En el ensayo "Lujo eterno, lujo emocional" (en El lujo eterno, Anagrama, 2004), el filósofo y sociólogo Gilles Lipovetsky dice que lujo es "un lugar de sueño, aquello que embellece el decorado de la vida". No seré yo quien le lleve la contraria, pero sí que añadiré que el lujo en alta cocina es sentirse cómodo, como en casa. A menudo, este sentimiento proviene de la sala, de una cierta calidez que nos ayuda a afrontar elaboraciones que se salen fuera del recetario común, sea en sabores, combinaciones y formas. Pero algunos restaurantes han pensado todavía más allá y, aparte de un emplazamiento confortable y hospitalario, ponen en la mesa platos que no requieren ningún esfuerzo, que están pensados por el puro placer, que son redondos en concepto, fondo y forma. Y eso es lo que hacen exactamente en Cocina Hermanos Torres.
Llegar a esta conclusión es fruto de la dilatada trayectoria que los gemelos Sergio y Javier Torres llevan a la espalda. Me explican que la suya es "una cocina del gusto, del tiempo y de lo natural". Dicen que tiene que tener equilibrio, pero que tiene que predominar la potencia de gusto. Lo hacen en esta antigua nave industrial que antes alojaba un taller mecánico de coches, un espacio diáfano y amplio donde la cocina (la cocina del gusto) está literalmente en el centro. En esta cocina, explican, miran "de poner el producto y el productor en valor, con humildad".
He dejado los platos para el final porque sé que, independientemente de la temporada y del menú, la cocina de Hermanos Torres siempre reflejará estos valores
El lujo que ofrece Cocina Hermanos Torres es el de un restaurante que ha ganado las 3 estrellas Michelin y que pone en la mesa y en la sala la comodidad más lujosa que la alta cocina de raíz española es capaz de confeccionar: tradición recuperada con las mejores técnicas, fina ejecución, sueño en las recetas, trato atento y experto. Los retos en la mesa son enriquecedores, entretenidos y divertidos, pero no todo el mundo quiere, ni siempre es necesario, comer o cenar enfrentándose con platos que rompen los paradigmas, que son pura creatividad y que requieren un esfuerzo. Todo lo contrario, hay días que uno quiere sentarse en la mesa de un restaurante triestrellado donde sabe que todo saldrá rodado, donde el servicio practica la excelencia, el producto es de alta calidad y toda la experiencia fluye mediterráneamente, sin obstáculos, sin sorpresas, con generosidad. Hay que destacar, como garantes y contribuyentes a que todo esto sea posible, el trabajo que hacen el director del restaurante, Pablo Sacerdotte, y el sumiller Patricio Zarate, un tándem argentino que es veloz y eficaz en la lectura del cliente, y que guía y recomienda con acierto.
"Queremos que comer en Cocina Hermanos Torres sea inolvidable y, al mismo tiempo, queremos ser muy cercanos. Recibimos, acogemos y compartimos. Lo mejor es que los clientes se sientan las verdaderas estrellas"
He dejado los platos para el final porque sé que, independientemente de la temporada y del menú, la cocina de Hermanos Torres siempre reflejará estos valores. No obstante, aquí van unos cuantos: el ya clásico calamar con consomé de ave y caviar, el buey de mar de la Ría, gamba roja de la costa, salsa de coral y chiles, los mariscos y bivalvos con ñoquis cremosos de patata y perejil y emulsión de flor de calabacín, inspirado en la isla italiana de Ponza, la primera floración de guisante del Maresme con jamón de bellota y migas de pastor o el plato ideado al ver los cerdos de la dehesa extremeña alimentarse entre flores, y que consiste en cerdo marinado, en un fondo de jugo de escalivada y tomates encurtidos, con una alfombra colorida de flores y cortezas crujientes, que lleva el poético nombre de 'Primavera en la dehesa extremeña', paisaje del cerdo ibérico que protagoniza el plato.
La última vez que estuve allí, dije que Cocina Hermanos Torres era un restaurante que, además de tener la cocina en el centro, ponía todos los recursos en el disfrute directo, en hacer que el cliente entre en un estado de placer que se prolonga durante toda la estancia en el restaurante, y aun cuando se sale por la puerta, flotando en una nube de bienestar y de bonhomía. Y en esta nueva visita de finales de abril, por la que agradezco haber sido invitada, lo reitero. "Queremos que comer en Cocina Hermanos Torres sea inolvidable y, al mismo tiempo, queremos ser muy cercanos. Recibimos, acogemos y compartimos. Lo mejor es que los clientes se sientan las verdaderas estrellas", dicen los gemelos Torres.
