En muchos productos cotidianos, el coste real se oculta en un detalle que numerosos consumidores ignoran, es el precio por kilo. Bajo esta lógica, ciertos artículos aparentemente prácticos terminan resultando significativamente más caros que sus alternativas frescas o sin procesar. La diferencia, acumulada en la compra mensual, puede ser relevante.
Buena parte del sobrecoste responde a la conveniencia. Productos ya lavados, cortados o envasados simplifican tareas domésticas, pero trasladan al consumidor un incremento de precio que no siempre se percibe de forma inmediata. El factor comodidad se convierte así en uno de los principales motores del gasto innecesario en el supermercado.
Frutas, verduras y productos preparados
Uno de los casos más evidentes se encuentra en frutas y verduras. Ensaladas en bolsa, fruta cortada en bandejas o verduras listas para cocinar pueden alcanzar precios tres o cuatro veces superiores al producto entero. El procesamiento previo —lavado, corte, envasado— encarece el coste final sin modificar sustancialmente la materia prima. La alternativa resulta simple como lo es adquirir las piezas frescas y prepararlas en casa. Además del ahorro directo, este enfoque suele mejorar la conservación del producto, ya que los alimentos enteros tienden a mantener su frescura durante más tiempo que las versiones troceadas o envasadas.

Un patrón similar se observa en ajos pelados, verduras picadas o mezclas listas para sopa. El consumidor paga no solo el alimento, sino el trabajo previo incorporado al envase.
Bandejas, lonchas y cortes “cómodos”
Los productos de charcutería ilustran otra fuente habitual de sobrecoste. Quesos en lonchas o embutidos en bandeja suelen presentar precios por kilo superiores a sus equivalentes adquiridos en bloque o al corte. A ello se suma, en muchos casos, una mayor presencia de aditivos destinados a prolongar la vida útil del producto envasado. Comprar queso en pieza y solicitar el embutido en el mostrador permite reducir el gasto y, con frecuencia, obtener una calidad superior. La diferencia económica, aunque discreta en cada compra, adquiere relevancia en el cómputo anual.
En la sección de carnicería, la carne sin hueso o determinados cortes preparados replican esta lógica. Pechugas limpias, carne picada envasada o productos etiquetados como listos para cocinar incorporan un sobreprecio asociado a la manipulación previa. Optar por piezas enteras o productos frescos procesados en el momento suele resultar más económico.
Así pues, la clave, según los expertos en consumo, no reside en eliminar la comodidad, sino en identificar cuándo se paga de forma desproporcionada por ella. Revisar el precio por kilo permite detectar estas diferencias invisibles y ajustar la compra a criterios de eficiencia económica.