A solo unos kilómetros de Figueres, en la carretera N‑IIa, se encuentra Can Costa, un clásico de la gastronomía del Empordà que acoge a locales y viajeros con una propuesta clara: cocina catalana de proximidad, honesta y abundante. Entrar en él es como llegar a casa: espacios amplios y acogedores, servicios atentos y una carta que combina tradición, técnica y producto de calidad
La herencia del abuelo Martí y la continuidad familiar
La historia de Can Costa está marcada por el abuelo Martí, que hace más de 50 años abrió la casa con ilusión y espíritu de servicio. Su cocina sencilla, pero sabrosa, basada en productos locales y recetas de memoria, fue el alma del restaurante y el punto de partida de una tradición que hoy continúa viva. Este artículo es también un homenaje a su legado, a su criterio y al respeto por el producto y por el comensal, valores que todavía se perciben en cada plato

La comida empieza con platos pensados para compartir y preparar el paladar. Entre ellos, el pastel de escórpora en formato tapa, acompañado de un toque de mayonesa, es un aperitivo delicado con sabor limpio y textura cremosa. Los calamares a la romana, crujientes por fuera y tiernos por dentro, son un clásico de la casa que no falla nunca. Los caracoles a la llauna, receta clásica con más de 50 años de historia, servidos con alioli y vinagreta y acompañados de tiras de panceta, son un plato que combina memoria y tradición con un toque intenso de sabor, perfecto para compartir y saborear con calma.

Los arroces, corazón de la casa
Can Costa es conocido por su especialidad en arroces, y el arroz mar y montaña (o mixto) es el ejemplo perfecto. Es un plato que transmite la sensación de domingo en casa: equilibrio de sabores entre el mar y la tierra, textura perfecta del grano e intensidad sin exagerar, tradicional, contundente y delicioso. Cada cucharada habla de paciencia y respeto por el producto, con un punto que solo se consigue después de décadas de conocimiento en la cocina.

El final de la comida es un pequeño festival de dulces, preparados con esmero y con variedad para todos los gustos. El surtido de dulces del obrador de Quimo es un clásico que ofrece una degustación de todo. Los profiteroles de nata con chocolate caliente son un gesto de confort y placer dulce; el pastel de queso, limpio y cremoso; y el Tridente de Coca de Llavaneres, con crema, cabello de ángel y chocolate, preparado por Laura para quien no puede decidirse por un solo postre, es un toque final que combina imaginación, sabor y tradición.

Can Costa no es solo un restaurante: es un punto de encuentro para toda la comarca. Tanto para comidas familiares como para paradas de paso, lo que enamora es la coherencia de la propuesta, la atención cercana del equipo y la calidad del producto, que se percibe en cada plato. Es la combinación de memoria gastronómica, técnica bien aplicada y generosidad de raciones la que hace que clientes habituales vuelvan una y otra vez.

Comer en Can Costa va mucho más allá de comer bien: es como sentarse a la mesa en casa, rodeado de sabor, memoria y cuidado. Cada plato está hecho con respeto por el producto, experiencia y la voluntad sincera de hacer disfrutar al comensal. Es esta combinación de tradición, técnica y calidez la que hace que los clientes vuelvan una y otra vez, y que el legado del abuelo Martí continúe vivo en cada detalle. Aquí, la cocina no solo alimenta: te hace sentir como en casa.

Y esto, hoy, es un tributo al abuelo Martí y al legado que aún perdura.