Hablar del carquinyoli es viajar en el tiempo a una Catalunya que todavía cocinaba con calma y pensaba cada receta como un legado. Este dulce, nacido en el pueblo de Cardedeu en plena Edad Media, ha sobrevivido generación tras generación gracias a su sencillez, su carácter artesano y su inconfundible sabor. Hoy, este pequeño bocado crujiente no solo forma parte del imaginario gastronómico catalán, sino que sigue conquistando mesas, cafés y sobremesas. Es uno de esos postres que, con ingredientes humildes, consigue crear algo auténtico, reconocible y profundamente ligado a la memoria colectiva.
El dulce catalán que nació en Cardedeu y también se come en la Toscana
Los carquinyolis son galletas firmes, alargadas y muy aromáticas, donde la almendra es la gran protagonista. Se elaboran con una masa básica de harina, azúcar y frutos secos, pero su secreto no está en la lista de ingredientes, sino en la técnica. Gracias al doble horneado, primero suave y luego más intenso, logran ese toque crujiente por fuera y ligeramente tierno por dentro, tan característico y tan adictivo.

Cardedeu fue el epicentro de esta tradición, y desde allí el dulce se extendió a otras zonas hasta convertirse en un símbolo. Su éxito se explica por su versatilidad, por lo bien que acompaña el café, el vino dulce o incluso una copa de licor, y porque es un dulce que dura, que resiste el paso de los días sin perder textura ni aroma. En muchas casas todavía se asocia a celebraciones familiares y a esa repostería hecha sin prisas, con paciencia y respeto.
Estas galletas acompañan bien un café, un vino dulce o incluso una copa de licor
Lo más curioso es que este dulce catalán tiene un “pariente” muy conocido fuera de nuestras fronteras. En Italia, especialmente en la Toscana, encontramos unas galletas muy similares llamadas cantucci, que se consumen también tostadas, firmes y llenas de almendra. No está claro si una receta influyó en la otra o si surgieron de manera paralela, pero ambas comparten esa filosofía tan mediterránea de aprovechar lo sencillo y transformarlo en algo extraordinario.

Con el paso del tiempo, los carquinyolis han seguido adaptándose sin perder su esencia. Hay versiones con más almendra, con toques de anís o con matices aromáticos distintos, pero todas mantienen el mismo espíritu: un dulce honesto, directo y lleno de historia. Quizá por eso siguen gustando tanto: porque no buscan sorprender con exceso, sino ofrecer sabor, tradición y una textura inconfundible.
Hoy, cuando se habla de repostería catalana, el carquinyoli aparece siempre entre los imprescindibles. Es un recordatorio de que, a veces, las recetas más antiguas son las que mejor resisten el tiempo. Y que un pequeño bocado crujiente puede resumir siglos de cultura, identidad y pasión por lo bien hecho.