Poco hecha o muy hecha. Con o sin cebolla. Con patata cortada en gajos o en cuadritos. La tortilla de patatas es un imprescindible en nuestra gastronomía y uno de esos platos que nunca falta en cualquier celebración o cena informal. Pero, a pesar de su fama y de su omnipresencia, cada casa tiene su receta y cada persona sus preferencias. Eso sí, a la hora de meterse a la cocina, el resultado es similar: tiempo de cocinar, trastos por limpiar y mucha pereza que impide que se coma tanta tortilla casera como gustaría. Y es que, incluso los más queridos, tienen una parte menos romántica y aquí se frena en el primer paso: freír patatas mancha, consume bastante aceite y obliga a estar pendiente de la cocina en todo momento. Y con el aceite convertido en uno de los productos que más miramos antes de echar “un buen chorro”, cualquier alternativa que permita ahorrar sin renunciar a una buena tortilla merece, al menos, una oportunidad.
Una solución fácil y práctica
Encontrar una solución que ahorre aceite, tiempo y horas de limpieza es mucho más sencillo de lo que puede parecer y sin necesidad de aparatos nuevos o técnicas raras. Como en la mayoría de las ocasiones, la solución está en el horno. Sí, en ese electrodoméstico que lo mismo te prepara la cena de Navidad que la pizza “guarra” del viernes. Ese que solo hay que encender y de ahí sale el plato listo para comer.
Otro de los grandes argumentos a favor de esta versión es que elimina el momento más temido de cualquier tortilla: darle la vuelta
Al hablar de tortilla, la gran diferencia está en la forma de cocinar la patata. En la versión clásica, las patatas se fríen o se confitan en abundante aceite hasta quedar tiernas. Es una técnica deliciosa, pero también más pesada, más cara y más aparatosa. En la versión al horno, las patatas se cocinan con bastante menos grasa, repartidas en una bandeja y con solo el aceite justo para que no se sequen. También tiene otra ventaja importante: se mancha mucho menos. No hay salpicaduras, no hay sartén llena de aceite ni ese momento de escurrir patatas intentando no quemarse. El horno trabaja mientras tú desconectas.
Sin darle la vuelta
Otro de los grandes argumentos a favor de esta versión es que elimina el momento más temido de cualquier tortilla: darle la vuelta. Quien haya visto una tortilla romperse justo al girarla sabe que no es un detalle menor. A veces falta pulso, otras sobra confianza y otras, simplemente, la sartén decide no colaborar. Al hacerla al horno, ese paso tan tenso desaparece. La mezcla de huevo y patata se vierte en un molde o fuente y se cuaja de manera más uniforme, sin tener que moverla ni voltearla. Esto la convierte en una opción muy útil cuando se cocina para varias personas, porque permite preparar una tortilla más grande y cortarla después en porciones. Eso sí, hay que vigilar el tiempo. El horno es cómodo, pero también puede secar la tortilla si nos pasamos. La clave está en retirarla cuando esté cuajada, pero no reseca. Debe quedar firme, pero jugosa. Aquí va la receta que tanto estás esperando:
Ingredientes:
Para 4 personas
- 4 patatas medianas
- 5 huevos
- 1 cebolla, si se quiere con cebolla
- 3 cucharadas de aceite de oliva
- Sal
Preparación:
- Pelar las patatas y cortarlas en rodajas finas o en láminas pequeñas, como se haría para una tortilla tradicional. Si se añade cebolla, cortarla también en juliana fina o en trozos pequeños.
- Colocar las patatas y la cebolla en una bandeja de horno. Añadir sal y el aceite de oliva. Mezclar bien con las manos o con una cuchara para que todo quede ligeramente impregnado, pero sin exceso de grasa.
- Hornear a 180 ºC durante unos 25 o 30 minutos, removiendo a mitad de cocción para que las patatas se hagan de manera uniforme. Deben quedar tiernas, no tostadas en exceso.
- Mientras tanto, batir los huevos en un bol amplio con una pizca de sal. Cuando las patatas estén listas, dejarlas templar unos minutos antes de mezclarlas con el huevo. Este reposo ayuda a que no cuaje el huevo de golpe por el calor.
- Pasar la mezcla a un molde redondo o rectangular ligeramente engrasado o cubierto con papel de horno. Repartir bien para que quede nivelada y hornear a 180 ºC durante unos 15 o 20 minutos, según el grosor y el punto que se quiera conseguir.
- Para comprobar si está lista, pinchar el centro con un cuchillo. Debe salir casi limpio, pero la tortilla no debe estar completamente seca. Es mejor sacarla un poco antes y dejar que termine de asentarse con el calor residual.
Un clásico más fácil de adaptar
Esta tortilla al horno también tiene otra ventaja: admite muy bien añadidos. Se puede preparar con calabacín, pimiento asado, espinacas, champiñones, queso, jamón o restos de verduras que hayan quedado en la nevera. Al cocinarse en molde, aguanta mejor este tipo de versiones y resulta muy cómoda para aprovechar ingredientes. Y, cómo no, funciona muy bien para dejarla preparada con antelación. Se puede tomar templada, fría o incluso cortar en cuadrados para servir como aperitivo. En definitiva, no hay excusa para no preparar una tortilla para cenar esta misma noche.
