El titular de la semana, con el permiso de Rodalies y de sus usuarios, es el encuentro de Sílvia Orriols con los 200 amigos de Emilio Cuatrecasas. El régimen de Vichy ya ha cedido un montón de trincheras a la alcaldesa de Ripoll. Primero, Pilar Rahola rompió la censura mediática para intentar salvar 8TV, y le hizo una entrevista poco antes de que la televisión de Junts acabara de hundirse. Después, lo que se echó a perder fue el intento de cordón sanitario de los antiguos partidos independentistas en el consistorio ripollés. Las elecciones avanzadas no impidieron que Orriols entrara en el Parlament, y las risitas y ridiculizaciones no evitaron que sus discursos se esparcieran como la pólvora.
Ahora La Vanguardia nos ha anunciado en su web, en una noticia publicada en abierto, que la "sociedad civil" ha levantado el veto a Orriols. La "sociedad civil", según el conde de Godó, es la cofradía de acomodados de Cuatrecasas. Una cosa que llama la atención es que la noticia ha sido reproducida por diversos medios, como antes se reproducían los teletipos de la agencia EFE. Twitter está lleno, igual que los periódicos del país, de analistas que usan el texto publicado para hablar del encuentro como si hubieran estado presentes, y como si un acto tan restringido y tan anunciado a bombo y platillo no fuera, de entrada, sospechoso de ser un teatro.
Más que un encuentro de contenido político, me da la impresión de que Cuatrecasas y sus amigos organizaron con Orriols una entrevista de trabajo. La política, ya se sabe, consiste en tejer complicidades y en intercambiar ideas, sobre todo en los países normales donde la clase dirigente comparte la lengua, la cultura y una idea de la historia con su pueblo. En Catalunya la cosa es más complicada. En Catalunya se está acabando un ciclo de 150 años, que ha ido alejando a las élites de Barcelona de la base del país. Los linajes que financiaron el catalanismo después de pactar el retorno de los Borbones, hace tiempo que desaparecieron expoliados, exiliados o envilecidos por las dictaduras.
Los 200 amigos de Cuatrecasas querían conocer a Orriols porque tiene éxito y porque no tienen a nadie más, y quizás también porque empiezan a notar la asfixia de su propio vacío —la desorientación que provoca el hecho de no tener historia. El PSC ya se ha visto que no convence lo suficiente y que pronto necesitará la ayuda de Oriol Junqueras, mientras que los convergentes, aunque siempre tienen una estrategia nueva para volver a la hegemonía de los viejos tiempos, están cada vez más acabados y más escasos de ideas. Orriols se habría entendido con la burguesía de hace un siglo o, incluso, con retraso, con los empresarios que financiaron la CiU de la Transición. La "sociedad civil" de La Vanguardia no vibra con el país: no sabe qué tradición representa ni de dónde viene.
No digo que a escala individual no pueda haber de todo, pero como colectivo, la "sociedad civil" que se encontró con Orriols es un cadáver. Solo por las noticias que han salido ya se ve que es una gallina sin cabeza que imita rituales que habían tenido sentido hace mucho tiempo. En la política catalana hay dos pulsiones autodestructivas que se intuyen en el eco folclórico que los periódicos han dado al encuentro. Una es la pulsión de ensuciar, de enfangar el campo de juego y de ir a las piernas de Maradona como un defensa del Bilbao. La otra es la pulsión de dejar ganar y de tener un as en la manga con la esperanza de poder sacarlo con un golpe genial de oportunismo.
La primera es típica de la patronal y del españolismo, y es la que Orriols sufrirá a medida que los guardianes del Estado noten que no la pueden manipular. La otra es típica de los políticos catalanes, y ha dado episodios tan tragicómicos como el 6 de octubre de 1934, el 1 de octubre de 2017, o la confesión de Jordi Pujol poco antes del 9N. Orriols necesitará que el espíritu de su gesto arraigue en el país y haga red para poder navegar estas dos pulsiones sin perder su centro de gravedad. El espíritu es más importante que las ideas y que la apariencia externa del gesto, porque dialoga con el infinito, pero también se evapora y se pervierte más fácilmente.
El espíritu de Orriols es lo que da miedo y es lo que lleva a los periódicos a colgarle etiquetas ideológicas que en realidad solo quieren decir que es demasiado catalana
El espíritu de Orriols es lo que da miedo y es lo que lleva a los periódicos a colgarle etiquetas ideológicas que en realidad solo quieren decir que es demasiado catalana. Donde el espíritu de Orriols está más débil es en Barcelona porque es donde se notan más los efectos del franquismo y donde los bombardeos han dejado más sedimento. Orriols representa lo que la "sociedad civil" de La Vanguardia —con Cuatrecasas al frente— querría destruir si no fuera que siempre acaba necesitando al país para pactar con Madrid. Orriols, pues, se reúne con el mundo barcelonés que la querría ver exterminada y los periódicos hablan de "normalización" como si hablaran de la normalización del catalán después del franquismo.
El otro día visité a un amigo mío en un pueblo emblemático del interior. Es un señor de buena familia, con piso en el Eixample, que ha conservado la casa del linaje, aunque está en una calle degradada donde hay una mezquita. Saliendo del coche vi a un perro subido encima de un balcón sin barandilla, en un edificio devastado. Un mosso le preguntaba a un moro que se hacía el campesino: "¿Cómo ha llegado aquí tu perro?". "Ah, no lo sé", decía él, encogiéndose de hombros. No seguí la historia porque me encontré a mi amigo, que había asomado la cabeza para ver qué pasaba. Pero pensé en Orriols. Durante el franquismo, se intentó reemplazar a la clase obrera catalana para crear un país más adaptado a España, y salió Pujol.
Más vale que, esta vez, os toméis en serio Catalunya y la revuelta que representa esta señora, porque detrás de la multitud que habéis traído hay monstruos mucho más peligrosos que los militares golpistas de Madrid. No sé si Orriols ha leído L’esperit de Catalunya del doctor Trueta. Pero cualquier lector de Trueta sabe que las etiquetas que los periódicos ponen no sirven, y que Orriols habla desde una tradición que une a Josep Pla con Heribert Barrera; a Francesc Cambó y Salvador Seguí con Jordi Pujol y Vicens Vives. Todos habrían firmado por una Catalunya plena o una España como Suiza. Y ninguno se habría dejado arrebatar el país sin hacer nada, por falsa compasión o fatalismo.
