Ir a un bar o a un restaurante siempre es una gran alegría para mí. Sea un lugar que conozco o uno donde nunca he puesto los pies, siempre hago la visita con una cierta predisposición positiva. Aunque a menudo este sea mi trabajo, el de analizar bares, restaurantes, cafeterías y coctelerías y otros establecimientos donde se sirva comida y/o bebida, intento aterrizar allí tal como lo haría cualquiera que cruce el umbral de la puerta: con ganas de pasarlo bien, de saber que estoy en el lugar idóneo para satisfacer y estimular la sed o el hambre, donde quizás encontraré una conversación propia o ajena que me hará pensar; en definitiva, donde seguro que aprenderé algo.
A pesar de todo, las cosas no siempre van como la seda y hay ciertos escenarios que me parecen detestables. O mejorables. Pero como digo en el subtítulo, aquí pillaremos todos, y el mes que viene nos tocará recibir a los clientes. Porque no hay nadie perfecto, ni a un lado ni al otro de la cocina, de la barra y de la mesa. Y lo mejor que podemos hacer es darnos cuenta, recibir la crítica con humor y, si se puede, cambiarlo, por el bien de todos.
Que se te hable en inglés como primera opción. Que continuamente falte agua y que cuando falta pan y queda menú, no se ofrezca otra ración

Porque, ¿a quién no le irrita, que, al saludar, nadie devuelva el saludo? Y no porque no haya nadie, sino porque lo que falta es sentido común. Los taburetes, sillas y mesas que bailan más que un carnaval brasileño. Que no se haya pasado un trapo por la mesa en lugares donde se debería haber pasado un trapo por la mesa. Cuando se sigue preguntando a ellos por el vino (que pasa poco en nuestra casa, pero aún pasa y pasa aún más en países del centro de Europa). Y en esta línea, cuando se recomiendan cócteles suaves para ellas y fuertes para ellos, prolongando una convención social que, como la gran mayoría, es artificial y no se fundamenta absolutamente en nada objetivo. Y que, encima, se te insista en que, quizás, te estás equivocando con aquello que has elegido. Pero, al mismo tiempo, cuando estás en un restaurante y eliges dos platos muy parecidos, que por la descripción que se hace en la carta no puedes llegar a saberlo, no se te avise de la repetición.
Que en los datáfonos, las teclas no salgan en el orden cardinal, sino todas mezcladas por una supuesta seguridad. Pero lo que seguramente pase es que la gente se equivoque o, como a mí, le entre un cortocircuito en el cerebro después de este error que le haga olvidar incluso su segundo apellido, y tema tener que quedarse repasando copas toda la noche (¡por favor, sobre todo las coctelerías, no hagáis esto!). Cuando se te pide opinión, pero de tu opinión sincera y de tu gusto se hace burla, hay una oposición frontal y poco razonada o, incluso, irrespetuosa. Y cuando todo el personal desaparece durante más de 20 minutos, dejando la barra abandonada, y cuando regresa y preguntas si va todo bien, se te contesta que no tienes que hacer nada (esto me pasó muy lejos de aquí y de verdad que pensé que la persona había sufrido alguna tragedia, como quedar encerrada en alguna nevera o almacén).
Por suerte, no me veo expuesta con frecuencia a todos estos errores, cosa que leo como señal indudable de la calidad de nuestra hostelería y, quizás también, que debo seguir manteniendo mi criterio independiente, cueste lo que cueste

Que no se defienda al personal de sala de meadas de tiesto por parte de clientes, y que no se le den herramientas para rebatir los ataques, y sentir que como cliente tampoco puedes hacer nada. Que preguntes cualquier cosa y haya un silencio, se escuchen unos grillos, pase un estepicursor… no sé si por un ataque súbito de timidez o por qué. O que notes cómo se te quiere forzar a pedir mucho más de lo que has dicho en la comanda, y salir empachada. Que se te hable en inglés como primera opción. Que continuamente falte agua y que, cuando falta pan y queda menú, no se ofrezca otra ración. Que encuentres un producto en mal estado, sea un rape con anisakis o una caballa madurada en exceso que burbujea en la lengua, y se te diga que no tienes razón, que te equivocas, que es normal. Que llames en unas horas o al día siguiente para avisar que te han intoxicado y que se dude de tu palabra, y que se te diga que es imposible que haya sido allí. Que los lavabos estén sucios, sin papel y/o jabón, desatendidos durante el servicio (o ya al inicio: una vez, a primera hora, con el restaurante vacío, encontré un regalito bien aliñado al ir a lavarme las manos), o que se esté acumulando aquel sarro horrible en el fondo de la taza y nadie haga nada, visita tras visita.
Por suerte, no me veo expuesta con frecuencia a todos estos errores, cosa que leo como señal indudable de la calidad de nuestra hostelería y, quizás también, que tengo que seguir manteniendo mi criterio independiente, cueste lo que cueste, para elegir los lugares que me atraen, que son los que con mucha probabilidad me harán más feliz.