Barcelona conserva recetas que forman parte de su memoria gastronómica, pero algunas han quedado tan arrinconadas que hoy casi nadie las conoce. Es el caso de la encasada, también llamada enquesada, un dulce tradicional barcelonés que a principios del siglo XX era lo suficientemente popular como para aparecer en comidas destacadas de la ciudad y que actualmente solo elaboran dos o tres pastelerías. Su origen exacto es difícil de determinar, pero se sabe que empezó a ganar popularidad hace más de cien años. Su historia es especialmente curiosa porque incluso Albert Einstein la pudo probar durante su visita a Barcelona en el año 1923, cuando fue invitado a una cena con representantes del mundo científico, político y cultural.
Un producto legendario que marcó absolutamente a Einstein
Un dulce que llegó hasta la mesa de Albert Einstein
La visita de Einstein a Barcelona tuvo lugar en febrero de 1923, en plena gira del científico por Catalunya. El 27 de febrero se organizó una cena en su honor a la que asistieron personalidades de diferentes ámbitos. Entre los platos servidos se encontraba esta especialidad barcelonesa, una muestra de hasta qué punto la encasada tenía entonces una presencia mucho más importante dentro de la gastronomía local.
Que apareciera en un menú preparado para homenajear a una figura internacional no era una casualidad. A principios del siglo pasado, las pastelerías barcelonesas mantenían un repertorio propio de dulces que identificaban la ciudad y que convivían con otras elaboraciones catalanas más conocidas. La encasada formaba parte de esta tradición, aunque con el paso de las décadas fue desapareciendo de los escaparates.
Hoy, precisamente, encontrar una se ha convertido casi en una actividad de investigación gastronómica. Solo unos pocos establecimientos continúan preparándola, manteniendo viva una receta que corre el riesgo de quedar reducida a los libros de historia si las nuevas generaciones dejan de pedirla.
Una receta barcelonesa que resiste gracias a muy pocas pastelerías
Parte del problema es que la encasada nunca ha tenido la proyección de otros dulces tradicionales. Productos como la crema catalana, los panellets o los tortells siguen ocupando un espacio habitual en las pastelerías, mientras que esta especialidad ha ido quedando relegada hasta convertirse casi en una rareza. Su desaparición sería también la pérdida de una pequeña pieza de la historia cotidiana de Barcelona. Las recetas tradicionales explican cómo comían las generaciones anteriores, qué productos valoraban y qué elaboraciones asociaban a celebraciones u ocasiones especiales.
Por eso, recuperar la encasada no es solo una cuestión de nostalgia. Comprarla allí donde todavía se prepara es una manera directa de ayudar a conservar una tradición que ha sobrevivido más de un siglo. Pocos dulces pueden presumir de haber formado parte de una cena dedicada a Einstein y, al mismo tiempo, estar hoy tan cerca de desaparecer de los escaparates barceloneses.
