Da un poco la sensación de que el género de establecimiento de hostelería que es el bar peligra. Todo se ha especializado y hemos ganado en calidad: tenemos mejores cafés, mejores cócteles y mejores comidas, y aquella tipología de espacio que lo ofrecía todo, desde el desayuno hasta la noche, el prototípico bar de toda la vida (que, de hecho, se origina en los años 80), ha ido menguando en volumen. Ahora bien, estos bares son lugares a preservar y, a tal efecto, es posible que sea necesario actualizarlos.
Este creo que es el caso del Veracruz, abierto a finales de noviembre, allí donde estaba el bar del mismo nombre, que lucía y luce un rótulo que siempre me había llamado la atención en este tramo de la calle Mallorca donde todos los bajos quedan por debajo de la altura de la calle, con un acceso de arcada muy vistoso. Antes, hacían comida casera y ahora, también. El aspecto del interior y de la pequeña terraza se mantiene y es todo un acierto: ¿cuántas veces hemos pensado que demasiada inversión en diseño repercute en el precio final de la cuenta? En este caso, la carta corta y de precios económicos es una buena muestra de todo lo contrario.

Unas aceitunas Perelló hacen de bisagra entre la primera parte, formada por dos croquetas, una de pollo y la otra de merluza y gambas, sabrosas y al punto, servidas en una nostálgica blonda de papel, y cuatro bocadillos, a saber, de salchicha, de tortilla francesa, de jamón ibérico de bellota y de sardinita picante, que rondan entre los 4,10 € y los 5,90 €. En la segunda parte, platos calientes que comienzan con los 5,90 € de la butifarra con judías y acaban en los 18,50 € del arroz con bogavante y la zarzuela, pasando por el canelón Veracruz, el capipota con tripa, el bacalao a la llauna, el fricandó y la escudella barrejada.
Auguro que los próximos traspasos de bares de toda la vida, en lugar de engrandecer y modernizar demasiado el aspecto y la oferta, serán más bien minimalistas en los cambios y en el menú
En esta semana de aguaceros, la escudella barrejada es el remedio ideal contra la inclemencia climática que ya se alarga y que ha sorprendido a los catalanes, poco acostumbrados a esta manera de llover día tras día, como si de repente fuéramos un país atlántico. Llega en una gran sopera metálica y hay para dos raciones bien generosas. Contiene zanahoria, col, butifarra negra, pollo y unos trozos de careta, además de albóndiga bien perfumada con ajo y perejil. Añadimos un plato de verdura, la judía con patata y butifarra de perol, que hoy es el plato del día por 8,90 € y lleva cuatro buenos cortes de butifarra marcada a la plancha con una judía tierna y una patata que tienen el punto idóneo. De postre, oigo que tienen tarta al whisky, mousse de chocolate y xuixo de crema, una selección que me parece muy bien pensada, entre la tradición más arraigada y la más pop.

Auguro que los próximos traspasos de bares de toda la vida, en lugar de engrandecer y modernizar demasiado el aspecto y la oferta, serán más bien minimalistas en los cambios y en el menú. Refinarán recetas, acortarán el volumen de platos y mantendrán viva la tradición gastronómica sencilla, rápida, casera y eficaz que tantos años ha alimentado a generaciones de catalanes.