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En medio de la playa de Caldes d’Estrac se encuentra el Sotavent, un restaurante que tiene algo que, de entrada, ya me gusta mucho: no es un chiringuito de verano de los que desaparecen tan pronto como llega el frío. El Sotavent es un restaurante fijo, y no sabéis la alegría que me he llevado al descubrirlo porque ya me veo en otoño o en primavera, un domingo al mediodía, sentada frente al mar y zampándome un arroz de buey de mar. Hoy, sin embargo, no lo probaremos porque vamos a cenar. Es uno de los platos que me han recomendado con más insistencia y, por lo tanto, ya tenemos una excusa perfecta para volver.

Estamos en Caldes d’Estrac, aunque si lo llamáis Caldetes también os entenderán perfectamente. De hecho, el pueblo lleva años viviendo con esta doble personalidad: Caldes d’Estrac para los papeles, Caldetes para quienes lo aman y lo han llamado así toda la vida. Y el Sotavent está en uno de los rincones más privilegiados del municipio, junto a la arena, en un paseo marítimo precioso flanqueado por edificios majestuosos que recuerdan el pasado veraniego de este pequeño pueblo del Maresme. Algunas de estas grandes casas tuvieron, incluso, protagonismo durante la Guerra Civil, cuando acogieron embajadas y representaciones diplomáticas extranjeras que habían salido de Barcelona para protegerse de los bombardeos. Hoy, por suerte, aquí las únicas cuestiones internacionales que nos preocupan son decidir si repetiremos pan para mojar el suquet.

Nos esperan en la entrada Miquel Copons y Anna Bochaca. Es una de esas noches de verano en que el mar parece una balsa de aceite y, antes incluso de sentarnos, ya nos dicen que hemos tenido suerte y que estaremos como unos reyes. Miquel nos acompaña hasta la mesa y nos adelanta una declaración de intenciones que quedará perfectamente demostrada durante toda la comida: aquí hay buen producto, nada de cosas modernas porque sí ni de inventos innecesarios. Producto bien tratado y técnicas bien ejecutadas. Y eso lo vemos enseguida.

El bacalao del Sotavent

Lo que me parece que son unos buñuelos de bacalao resulta que no son buñuelos de bacalao. Son, literalmente, trozos de bacalao fresco, cortados a medida de bocado y perfectamente rebozados. Y aquí reivindico el arte del rebozado, del cual, me parece, se habla demasiado poco. Porque conseguir que unos dados de bacalao queden jugosos por dentro y con un rebozado ligero, crujiente y bien hecho por fuera no me parece una técnica menor. De hecho, me parece tan difícil clavarlo como ejecutar muchas de las técnicas que asociamos a la alta cocina. Un 10 de primer entrante. Y sin ninguna salsa al lado. Tampoco le hace falta.

Después llegan unos mejillones a la brasa, con sal y pimienta. Y basta. Porque cuando el producto es bueno y está bien cocinado, a veces lo único que hay que hacer es no molestarlo. La mano de Glòria Rando, la cocinera, se nota aquí y en todo lo que irá llegando a la mesa.

Y llegamos a los principales

Empezamos con lo que Miquel describe como una caldereta pero a un precio más popular. Diferente de aquella caldereta que nos podríamos comer en Menorca y que, según donde caigas, puede hacer que la tarjeta de crédito también necesite una caldereta después para recuperarse. La cazoleta (o caldereta) llega con bogavante, gambas y chipirones. Y es de esos platos que te hacen dudar sobre qué cubierto es el más adecuado. Yo lo tengo claro: cuchara. Siempre cuchara. Porque aquí no venimos solo a comer el pescado y el marisco; venimos a no dejar ni una gota de este fondo de plato. El suquet es profundo, reducido, intenso, cargado de todos los sabores del mar. Es tan bueno que, sinceramente, me lo podría comer como un entrante. Como si fuera una bisque. Con esto creo que ya lo he dicho todo.

El rape con jugo del Sotavent

Un plato insignia de la zona

Turno ahora del cim i tomba, que es uno de los grandes platos de barca de Tossa de Mar, nacido de la cocina de los pescadores y tradicionalmente elaborado con pescado y patata, cocinados en una especie de suquet contundente y sabroso. Y digo "especie de" porque el cim i tomba tiene muchas versiones y cada cocinero le pone su mano. De hecho, precisamente este septiembre Tossa celebra la campaña gastronómica dedicada a este plato, con restaurantes que hacen sus propias interpretaciones.

El "cim i tomba" del Sotavent lleva un rape fresco, firme y de carne compacta, con esa textura ligeramente elástica que debe tener un buen rape sin llegar nunca a ser seco. Lo acompañan unas patatitas empapadas de un jugo que merecería un capítulo propio. Qué jugo. Aquí es donde aparece el chup-chup, ese tipo de cocina que no necesita disfrazarse de nada porque la concentración de sabores ya lo explica todo. Un jugo para comer a cucharadas o, mejor aún, para ir mojando pan hasta que alguien te diga que ya basta.

El "cim i tomba" del Sotavent

 

Y todavía nos queda sitio para el postre.

De postre, un pastel de queso casero, cremoso y reconfortante, y un borracho, ese dulce tradicional elaborado con una masa tipo brioche o bizcocho que se impregna generosamente de un almíbar con alcohol —habitualmente ron— y que queda bien jugoso y aromático. Es de esos postres que ya llevan el nombre incorporado como una advertencia: si te comes uno, quizás no pasa nada; si te comes dos, ya no respondo.

Y después de una cena así, ¿qué quieren que les diga? Que en el Sotavent se está muy bien. Mucho. Te hacen sentir a gusto, sin formalismos innecesarios, con esa proximidad que hace que al cabo de un rato tengas la sensación de que no estás en un restaurante de playa cualquiera, sino en un lugar donde saben perfectamente qué quieren dar de comer y cómo quieren hacerlo.

Por cierto, si no saben si llamarlo Caldes d'Estrac o Caldetes, tranquilos: pueden llamarlo como quieran. A la gente del pueblo hace siglos que le dura la discusión.