloque motor también puede verse afectado. Las diferencias de temperatura entre distintas partes metálicas generan tensiones internas. Permitir que el motor funcione unos instantes al ralentí facilita una reducción progresiva del calor y estabiliza las dilataciones de los materiales.
Cabe destacar que los aceites sintéticos actuales ofrecen mayor resistencia térmica que los de generaciones anteriores, y que muchos motores modernos cuentan con sistemas de refrigeración optimizados. Sin embargo, la lógica mecánica sigue siendo la misma: una transición gradual siempre reduce el estrés térmico.
La importancia de una parada progresiva
Después de un viaje largo por autopista, una subida prolongada o una conducción exigente, resulta recomendable mantener el motor al ralentí entre 30 segundos y uno o dos minutos antes de apagarlo. Ese breve intervalo permite que el aceite continúe circulando y que el sistema de refrigeración disipe parte del calor acumulado.
Lo destacable en este caso es que se trata de un hábito sencillo que no implica ningún coste adicional ni intervención técnica. Simplemente consiste en dejar que el conjunto mecánico recupere una temperatura más estable antes de detener completamente su funcionamiento.
Repetir el apagado inmediato tras trayectos exigentes puede no generar consecuencias visibles a corto plazo, pero a lo largo de los años contribuye al desgaste prematuro de componentes clave. Adoptar una parada progresiva ayuda a preservar la fiabilidad del motor y a evitar averías cuya reparación puede resultar especialmente costosa.
