De la última encuesta del CEO, independientemente de los números de cada uno, se desprende que —a día que pase— el país quedará atenazado entre el lerrouxismo del PSC y la popularización de las tesis sobre inmigración de Aliança. Entiendo que los autores de este informe hayan holgazaneado antes de publicitar sus datos (más cocinados que un civet de jabalí de esos que piden muchas horas de hervor), porque debe haber mucha gente en las élites preocupada por la desaparición de aquel centro político sociovergente-catalanista que aseguraba una alternancia tranquila del poder dentro de los términos castradores del régimen del 78. Pero las cosas son como son y, debido al retorno del debate sobre la independencia, resulta muy lógico que el socialismo vire hacia el españolismo racial de Ciudadanos y que los electores independentistas busquen un espacio regido por nuevos políticos que todavía no han tenido la oportunidad de tomarles el pelo.

Del ruido resultante, en primer término, he disfrutado mucho leyendo los artículos de la convergentada, que se ha apresurado a comparar el partido de Sílvia Orriols con Vox (pensando, supongo, que Santiago Abascal debe soñar con la restitución del Estado catalán), o, con prosa más nostálgica, de aquellos herederos de CiU que querrían salvar el legado de Jordi Pujol como si fuera aquella vajilla destartalada de la abuela que guardas en casa para contrastar con el minimalismo de los muebles moderniquis. A su vez, la mayoría de opinadores se han disfrazado de periodistas, indignados con el hecho de que Aliança todavía no haya explicado su hoja de ruta para la secesión; una voluntad cientifista que, dicho sea de paso, no vi que los colegas hubieran aplicado nunca a los alehops de Mas, Junqueras y Puigdemont. Pero con todo esto hay que ser benévolos, porque la presente agonía demuestra que hay mucha gente asustada por quedarse sin sueldo.

En segundo lugar, he gozado como un renacuajo viendo a algunos miembros de la junta poner cara de sorpresa ante el auge espectacular de Aliança. Todo esto era difícil de saber, dicen poniendo esa cara de emprendedor con carné de ESADE. En efecto, resultaba muy difícil de anticipar que —tarde o temprano— la gente se cansaría de cosas como el "votadme que volveré" del president Puigdemont. Como también era complicado predecir que la conciudadanía acabaría con los cascabeles llenos de indignación después de admirar cómo el Muy Honorable 130 juraba que no investiría jamás a Pedro Sánchez ("alguien a quien no le compraría un coche de segunda mano") con el resultado ya conocido. No se podía saber, pues claro, que situar a alguien que no conoce ni Cristo y con el carisma de un plato de acelgas como alcaldable de la capital no acabaría de funcionar. Tampoco que, gracias a las interrupciones del catedrático Rull en el Parlament, Orriols sumaría votos en cada speech

Todo esto, si abandonamos la ironía, no solo era fácil de saber…, sino que era necesario ser muy tonto para no haberlo anticipado. De hecho, espero que los politólogos del futuro expliquen con todo detalle cómo Aliança se ha beneficiado de una campaña gratuita de dimensiones oceánicas, gracias a todos los partidos catalanes. Si pensamos en el PSC, podemos inferir que a Salvador Illa la oposición contra Orriols ya le va bien; al fin y al cabo, el president 133 es alumno del capataz del PSOE y el auge de Aliança podría servirle para generar un repliegue del electorado de Esquerra a favor de aquello que los cursis y los indocumentados en historia llaman "la lucha contra el fascismo" (si hacemos caso al CEO, la estrategia no acabaría de funcionar). Pero la situación del independentismo resulta más delirante; lo de Junts es de traca, pero también hay que felicitar la labor de Esquerra a la hora de convertir el independentismo en simple muleta de sociatas, ¡caterva de genios!

¿Quién narices esperaban que creciera espectacularmente en número de diputados, en el último CEO?

Si uno piensa en todo esto que he resumido con gran esfuerzo y pereza…, la pregunta se impone: ¿quién narices esperaban que creciera espectacularmente en número de diputados, en el último CEO? Si uno se ha dedicado a no querer tocar el tema de la inmigración para no quedar mal ni parecer muy racista, si tenemos un Govern que ha querido meter a la policía en las escuelas mientras afirmaba que no pasaba nada grave y si la mayoría de los líderes independentistas —después de todos los sacos de mentiras de los últimos lustros— todavía son los mismos…, ¿quién narices esperaban que iba a crecer? Pero la cosa no acaba aquí, pues no tengáis ninguna duda de que la clase política más analfabeta de nuestra historia no rectificará y le seguirá haciendo campaña gratis a la señora Orriols. Da igual si la ripollesa amenaza demagógicamente con tonterías como el advenimiento del califato o el regreso de bin Laden. De hecho, ahora solo tiene que saber esperar.

Como abstencionista militante, condición que no pienso cambiar en los dos próximos comicios, todo este vodevil me parece trascendental, sobre todo porque ayudará a clarificar muchas cosas. También espero que, una vez perdidos unos cuantos miles de sacos de votos más, juntaires y republicanos se despierten de la siesta para replantear sus liderazgos. De hecho, me atrevería a decir que todo el próximo ciclo político acabará con la mayoría de sus principales actores en el paro, porque —hoy por hoy— no existe ninguna fuerza política que tenga la complejidad de pensamiento ni la valentía necesaria para liderar el país. Algunos subirán, adaptándose a la nueva demagogia proteccionista de Europa, y otros bajarán, porque cualquier artefacto político catalán que se religue al futuro de España acabará fracasando. Pero el movimiento de esta ensalada, creedme, será de implosión. Después de todo esto, estoy seguro de ello, podremos vislumbrar cosas nuevas…