Es uno de los restaurantes de Barcelona que siempre tenía pendiente. Lo sabía recomendado, galardonado y aplaudido, y su larga trayectoria me parecía una garantía y, también, una visita obligada. Porque si conocer qué se cocina de nuevo en esta ciudad es importante para saber cómo respiran sus cazuelas, aún lo es más aprender qué han hecho y qué hacen los restaurantes que ya llevan décadas de hostelería, que ya es identidad culinaria barcelonesa. Y este es el caso de El Passadís del Pep.

Cazuela de conchas del restaurante El Passadís d'en Pep. / Foto: Rosa Molinero Trias
Cazuela de cáscaras del restaurante El Passadís del Pep. / Foto: Rosa Molinero Trias

Confío en el criterio de mis amigos, independientemente de cómo se desarrolle la comida. Que alguien te lleve a un lugar que le gusta especialmente hace que entiendas cosas de quién es la persona que tienes delante, como si a través de la comida y la bebida que se lleva hacia dentro, pudieras, tú también, navegar un poco más por su interior. Por eso, y porque ya hacía mucho que quería saber qué se hacía en El Passadís del Pep, acepté encantada el ofrecimiento de mi amigo para comer allí un viernes de marzo.

En El Passadís del Pep la carta no es de papel: es de carne y hueso y se llama Modesto Baena

Chipirones del restaurante El Passadís d'en Pep. / Foto: Rosa Molinero Trias
Chipirones del restaurante El Passadís del Pep. / Foto: Rosa Molinero Trias

El Passadís del Pep ocupa un espacio insólito. Está en una esquina del Pla de Palau y se accede por un portal que pasa desapercibido. Al cruzarlo, un largo pasillo y, finalmente, la puerta de un restaurante que se abre amplio y de techos altos ante la vista, como una cueva de las maravillas. Cuadros de Tàpies y de Perico Pastor, entre otros, contrastan con las bóvedas centenarias de piedra desnuda en este restaurante en manos de Joan Manubens desde 2017, hijo de Joan Manubens, que primero fue mecánico para convertirse, en 1979, en un restaurador famoso en la ciudad y aún más allá, junto a su mujer, Pilar, e impulsado por Pep, su hermano.

En El Passadís del Pep la carta no es de papel: es de carne y hueso y se llama Modesto Baena. Él es el maître y trabaja en el restaurante desde hace más de treinta años. Es toda una institución como jefe de sala, un sabio que la conduce con maestría. Aquel día nos recomienda una ensalada de tomates, bonito y unos boquerones en escabeche que hacen muy feliz a mi amigo. Acto seguido, una fila de calamarcitos al punto y unas cigalas que esperan el bocado reposando en una cama de cebolla confitada. De la carta de vinos, que tiene todo lo necesario, elegimos Sesenta e nove arrobas (2023), el albariño de Rías Baixas de Albamar.

Crema catalana del restaurante El Passadís d'en Pep. / Foto: Rosa Molinero Trias
Crema catalana del restaurante El Passadís del Pep. / Foto: Rosa Molinero Trias

También nos aconseja la cazuela de conchas: mejillones, navajas y almejas. El conjunto se ha aromatizado con ajos y guindilla, recortes de jamón y vino blanco, y el caldo que deja nos hace agotar el pan. Para terminar, un rodaballo al horno, con patatas, que me hace pensar ya en la próxima visita, en la que caerá del mar sobre la mesa aquel día futuro donde vuelva a pasar por aquí. La crema catalana y los buñuelos completan una comida que ha sido un placer y que, además, ha satisfecho mi hambre de historia gastronómica de Barcelona.