El nivel del Parlament

La experiencia de ya muchos años de listas electorales es bastante concluyente: los fichajes estrella alejados del mundo de la política acaban saliendo mal. Claro que hay ejemplos procedentes de la sociedad civil que, cuando han desempeñado tareas de gobierno, lo han hecho francamente bien. Citaré tres: Xavier Trias venía del sector hospitalario y llegó a alcalde de Barcelona después de muchos años de conseller; Andreu Mas-Collell, sobre todo en su primera etapa como conseller de Universitats, cuando puso en marcha todo el crecimiento de las universidades en Catalunya; o Jaume Giró, que, procedente de la empresa privada de primer nivel, ejerció con aplomo y maestría la delicada conselleria d'Economia.

Pero esos casos son la excepción. Lo normal es que acaben inadaptándose a la vida política, bien por falta de capacidades fuera del mundo en el que han desarrollado su vida profesional o, simplemente, porque son un bluf de dimensiones colosales. Porque tampoco nos engañemos: en el mundo de la privada tampoco es oro todo lo que reluce y, después, un buen currículum a veces es menos bueno de lo que parece a primera letra o no es garantía de nada. Y también es importante, cuando dejas la política, saber irse y evitar hacer el ridículo. Supongo que a estas alturas, la exdiputada Anna Navarro, que aceptó ir de número dos de Junts per Catalunya en las elecciones catalanas del 12 de mayo de 2024, y dejó el escaño el pasado verano, ya se ha arrepentido de ridiculizar la capacidad de sus 134 compañeros de escaño, de los que ha cuestionado su nivel. Más que eso: se ha burlado de ellos.

Supongo que a estas alturas, la exdiputada Anna Navarro, que aceptó ir de número dos de Junts per Catalunya en las elecciones catalanas del 12 de mayo de 2024, y dejó el escaño el pasado verano, ya se ha arrepentido de ridiculizar la capacidad de sus 134 compañeros de escaño

Tanto es así que ha tenido que borrar el tuit que había hecho, bien porque se le ha pedido o porque a ella misma le ha dado vergüenza. Su tuit era el siguiente: "Después de dos años y medio sentada delante de la clase, les puedo decir que el nivel es: '¿Me pasas un caramelito?' No siempre, pero muy a menudo". No defenderé yo grupalmente el colectivo, pero, como en todas las exageraciones sacadas de contexto, no tiene razón. ¿Qué podría ser más alto el nivel? No tengo ninguna duda. Incluso aseguraría que, con los años, no ha ido a mejor y sobre eso habría que reflexionar si se quiere una clase política acorde a las dificultades del momento.

Pero para decir lo que ella ha dicho, hay que haber pasado, al menos, por la cámara catalana habiendo dejado una cierta huella. Su bagaje —procedente de Estados Unidos, donde había desarrollado más de dos décadas de actividad profesional como parlamentaria— en estos más de 24 meses es de una gran pobreza y su producción de propuestas legislativas individuales brilla por su ausencia. No, en cambio, las polémicas, como cuando explicó las dificultades burocráticas que sufren los catalanes retornados del extranjero y se puso como ejemplo de la atención médica que recibió en un centro del CAP y que ello había sucedido por no ser inmigrante. En plena campaña ya había sonrojado a los suyos cuando presentó a su empleada de hogar de origen mexicano que le había llevado el desayuno.

Ya decía Tarradellas que en política, pero también fuera, se puede hacer de todo menos el ridículo.