“El TDAH es una enfermedad crónica, no hay forma de curarlo, solo se amortigua”. Con esta afirmación, Rafa Guerrero, psicólogo, sintetiza una de las claves fundamentales en la comprensión del trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Lejos de interpretaciones simplistas o enfoques reduccionistas, la evidencia clínica sitúa el TDAH dentro de los trastornos del neurodesarrollo, una categoría que comparte con condiciones como la dislexia, la discalculia o el trastorno del espectro autista.
La idea central es que no se trata de un problema transitorio ni de una fase evolutiva que desaparece con la edad. El TDAH presenta una base neurobiológica y acompaña al individuo a lo largo de toda la vida, aunque su manifestación y su impacto funcional puedan variar según la etapa vital, el entorno y las estrategias de intervención aplicadas, pero siempre va a estar con la persona que lo padece.
Un trastorno de base neurobiológica
Desde la psicología clínica y la neurociencia, el TDAH se vincula a diferencias en el funcionamiento de determinadas redes cerebrales, especialmente aquellas relacionadas con la corteza prefrontal. Esta región desempeña un papel decisivo en las funciones ejecutivas como la planificación, control inhibitorio, regulación emocional, memoria de trabajo o capacidad de concentración sostenida.
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La cronicidad del trastorno no implica inmutabilidad, pero sí que descarta la noción de “cura” en el sentido tradicional. Guerrero subraya que el abordaje debe centrarse en la gestión de síntomas y en la mejora del funcionamiento en el día a día, no en la expectativa de eliminación completa del cuadro. En este contexto, el refuerzo de las funciones ejecutivas adquiere una relevancia estratégica. Intervenciones psicológicas, educativas y conductuales buscan precisamente fortalecer los mecanismos de autorregulación y control cognitivo asociados a la actividad prefrontal.
Amortiguar, no implica eliminar
El concepto de amortiguación resulta esencial para comprender el tratamiento del TDAH. A través de entrenamiento cognitivo, hábitos estructurados, apoyo psicopedagógico y, en algunos casos, intervención farmacológica, es posible reducir de forma significativa el impacto del trastorno en la vida académica, laboral y social. Este enfoque es coherente con la naturaleza de los trastornos del neurodesarrollo. Al igual que sucede con la dislexia o la discalculia, la intervención no persigue borrar la condición, sino optimizar el funcionamiento del individuo dentro de su perfil neurocognitivo.
La afirmación de Guerrero apunta así a un cambio de paradigma frecuente en salud mental: abandonar la lógica de la curación absoluta para centrarse en la adaptación, la compensación y el desarrollo de recursos. En el TDAH, la clave no es erradicar, sino aprender a gestionar y minimizar sus efectos a lo largo del ciclo vital.