Leo en el diario que Barcelona aprueba un plan de usos para frenar la proliferación de tiendas de carcasas de móvil y de salones de manicura —lo que llamamos "lugares de uñas". Medidas restrictivas que aplaudo, y no porque sea una burgeois elitista de las que no quiere pakis en el barrio, sino porque, entre otras razones que no vienen al caso, estos establecimientos huelen a mafia que no se aguanta. A pesar de la moda del NailArt y de que todo el mundo, todo el mundo, lleva un móvil en el bolsillo y acumula una decena de antiguos en casa, no se entiende el negocio de tantísimas tiendas de carcasas y salones de uñas. Pero este no es el tema. La cuestión es que en planes de usos anteriores, el Ayuntamiento atacó la restauración, limitando la concesión de licencias de nuevos restaurantes en barrios con mucha densidad o mucha presión turística.
Y hoy, desde nuestro restaurante en uno de estos barrios con restricciones, mi equipo y yo queremos felicitar efusivamente a la panadería y al supermercado de al lado porque han abierto un restaurante sin darse cuenta. Ambos, en un barrio donde, hoy, nosotros no podríamos abrir. Ambos, sin pasar por ninguno de los controles que tuvimos que sufrir nosotros.
Si cuatro mesas en una panadería y unos microondas en el supermercado (para calentar los platos precocinados que venden) hacen exactamente lo mismo que un restaurante, ¿por qué no tributan igual ni cumplen la misma normativa?
Resulta que todos estos años hemos estado equivocados. Hemos pagado licencias de actividad, hemos pasado inspecciones sanitarias, hemos contratado personal con convenio, hemos instalado sistemas de ventilación homologados, hemos redactado planes de autocontrol, hemos registrado temperaturas de nevera a las siete de la mañana... Todo esto, descubrimos ahora, era completamente opcional.
La diferencia no es solo de trámites: es fiscal. Nosotros pagamos IVA de restauración al 10%. Ellos, como comercio alimentario, al 4% en los productos básicos. Nosotros necesitamos cocinero, sala diferenciada, extracción de humos, baño adaptado. Ellos necesitan un mostrador y ganas. Pueden ofrecer precios irrisorios porque su estructura de costes es radicalmente diferente de la nuestra. Tanto, que casi parece una ventaja competitiva diseñada expresamente. Casi.
Merecemos un terreno de juego justo para no destruir el tejido de la restauración de barrio. Nos exigen la máxima calidad y seguridad, cosa que asumimos con orgullo. Pero si una panadería y un supermercado quieren hacer de restaurante, que paguen los mismos impuestos
La pregunta inocente: si cuatro mesas en una panadería y unos microondas en el supermercado (para calentar los platos precocinados que venden) hacen exactamente lo mismo que un restaurante, ¿por qué no tributan igual ni cumplen la misma normativa? La respuesta, sospechamos, es que nadie se ha molestado en mirarlo demasiado de cerca. Los ayuntamientos y las consejerías competentes deben clarificar de una vez los usos comerciales y hacer cumplir la normativa de manera uniforme. El sector de la restauración da trabajo a cientos de miles de personas en Catalunya. Merecemos un terreno de juego justo para no destruir el tejido de la restauración de barrio. Nos exigen la máxima calidad y seguridad, algo que asumimos con orgullo. Pero si una panadería y un supermercado quieren hacer de restaurante, que paguen los mismos impuestos, asuman las mismas inspecciones y cumplan las mismas leyes. No pedimos que cierre nadie. No nos da miedo la competencia: nos da miedo la injusticia. Por todo esto, la restauración sacaremos las uñas. Unas uñas que ningún salón de manicura podrá limar, para atacar unas nuevas carcasas: las panaderías y los supermercados que, impunemente y amparados por el vacío legal, encubren restaurantes.
