Es un auténtico placer curiosear @ArxiuTV3CR, el perfil de X de los archiveros de TV3 y de Catalunya Ràdio. Primeramente, porque se encuentran muchos formatos audiovisuales que reafirman la condición arriesgada y puntera de "La Nostra" (también otros ancestrales, como la entrevista en profundidad de una hora o más de duración, ahora considerados obsoletos por los capataces… y así nos va). En segundo lugar, y desafortunadamente, uno puede elegir cualquier vídeo al azar de TV3 —de los ochenta a inicios de este nuevo siglo— para palpar un descenso catastrófico en la calidad del catalán que se emplea en los medios públicos. Servidora no es integrante del club de los nostálgicos que solo saben conjugar en pretérito, pero revisionar un episodio de Nissaga de poder o uno de los interviús de Espinàs y compararlo con algunos productos actuales de la tele, llenos de catañol (o urdidos desde un marco español a sabiendas), es para caerse de culo…
Mis compañeros de la selva mediática aducirán que, como todas las lenguas del mundo, el catalán es un animal vivo y también que los medios públicos no deben ser ajenos a las expresiones de la calle. Es innegable, pero también es cierto que uno de los objetivos de TV3 y de Catalunya Ràdio (¡de hecho, su principal misión!) fue el de crear un estándar de lengua que, siendo popular, mantuviera pretensión de excelencia (por poner un ejemplo paradigmático, encargar la biblia de los culebrones de tarde a un Premi d'Honor como Papitu era toda una declaración de intenciones). Siguiendo esta marca fundacional, TV3 no solo consiguió que —cuando éramos niños y gracias a los personajes de Bola de drac— en el patio de la escuela nos disparáramos habitualmente palabras como microbi, petarrell, manefla o baliga-balaga, sino sobre todo que consideráramos de lo más natural el insultarnos en un catalán gozosamente culto.
En este sentido, encuentro que sería lícito preguntarse si TV3 y Catalunya Ràdio (además de tener excelentes correctores de catalán, ¡a quienes no sé si se les hace demasiado caso!) actualmente cuentan con un modelo de lengua normativo. Con ello no estoy preguntando por la existencia de un libro de estilo —que, a buen seguro, debe de existir—, sino de un mandato de exigencia en asuntos lingüísticos que sea relevante en el ejercicio de nuestros periodistas y comunicadores. Últimamente, también debido a la irrupción de espacios protagonizados por influencers con una escasa formación (más allá de ser doctos en la exposición de la propia vida, generalmente poco interesante), se ha vuelto lamentablemente habitual comprobar cómo los teóricos portavoces de lo que debería ser un estándar notable del catalán perpetran auténticos asesinatos contra su fonética; desde esta modesta columna, entonamos un réquiem por las neutras y la ese sonora, que Dios tenga en buen recaudo.
Uno de los objetivos de TV3 y de Catalunya Ràdio (¡de hecho, su principal misión!) fue el de crear un estándar de lengua que, siendo popular, mantuviera pretensión de excelencia
Don’t get me wrong, queridos compañeros. Sé que en TV3 y en Catalunya Ràdio hay gente que habla el catalán de puta madre, como Elisenda Pineda (¡el Altísimo te salve las fricativas, cariño!), Xavier Grasset, Porta, Solà… y tantos otros. Pero mi sufrimiento es sistémico —en ciertas cosas, todavía soy marxista— y no solo es aplicable al marco mediático; si visitáis cualquier teatro catalán donde exista diferencia generacional entre actores, notaréis cómo hablan los más veteranos en comparación con los yogurines. Esto me lleva a un segundo tema importante, y es la formación de la gente que tiene la responsabilidad de poner cara y lengua en un programa. Hace unos días, me quedé bastante estupefacto leyendo la entrevista a la nueva flamante presentadora de un ancestral espacio de libros de TV3 en la que declaraba alegremente "no tengo estudios literarios ni nada", como si tal carencia fuera un detalle pasable, incapaz de suscitar ningún síndrome de impostora.
Ahora no importa este caso particular (la presentadora en cuestión es buena tía y, según me consta, muy currante), pero yo encontraría preocupante que alguien pudiera encabezar el segmento meteorológico del TN declarando que no tiene la más reputa idea de física o incluso que el presentador del Joc de cartes confesara dificultades en el arte de cuajar un consomé. Esta no es una cuestión de titulitis ni de fardar de currículum como si los méritos fueran pectorales marmóreos, pero diría que existe una conexión nada arbitraria entre el conocimiento de una materia y el lenguaje que se utiliza a la hora de explicarla. Si la tele o la radio pública ponen el listón de la formación tan bajo… ¿quién cojones esperamos que pueda levantarlo? Si una persona es elegida para encabezar un espacio en el que la lengua es vital (no estoy hablando desde el purismo, como certifican algunas palabras de este artículo), ¿por qué nadie se atreve a exigirle un nivel de catalán acorde con la tarea?
Servidor no apuesta por unos medios públicos con muchos llur y àdhuc por metro cuadrado (mi abuela hablaba un catalán excelente y en casa siempre hemos dicho bocadillo y sinvergüensa, ¡¡¡pero pronunciando bien las neutras!!!), sino por devolver la condición de timón lingüístico a nuestra tele y a nuestra radio, porque, de lo contrario, muy pronto dejarán de ser nuestras. La cosa es importante porque, como todo el mundo sabe, nuestros medios públicos son mucho más importantes que el departamento este de Política Lingüística que los socialistas se han inventado para blanquear su españolismo militante (y también para enchufar a republicanos, of course) y otros cuentos parecidos, como los planes de lectura y toda cuanta mandanga que solo genera gasto público y cero resultados. Volvamos al buen catalán en los medios, os lo ruego, porque esto de escribir artículos como un filólogo gruñón de la vieja escuela me da un palo descomunal.