Hay restaurantes que se esconden en un callejón de un barrio viejo. Otros presumen de vistas al mar o de una plaza con encanto. Y luego está El Bou d'Or d'en Sidoro, que ha decidido hacerlo detrás de la fachada de una nave industrial. Llegas al polígono Mas Galí de Gurb pensando que entrarás en una brasería cualquiera. Pero solo hay que cruzar la puerta para que la realidad cambie completamente. Las butacas de color azul, la vajilla y los caminos de mesa en diferentes tonalidades del mismo color, los espejos que simulan grandes ventanales y una elegante combinación de hierro forjado y madera transforman el espacio en un comedor que transmite calma y sofisticación. La cocina abierta imprime ritmo al servicio, mientras un gran toro dorado preside la sala como una declaración de intenciones. Al fondo, un altillo con una delicada barandilla de hierro forjado aporta todavía más personalidad a un restaurante que consigue hacerte olvidar, en pocos segundos, que estás en medio de un polígono industrial.
El origen de un gran restaurante
Pero la historia de El Bou d'Or no empieza aquí. Empieza unos años antes, cuando Isidoro Muñoz —el popular Sidoro— decidió cambiar completamente de vida. Después de una larga trayectoria en el mundo del transporte frigorífico, apostó por una pasión que siempre había tenido: la restauración. Así nació La Taverna d'en Sidoro, un restaurante familiar que muy pronto se convirtió en uno de los puntos de encuentro gastronómicos más populares de Gurb gracias a los desayunos de tenedor, los menús de mediodía, las tapas, las carnes a la brasa y una cocina catalana sin complicaciones. El éxito de la Taverna no llevó a repetir la fórmula. Llevó a evolucionarla.
El Bou d'Or es el segundo capítulo de este proyecto familiar. Los dos restaurantes están comunicados internamente y comparten almacén y logística, pero cada uno tiene una personalidad propia. Mientras Sidoro sigue centrado en el día a día de la Taverna, al frente de la cocina de El Bou d'Or encontramos a su hijo, conocido profesionalmente como Roger Muvi. Es él quien ha construido la identidad gastronómica del restaurante. Cuando conversamos con él, la filosofía queda clara en pocas palabras. Se define como una persona perfeccionista, obsesionada con la calidad del producto. No busca sorprender con fuegos artificiales ni acumular técnicas innecesarias. Tiene un objetivo mucho más sencillo y, probablemente, mucho más difícil: que la gente se marche satisfecha... y vuelva.
Esta manera de entender la cocina se percibe desde el primer bocado. Entre semana, el Bou d'Or ofrece un menú de unos 25 euros y un menú ejecutivo que ronda los 50, una propuesta que permite acercar una cocina de nivel gastronómico tanto a los trabajadores de la zona como a quienes buscan una experiencia más pausada. Nuestro almuerzo comienza con un aperitivo delicado: un salmorejo fresco y unas tostaditas con mousse de foie. Es una entrada discreta, sin excesos, que prepara el paladar para lo que vendrá después.
Una comida excelente
Y entonces llega la croqueta. Hay platos que obligan al crítico a ser prudente. Y hay otros que hacen imposible contener el entusiasmo. La croqueta de vaca madurada con una mayonesa elaborada con la grasa de la misma vaca y un toque de mostaza es, sin exagerar, la mejor croqueta de vaca madurada que he comido nunca. Crujiente por fuera, extraordinariamente cremosa por dentro y con una intensidad de sabor que no busca disfrazar la carne, sino ensalzarla. Si este plato fuera una declaración de intenciones, el mensaje sería inequívoco: aquí el producto siempre pasa por delante del espectáculo.
No hay humo innecesario. No hay escenificaciones. Solo conocimiento, técnica y una materia prima excelente
La segunda propuesta sigue hablando el mismo lenguaje. El tuétano de una vaca frisona llega coronado con un steak tartar elaborado con la misma carne y una piparra que aporta el contrapunto vegetal y ácido justo. Es un plato intenso, profundo y muy bien equilibrado, de esos que invitan a compartir, pero que cuesta dejar escapar de la misma cuchara. Después llega el gran protagonista de la casa. El entrecot de vaca de Okelan, con una maduración de entre 30 y 35 días, confirma que el Bou d'Or ha hecho de la carne su bandera. El restaurante trabaja diferentes razas y orígenes —desde la frisona de Olot o la vaca de l'Esquirol hasta la rubia gallega, las piezas seleccionadas por Okelan en Zarautz o los prestigiosos bueyes de El Capricho, en León— siempre bajo un mismo criterio: seleccionar bien, madurar con paciencia y cocinar con respeto.
No hay humo innecesario. No hay escenificaciones. Solo conocimiento, técnica y una materia prima excelente. Cuando parece que lo mejor de la comida ya ha pasado, llega el giro que nadie espera en un restaurante especializado en carne. Los postres. La Banya Bou d'Or es una composición tan elegante como golosa: una fina estructura de chocolate que esconde una ganache de mango, gel de maracuyá, cremoso de chocolate, praliné de avellana, crumble salado y brownie. Es un juego de texturas y sabores que sorprende por el equilibrio y la precisión.
La mayoría vuelven porque descubren un restaurante donde el servicio es cercano, el producto es el centro de todo y cada detalle parece pensado para que la experiencia sea completa
Es entonces cuando todo toma sentido. Roger Muñoz Viladecans no solo es el responsable de la cocina del Bou d'Or. En 2024 fue distinguido con el premio al Mejor Chocolatero Promesa de España en el prestigioso concurso Generación Belcolade, un reconocimiento que explica por qué los postres tienen tanta personalidad como las carnes. El mismo perfeccionismo que aplica a una maduración o al punto de cocción de un chuletón aparece también en el último plato del menú. Y es aquí donde el Bou d'Or deja de ser solo una buena brasería. Porque, en realidad, es la historia de un relevo generacional bien entendido. La de un padre que decidió reinventarse y abrir un restaurante familiar. Y la de un hijo que ha sabido respetar aquel legado mientras aportaba una mirada propia, más gastronómica, más precisa e igualmente arraigada al producto.
Resulta curioso comprobar cómo un polígono industrial se ha acabado convirtiendo en un pequeño destino gastronómico. Muchos clientes llegan por recomendación. Otros, por la fama de sus carnes. Pero la mayoría vuelven porque descubren un restaurante donde el servicio es cercano, el producto es el centro de todo y cada detalle parece pensado para que la experiencia sea completa. Quizás esta es la gran virtud del Bou d'Or. No pretende impresionar con artificios ni perseguir reconocimientos. Prefiere otra cosa: construir una clientela fiel. Porque, al fin y al cabo, en gastronomía hay una diferencia enorme entre los restaurantes de los que todo el mundo habla y aquellos a los que la gente siempre acaba volviendo. Y el Bou d'Or d'en Sidoro parece haber elegido, con muy buen criterio, este segundo camino.