Cuando era joven no quería saber nada de la gente y de la cultura de aquí. Lo encontraba todo aburrido y previsible; poco exótico. Tenía mucha sed de novedades y quería que me sorprendieran intelectualmente. Me moría de ganas de conocer nuevas culturas y lenguas y de explorar el mundo; cuanto más lejano y exótico fuera el destino, mejor. También me hacía mucha ilusión que viniera gente de todas partes del mundo a vivir a Catalunya: me encantaba aprender nuevas lenguas analizando sus gramáticas por mi cuenta y conocer nuevas culturas (cuanto más diferentes a la mía, mejor: más intriga y tensión) y las historias que les eran inherentes. Creía que mezclar culturas aportaba más beneficios que inconvenientes, y que, cuanto más mezcladas estuvieran, mejor. Vivía en wokelandia (un concepto entonces desconocido en Catalunya). Cabe decir que eran otros tiempos (años noventa del siglo pasado, principios del 2000) y que el contexto no tenía nada que ver con el actual: todavía no conocíamos, ni intuíamos, el desdoblamiento en masculino y femenino ni habíamos visto nunca un therian —persona que se identifica con un animal y actúa como tal— por la calle.
Era del parecer que meter todas las culturas en una coctelera y agitarlas hasta que quedaran bien mezcladas nos abría la mente y nos convertía en mejores personas (más altruistas, más empáticos; en definitiva, más humanos). Que llegaríamos a un grado tan elevado de bondad y que tendríamos el corazón tan lleno de alegría que incluso podríamos llegar a levitar y tocar el cielo con la punta de los dedos. Y, en parte, tenía razón: conocer otras culturas, y aprender nuevas lenguas para entender mejor estas nuevas culturas, te abre la mente y te hace más empático (si eres una persona con esta predisposición, claro; porque, si no, por más pasaportes sellados que tengas, sigues siendo un ególatra que no ve más allá de su nariz). Con el tiempo, sin embargo (siempre hay un sin embargo), después de haber habitado más de cuarenta y seis años el planeta Tierra, me he dado cuenta de que esto de mezclarnos tanto es contraproducente.
Me explicaré mejor y más gráficamente. ¿Qué pasa cuando mezclas muchos ítems (por ejemplo, colores)? Pues que, en el mejor de los casos, se obtiene un popurrí y la individualidad y la esencia de cada uno de los componentes desaparece. Es decir, se obtiene un nuevo color que no es ninguno de los colores que lo han compuesto y que al mismo tiempo es todos los colores que lo han compuesto (lingüísticamente hablando, vendría a ser el esperanto). Y, en el peor de los casos, el color predominante (el que hay en más cantidad) se impondrá y hará desaparecer al resto de colores; como mucho podrán cambiarle un poco el tono. Que esto, trasladado a las lenguas, significa que siempre hay una que aplasta a las otras y las hace desaparecer o las relega a un segundo plano y a sobrevivir miserablemente (el falso bilingüismo, que tan bien conocemos los catalanes) y que la lengua predominante, como mucho, adoptará alguna palabra de las otras lenguas como vestigio folclórico y para que no se diga que las ha exterminado.
Los seres humanos estamos acostumbrados a un clima, a un entorno, a una dieta, a una lengua, a una cultura… y mezclarnos tanto nos desequilibra
Este coito cultural puede parecer a priori muy romántico y utópico, pero la realidad es que acaba siendo un caos de dimensiones descomunales (como muy bien estamos viendo actualmente en Catalunya con la avalancha de inmigrantes —lo mejor de cada casa— que nos ha caído encima). El ser humano necesita referentes para tener una estabilidad mental; pilares que lo sostengan y eviten que caiga al vacío. Mezclar tantas culturas en un mismo lugar tiene como resultado una cultura mestiza sin ningún tipo de coherencia que no representa a nadie. No somos ni una cosa ni la otra, perdemos los referentes y los pilares, y esto solo quiere decir una cosa: que caemos inevitablemente al vacío y que el caos y el desequilibrio se apoderan de la sociedad. Las culturas se disuelven y se convierten en folclore y todo el mundo quiere imponer lo que considera que es suyo y lo representa. En el mejor de los casos, acabamos a puñetazos y, en el peor, con una crisis social, económica, lingüística, cultural e identitaria difícil de revertir.
En el caso concreto de Catalunya, no aparecerá, por arte de magia, una cultura mestiza fruto del buenrollismo entre las diferentes culturas que ya mal conviven: en Catalunya se impondrá la cultura mayoritaria (la que tenga más adeptos), y ya os puedo avanzar que, si no frenamos esta política migratoria sin control ni sentido (que algunos disfrazan de empatía y de humanidad), no será la catalana. Solo un pequeño ejemplo: "El Tribunal de Estrasburgo avala el 25% de castellano en la escuela catalana". Nos hemos pasado de rosca. Viajar es fantástico, pero viajar cada fin de semana a la otra punta del mundo es excesivo y catastrófico; ya no solo en cuanto a la cultura, sino también en cuanto al medioambiente. Estas migraciones masivas no aportan nada bueno; son solo un síntoma del mal funcionamiento del mundo. Lo que hace falta es resolver los problemas que tienen en su lugar de origen para que la gente no tenga que emigrar (en principio, a nadie le gusta emigrar). Los seres humanos estamos acostumbrados a un clima, a un entorno, a una dieta, a una lengua, a una cultura… y mezclarnos tanto nos desequilibra. No es fascismo, es sentido común. ¿Qué pasaría si en tu casa se vinieran a vivir trescientas personas de orígenes diferentes que quisieran imponer su cultura? Diría que la cosa no acabaría demasiado bien y que parecería un gallinero.
