El pasado viernes, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, superó un récord de la política del país transalpino al alcanzar los 1.413 días consecutivos en el poder y convertirse en el gobierno más longevo de la República Italiana desde 1946. En un país donde ha habido desde la posguerra 68 gobiernos cuya duración media no ha superado los 14 meses, bien porque colapsaron entre sus socios o bien entre sus miembros, Meloni ha aportado una estabilidad que solo se había logrado antes con Silvio Berlusconi, el líder de la derecha y magnate de los medios de comunicación, que hasta ahora conservaba el récord desde 2005.
La fórmula Meloni, que ha virado desde la derecha extrema a una derecha mucho más tolerada e incluso bien vista por Bruselas, ha desarmado, hasta la fecha, a los partidos de centro izquierda o de izquierdas, mucho más divididos en las urnas que el voto de la derecha. En los casi cuatro años de gobierno de Meloni, su balance es simplemente de aprobado, si descontamos el activo que supone la estabilidad política. Presenta indicadores macroeconómicos y de empleo muy favorables, pero sus reformas políticas permanecen encalladas. Así, ha aumentado el empleo en un millón de trabajadores desde 2022 y ha logrado disminuir la tasa de desempleo desde el 8,1 % al 5,7 %, uno de los niveles más bajos en décadas. Heredó un déficit del 8,9 % del PIB y, después de una férrea disciplina fiscal, lo estabilizó en un 3,1 % en 2025. Lo mismo ha sucedido con la inflación.
En los casi cuatro años de gobierno de Meloni, su balance es simplemente de aprobado, si descontamos el activo que supone la estabilidad política
Su talón de Aquiles es el crecimiento del PIB, que este año se espera que sea del 0,6 %, muy por debajo de la media de la eurozona, con una fuerte caída de la producción industrial. La deuda pública está muy alta (138 %) y los salarios no han recuperado su poder adquisitivo frente a la inflación. Las promesas de bajadas fiscales han acabado quedando en eso, en promesas, y en estos momentos en Italia la presión fiscal está en el 43,1 %, la más elevada en una década. En inmigración, las llegadas de ciudadanos irregulares por mar a Italia cayeron un 60 % en 2024 mediante pactos con países terceros que las han estabilizado. En resumen, con estas políticas ha estabilizado una popularidad de alrededor del 35 %-37 % de porcentaje positivo; se ha alejado unos diez puntos de cuando llegó al cargo.
Aunque suene extraño visto desde aquí, su principal problema electoral es la aparición de un partido por la derecha, Futuro Nazionale, que la acusa de haberse ablandado. Al frente está el exgeneral prorruso Roberto Vannacci, que en febrero abandonó la Liga de Matteo Salvini y que en este tiempo ha conseguido situar su partido por delante de los dos socios de Meloni, Liga y Forza Italia. Su programa es mucho más duro en inmigración y contempla una serie de peligrosos recortes en lo que respecta a los derechos de las minorías, proponiendo un regreso a un modelo social ultraconservador. Algunas encuestas le otorgan ya el 12 % del voto y ello está provocando un debate no muy diferente al de otros países: esperar a ver qué pasa o adelantar las elecciones a la primavera, impidiendo la consolidación del partido, y quién sabe si haciéndolas coincidir con las municipales, donde los partidos tradicionales están más fuertes.