A medida que pasan los años, lo normal es que se produzcan con mayor frecuencia olvidos y pérdida de memoria. Tienen lugar antes de lo que pensamos, ya desde los 40, e implican asuntos cotidianos como no recordar algún nombre, no saber dónde se ha dejado algún objeto, olvidar una cita… Es algo normal que va ocurriendo con la edad y la mejor prevención es realizar ejercicios para potenciar la memoria y entrenar el cerebro e incluso seguir una dieta adecuada.

Un estudio realizado en la Universidad de McGill en Canadá concluyó que esta mayor incapacidad para recordar detalles puede ser el resultado de un cambio en el tipo de información en el que se centra el cerebro durante la formación de la memoria y su recuperación, y no de una disminución en la función cerebral.

En cualquier caso, no afecta de manera significativa en la calidad de vida, permite seguir siendo autónomo, tener relaciones sociales y, en definitiva, llevar un día a día normal.

Sin embargo, hay que estar atentos porque en algunos casos sí que puede significar la presencia de una patología. A veces se puede tratar de un deterioro cognitivo leve, un trastorno que hace que los que lo padecen tengan más problemas de memoria que los de una persona de su edad, pero sin que llegue afectar tanto a su vida, como puede ser una demencia o más concretamente la enfermedad del Alzheimer. Generalmente produce lapsos en la memoria y, aunque en algunos casos puede ser precursor de otra enfermedad más grave, no todos los que la padecen terminan desarrollándola. No se medica y se suele tratar con algún tipo de terapia para estimular el cerebro.

El verdadero problema es cuando los síntomas que aparecen pueden indicar que una persona está padeciendo algún tipo de demencia más profunda, como es el caso del Alzheimer. Tal y como explica la OMS, la demencia se caracteriza por un deterioro importante de la función cognitiva, mucho más acusada de lo que correspondería por edad. Afecta además a la memoria, el pensamiento, la orientación, la comprensión, el cálculo, la capacidad de aprendizaje, el lenguaje y el juicio, aunque no la conciencia.

Los primeros signos de demencia a veces no se suelen distinguir de un olvido propio de la edad, lo que provoca que no se diagnostique de forma temprana con lo importante que es para el posterior desarrollo de la enfermedad.

Generalmente se produce una tendencia constante al olvido, una pérdida de la noción del tiempo y desubicación espacial. Son los tres signos más evidentes al principio. Con el desarrollo de la enfermedad empiezan a acrecentarse los olvidos sobre acontecimientos recientes y nombres de las personas, así como la desubicación. Además se presentan dificultades en la comunicación con el resto de personas y se sufren cambios constantes de comportamiento.

Como al principio no es fácil distinguir los síntomas, lo mejor es que, a partir de los 40, si las pérdidas de memoria y olvido aumentan de forma progresiva, es acudir cuanto antes al médico para que diagnostique cuanto antes y se puede comenzar a tratar.