¿Quién está en el lado correcto de la historia? ¿Aquel que dice que hay que frenar la inteligencia artificial en su evolución, porque puede resultar peligrosa para la supervivencia humana? ¿O quién, por el contrario, afirma que no debemos creer al que habla así, porque esta guerra la tienen que ganar "los buenos"? Donald Trump ha dicho que no quiere ni oír hablar de esa relativización de la investigación en IA que están pidiendo algunos de sus principales expertos y creadores, amén de la UE e incluso China. Esa alarma que algunos creen que es estrategia comercial para fortalecer a los que ya están en la pomada y evitar que unos nuevos actores se hagan hueco, pero ni Nvidia ni Meta se han sumado al llamamiento alarmista de sus homólogos y creen que las leyes son en sí suficientes para parar los pies a cualquier desmán cibernético. Yo, en cambio, creo que, con independencia de sus verdaderas intenciones, nos deberíamos tomar más en serio los mensajes apocalípticos, aun a riesgo de pecar de tremendistas (un poco como le sucede a los de Protecció Civil anunciando lluvias que no llegan).

Ya son múltiples los foros en los que se alerta del grave riesgo que supone la IA para los sistemas democráticos, cuyas elecciones ya se han visto en más de una ocasión alteradas por algoritmos, fakes cada vez más perfectos y segmentación y perfilación de mensajes según sus destinatarios. Y no es la única, ni siquiera tal vez la principal amenaza, teniendo en cuenta que hasta se ha convertido en psicólogo de muchos adolescentes y ralentizador de todos los procesos de aprendizaje en etapas tempranas de la configuración neurocognitiva. Ni que decir tiene que el nivel de obsolescencia laboral, inmiscusión en la intimidad con nuestro alegre (y poco informado) consentimiento y contribución a una infodemia cercana al caos son otros elementos de una tecnología que, cual aprendiz de brujo, tal vez nos haga casi inmortales a golpe de descubrimiento biomédico, si pagamos el precio necesario.

¿Y si la IA concluye, como ya ha respondido en más de una ocasión al ser preguntada, que es la humanidad la enemiga del planeta y se decide a trabajar por nuestra aniquilación?

Todo es cierto a la vez. No puedo evitar pensar en el pacto de no agresión que en un momento álgido de la Segunda Guerra Mundial firmaron Alemania y la URSS a través de sus ministros de asuntos exteriores Ribbentrop y Molotov, y que, nada más firmarlo, los soviéticos trasladaron sus fábricas de armamento a resguardo de miradas tras los Urales, para, en el momento oportuno (y afortunado para los aliados), provocar una derrota del ejército alemán que precipitó el inicio del fin. ¿Será eso lo que teme EE.UU. de China? ¿Que hable de parar mientras, con la falta de transparencia que caracteriza tantos aspectos de su política, sigue avanzando con el objetivo de superar a Silicon Valley en la nueva guerra entre gigantes?

Pero más allá de eso está el peligro. El peligro de no avanzar y el peligro de hacerlo. Porque no avanzar cuando el otro lo hace acabaría colocando a EE.UU. en el triste papel de la UE, referente en normativa, pero sin capacidad de implementar una industria tecnológica de relieve. Si no lo hace, se plantea la primera duda que acució a Oppenheimer: ¿y si los otros consiguen la bomba atómica antes que nosotros? Pero la segunda duda de aquel genio es tan o más relevante que esa, y remite a todas esas advertencias que hemos escuchado estos días: ¿y si la bomba experimental acaba con nuestro mundo? Pues del mismo modo ahora deberíamos plantearnos: ¿Y si la IA concluye, como ya ha respondido en más de una ocasión al ser preguntada, que es la humanidad la enemiga del planeta y se decide a trabajar por nuestra aniquilación? Mientras escribo esto, se acumulan noticias sobre agentes de IA que autónomamente asaltan bases de datos (AEPD) y otros que, interactuando, generan un lenguaje propio indescifrable para el humano. Nunca la ciencia ficción estuvo tan cerca. Nunca Terminator (la 2, la grande, el peliculón) se pareció tanto a una realidad temible.