Tal día como hoy del año 601, hace 1.425 años, en Híspalis (nombre de la actual ciudad de Sevilla en la época romanovisigoda, siglos II a. C. – VIII d. C.), moría Leandro, obispo católico de la diócesis Hispalense. En aquel momento, el paisaje religioso del reino hispanovisigodo estaba dividido entre la mayoría hispanorromana —de lengua y cultura latinas y de religión católica— y la minoría visigoda, de lengua y cultura germánica y de religión arriana (corriente religiosa cristiana de carácter encarnacionista que consideraba, entre otras cosas, que Cristo era la encarnación del Hijo, la primera criatura de la creación divina, y que había tenido mucho seguimiento entre los pueblos germánicos).
En aquel momento, también, los distintos estamentos del poder hispanovisigodo (nobleza militar visigoda, jerarquías eclesiásticas hispanorromanas) proponían la unificación religiosa como elemento de cohesión de la sociedad hispanovisigoda, amenazada por peligros internos (las dinámicas centrípetas secesionistas de los territorios de la periferia) y por peligros externos (el desembarco y la conquista bizantina del sudeste peninsular). Pero no existía consenso, porque ambos corpus sociales querían imponer su respectiva confesión. También, en aquel momento, existía una doble red de jerarquías religiosas, formada por obispos y abades arrianos y católicos.
En el año 579, el rey Leovigildo envió a su hijo y heredero Hermenegildo a Híspalis, como gobernador de la provincia Bética (la más poblada del reino), para adquirir habilidades y experiencia como gobernante. En Híspalis habría entrado en contacto con Leandro —que tenía fama de hombre muy sabio y elocuente— e, influido por el obispo, se habría convertido, secretamente, al catolicismo. Esta conversión era la parte visible de una conspiración que Leovigildo resolvería con la detención (583), reclusión (583-585) y asesinato de su hijo en las mazmorras del Pretorio de Tarraco, la actual Tarragona, (585) a manos de un secuaz llamado Sisberto.
Pero la dinámica de la rebelión no se perdería con la muerte de Hermenegildo. Las maniobras contra Leovigildo se sucederían, incluso tras su desaparición. Después de la muerte del rey (586), su sucesor Recaredo tomaría el relevo de Hermenegildo, aplastaría al partido del difunto Leovigildo y decretaría la unificación religiosa católica del reino (Concilio de Toledo, 589). Con el objetivo de facilitar las conversiones masivas, Recaredo dispondría que para pasar del arrianismo al catolicismo no era necesario el sacramento del bautismo. Se consideró que era suficiente la imposición de manos por parte de un representante de la Iglesia católica, que podía ser el párroco.