En muchas casas sigue muy viva la costumbre de tomar un chupito después de comer con la idea de entrar en calor, sobre todo en los meses fríos. Es un gesto casi automático, asociado a sobremesas largas y a una sensación inmediata de bienestar. Sin embargo, tal y como explica Luis Zamora, nutricionista, en una entrevista en el programa Atrévete de Cadena Dial, esta práctica se basa más en la tradición que en lo que realmente ocurre en el organismo. El experto aclara que el alcohol genera una sensación engañosa de calor, pero que en realidad el cuerpo no se calienta, sino que pierde temperatura.
Así actúa el cuerpo con el chupito para entrar en calor
Según explica Zamora, cuando tomamos alcohol, lo primero que notamos es una subida rápida de calor corporal, especialmente en la cara o en el pecho. Esa percepción se debe a que el alcohol provoca cambios en los vasos sanguíneos. Las arterias y venas se expanden, lo que hace que la sangre circule más cerca de la piel. Este efecto es el responsable de esa sensación inmediata y tan característica, pero no implica que el cuerpo esté produciendo calor extra ni conservándolo mejor.

De hecho, el nutricionista insiste en que sucede justo lo contrario. Al expandirse los vasos sanguíneos, el organismo pierde calor con mayor facilidad, ya que la sangre caliente se acerca a la superficie del cuerpo y se disipa hacia el exterior. Por eso, aunque el cerebro interprete que estamos entrando en calor, lo que realmente está ocurriendo es una mayor pérdida de temperatura corporal. Es una reacción fisiológica clara, aunque muchas veces pase desapercibida.
Al expandirse los vasos sanguíneos, el organismo pierde calor con mayor facilidad
Luis Zamora subraya que este efecto explica por qué hablamos de una falsa sensación térmica. El alcohol no protege del frío ni ayuda a mantener la temperatura interna estable. Simplemente engaña a nuestros sentidos durante un breve periodo de tiempo. Cuando ese efecto desaparece, el cuerpo puede encontrarse incluso más expuesto al frío que antes de haber tomado el chupito.
El nutricionista también aclara que este fenómeno no tiene que ver con la digestión ni con una supuesta ayuda para “asentar” la comida. El alcohol actúa sobre el sistema vascular, no sobre los mecanismos que regulan el calor interno de forma eficiente. Por eso, asociar el chupito con una forma de entrar en calor es un error muy extendido, pero sin base fisiológica real.
El mensaje de Luis Zamora es sencillo y directo: el alcohol no calienta el cuerpo, aunque lo parezca. La sensación inicial es solo un efecto momentáneo que esconde una realidad muy distinta. Entender cómo responde el organismo nos permite romper con este mito tan popular y ser más conscientes de lo que realmente le sucede a nuestro cuerpo cuando recurrimos al clásico chupito tras la comida.