Es muy posible que yo sea un alma vieja, pero cuando salgo, sea cual sea el plan, quiero zampar bien. La noche es larga y si hay baile y alguna copa por medio, mejor haberme forrado de buenas viandas por dentro. Pero el otro día, que me invitaron a un concierto de Mind Enterprises en la Sala Apolo, caí en la cuenta: no hay demasiados sitios cerca donde poder abrir un buen vino y picar algo antes de dejarse poseer por el ritmo. Una de las excepciones es el Denassus. Lo sé yo y lo sabe Matt Damon, que estuvo allí este agosto (no estaba cuando fui yo; una pena).
En la calle Blai, donde los pintxos y la cerveza han echado raíces más fuertes que los colmillos de un vampiro en un cuello tierno, Denassus hace una propuesta de tapas y vinos como no hay ninguna otra en estos 450 m bien poblados de terrazas. El Denassus también tiene una bien puesta, así como una larga barra de madera y algunas mesas altas en el interior. Aquel día coincidimos varios grupos que iremos al concierto porque debe ser que entre las ganas de beber vino y la italo disco hay una relación inextricable.
Desde la carta de vinos me mira el retrato de un hombre que por pelo y barba tiene gotas de uva. “A ver qué eliges, Molinero, que nos conocemos”, creo que me dice. Las opciones son muchas y variadas y, finalmente, la botella elegida es Les Graviers 2021 de Bénédicte y Stéphane Tissot, unos maestros de la vitivinicultura natural al Jura que han embotellado un blanco de Chardonnay elegante y exquisito a un precio muy razonable. Las copas están a la altura igual que el servicio, simpático y cercano, sin perder una pizca de profesionalidad, cosa que garantiza que el vino será disfrutado como es debido, honrando así a la viña y a los elaboradores que la han visto nacer y crecer.
Pintan muy bien los embutidos que veo pasar, como la cecina de León y el jamón ibérico, grasas fundamentales para el buen funcionamiento de las sinapsis neuronales que animarán las horas que vendrán
La oferta gastronómica no se queda corta. La croqueta de pato Pekín es un esférico crujiente y sabroso, los calamares de playa con judías de Santa Pau y butifarra negra es un sueño pre y post fiesta y los níscalos con ajo y perejil un canto al otoño. Pintan muy bien los embutidos que veo pasar, como la cecina de León y el jamón ibérico, grasas fundamentales para el buen funcionamiento de las sinapsis neuronales que animarán las horas que vendrán. Cuando vuelva, no me perderé el cochinillo de Segovia con papas aliñás. Y, alerta: hay capipota. Y, también, por si la fiesta es más bien festival, caviar, costillar de ternera nacional con 45 días de maduración, presa ibérica, erizos y piezas enteras de pescado a la brasa.
Aquel día no había tiempo para un momento dulce, pero, si lo quieres, lo tienen en forma de los habituales que nunca fallan: una torrija de Santa Teresa, un brownie de chocolate, un hojaldre de pistachos, una mousse de chocolate o un dúo de sorbetes. Opciones de vino dulce por copas para maridar y salir volando hacia donde más pete el altavoz.
