Una de las imágenes más repetidas esta legislatura es la de Yolanda Díaz saliendo del hemiciclo del Congreso de los Diputados acompañada por miembros de su equipo atravesando el pasillo, el patio exterior y un vestíbulo para dirigirse al parking sin ser detenida por nadie. Una vicepresidenta del Gobierno que tres veces a la semana —los días que hay Pleno— recorre unos cincuenta metros repletos de periodistas, diputados y asesores; y la mayoría de veces a nadie le interesa nada de lo que pueda explicar. Es la imagen de una líder que en tres años de legislatura ha dejado de ser líder. La ministra de Trabajo, quien intentó matar a Podemos y que ha sido conocida como la fashionaria por su exquisito gusto a la hora de vestir, se ha visto obligada esta semana a anunciar que no se presentará como candidata a las próximas elecciones generales, que como tarde se tienen que celebrar el verano de 2027. Diversas fuentes de formaciones integradas dentro del grupo parlamentario de Sumar consultadas por este periódico reconocen que ahora será más fácil recoser las heridas con la formación morada y volver a tener una izquierda cohesionada.
Díaz ha elegido anunciar que da un paso al lado de la manera opuesta a cómo se postuló como nueva líder de la izquierda española. Tres años después de aquel gran acto en el polideportivo madrileño de Magariños, comunicó su adiós este miércoles al mediodía, sabiendo que al cabo de pocos minutos se desclasificarían los documentos del 23F y, por lo tanto, su despedida pasaría más desapercibida. No es baladí. Es una política que ha cuidado siempre con mucho detalle su imagen y le ha dado importancia a la forma de comunicar las cosas. El pasado noviembre, con motivo del día internacional para la eliminación de la violencia contra las mujeres, hizo ir a su hija al Senado para que fuera fotografiada con ella.
Este jueves, por ejemplo, veinticuatro horas más tarde de anunciar su adiós, unos pocos testigos pudieron ver cómo Díaz buscó disimuladamente una fotografía con Pedro Sánchez que la reforzara en el papel que continuará desarrollando: vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo. Llegó al Congreso desfilando por el patio con gafas de sol, un vestido de color beige y unos zapatos grises de tacón de aguja. La policía ya había acordonado la zona de aquella plaza gris para que aparcara el coche que llevaba a Sánchez a la cámara. La vicepresidenta esperó al presidente bajo el sol sentada en un muro bajo. Cuando él llegó y bajó del coche, ella intentó entrar dentro del edificio con él, a la vez, juntos. Erró en el cálculo de los tiempos por solo un par de segundos y se dirigió hacia adentro sin tener en cuenta que el socialista haría el habitual saludo al policía que siempre lo recibe. Desacompasados, tres metros acabaron separándolos a ambos y Díaz no consiguió que los fotoperiodistas los retrataran juntos. Incluso aquel día, unos minutos después de esta escena, cuando los diputados ya habían emitido sus votos, ella abandonaba nuevamente el hemiciclo y solo unos pocos periodistas se interesaban por hablar con ella en privado y preguntarle cómo estaba. Sonriendo, aseguraba sentirse feliz y reiteraba que la decisión había sido muy medida.
Hace casi un año, Pablo Iglesias dejó por escrito en el libro Enemigos íntimos que, encumbrada por algunos medios y después de moverse cómodamente por los despachos empresariales y los buenos restaurantes, Díaz ha sufrido el mismo mal que Íñigo Errejón: caer en una “nube de narcisismo”. El fundador de Podemos reconocía en una entrevista con ElNacional.cat que haberla elegido a ella como su sucesora tanto en el Gobierno como lideresa del partido fue uno de sus peores errores. Se había expresado de la misma manera tiempo atrás el también fundador Juan Carlos Monedero, también en una conversación con este periódico. Después de ejercer como abogada, ser concejala y teniente de alcalde en Ferrol, diputada en el parlamento gallego y en el Congreso, Díaz entró en el Gobierno como ministra de Trabajo en el año 2020, una carpeta que, de momento, continuará en sus manos. Solo un año después, Iglesias la elegiría como sucesora y ascendería a la categoría de vicepresidenta. Estaba tan bien considerada que la izquierda la veía como una futurible presidenta de España. Sería entonces cuando empezaría a activar su gran acto de traición.
Díaz detectó que la marca de Podemos ya había empezado a desgastarse y, aprovechando la popularidad que ella tenía a mediados de 2022, impulsó su propia plataforma, Sumar. La intención era dominar el espacio situado a la izquierda del PSOE engullendo en un primer momento la formación morada para, en un futuro, acabar enterrándola. El puñal más afilado lo clavó cuando, a toda prisa por el adelanto de las generales de 2023, tuvo que configurar las listas electorales. Algunos diputados del grupo parlamentario de Sumar señalan en conversación con este medio que no hubo ningún veto a Irene Montero, pero la entonces ministra de Igualdad era la cara más visible de los pablistes, quería formar parte de las listas electorales, y los yolandistas la dejaron fuera por la polémica que había arrastrado la ley del "solo sí es sí".
Las opiniones son diversas. Hay quien cree que el génesis de la caída de Díaz se encuentra en el intento de asesinato a Podemos, una decapitación de Montero escenificada a plena luz del día. Otro diputado de este mismo grupo parlamentario opina que cometió el error de caer en la dinámica “históricamente cainita de la izquierda española”. Le reconoce el “mérito de conseguir aglutinar un montón de formaciones en 2023, pero su liderazgo fue fuerte solo al principio; a nivel interno ha sido otra cosa”. Consiguió introducir hasta quince; desde Podemos a Izquierda Unida, pasando por los comuns, Compromís, la Chunta Aragonesista y Més per Mallorca i Menorca, entre otros. Siempre contando con el apoyo de Sánchez, Díaz fue la encargada al principio de la legislatura de reconocer la legitimidad de Carles Puigdemont yendo a visitarlo a Brusselas; el encuentro allanaría el camino a las futuras negociaciones para una ley de amnistía.
Otra parlamentaria de este espacio considera que un elemento que deterioró el liderazgo de Díaz fue que, a pesar de que sin Montero, Podemos tenía “toda su dirección” dentro del grupo parlamentario de Sumar. Las heridas no cicatrizaban y al principio de la legislatura decidieron abandonar la trinchera sumarista y marcharse al grupo mixto. La primera consecuencia de este liderazgo herido llegó en las elecciones europeas de 2024. Sumar sufrió un enorme batacazo. Podemos se presentó por separado, demostró que aún vivía y en Catalunya quedó por encima del partido yolandista. Los resultados tampoco fueron buenos ni en las elecciones gallegas, ni en las vascas ni en las catalanas del brazo de los comunes. Algunos de sus defensores argumentan que para Díaz era complicado compaginar el trabajo del Ministerio con el de líder del espacio.
Una ministra de Trabajo bien valorada dentro del espacio
Díaz se vio obligada a dimitir de sus cargos orgánicos dentro de Sumar, pero continuó dentro del gabinete de Sánchez. Ahora, cuando queda un máximo de año y medio de legislatura, tampoco acaba de irse del todo. Continuará en el Gobierno. A pesar del fracaso de su liderazgo, diversos actores de la izquierda remarcan que ha sido una buena ministra de Trabajo. Durante este tiempo ha conseguido aumentos del salario mínimo, consiguió aprobar una reforma laboral, sacó adelante la ley rider, una reforma del subsidio por desempleo y otras medidas como los ERTE durante la pandemia. No fue capaz, sin embargo, de convencer a Junts per Catalunya y al PP para que aceptaran la rebaja de la jornada laboral a las 37,5 horas semanales.
¿Y ahora qué?
Explica una fuente de Más Madrid que, desde la salida de Podemos, quien más ha maniobrado para conseguir la caída de Díaz ha sido Izquierda Unida. Su líder, Antonio Maíllo, abogaba hace unas semanas por pasar página de la etapa post-podemita. El pasado fin de semana, cuatro de los partidos que conforman la coalición de Sumar movieron ficha y mostraron su voluntad de reeditar la alianza. Hay una clave en este Sumar 2.0 que todavía no tiene nombre: lo han impulsado formaciones con fuerte arraigo en determinados territorios (los comuns en Catalunya, Izquierda Unida en Sevilla, Compromís en el País Valencià y Más Madrid en la capital española). Uno de sus impulsores remarca que esto se parece a la idea que ha ido proponiendo últimamente Gabriel Rufián de un frente común. Muestran predisposición, por ejemplo, de no presentarse en Galicia y dejar que ese espacio solo lo ocupe el BNG. Todo el mundo reconoce que, sin Díaz, todo será más fácil; que no habrá un agente nocivo que impida la reunificación con Podemos.
Más allá de los recelos sobre la vuelta o no de los morados, la otra gran pregunta que se hace el espacio es quién será el nuevo líder. Todo el mundo está haciendo un esfuerzo por no postularse y dejar este paso para el último momento, después de haber forjado el mayor número de alianzas posibles; todo lo contrario de lo que hizo Díaz en 2023.
A pesar de que los focos han estado estos últimos días sobre el portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso, estos se han redirigido últimamente sobre Pablo Bustinduy, ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Lamentan algunas fuentes consultadas por ElNacional.cat que fue Podemos (formación que pretende que Irene Montero sea la candidata a unas próximas generales) quien empezó a difundir el nombre de Bustinduy “para quemarlo”. Bustinduy, de todas maneras, se descarta, y fuentes de su equipo aseveran que es mala idea presionar a alguien para algo que no quiere. Pero una fuente de Más Madrid sentencia: “A veces la fuerza de la realidad se impone”.
