El Golfo empieza a perder la paciencia con Trump

La relación entre Estados Unidos y sus aliados del golfo Pérsico atraviesa un momento especialmente incómodo. Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait y Baréin comparten desde hace décadas una estrecha vinculación estratégica con Washington, pero la guerra con Irán, y la manera como Donald Trump está gestionando el conflicto, han hecho crecer una frustración que ya se manifiesta abiertamente entre los dirigentes de la región. Según funcionarios árabes y occidentales citados por The Washington Post, los gobiernos del Golfo consideran que la Casa Blanca no está sabiendo conducir la diplomacia necesaria para poner fin a la guerra. El principal reproche es la imprevisibilidad de Trump: durante las últimas semanas ha alternado las amenazas contra Teherán con anuncios optimistas sobre posibles avances negociadores, sin que hasta ahora se haya consolidado una salida al conflicto. La sensación que se extiende entre las monarquías del Golfo es que están pagando un precio muy alto por una guerra que no controlan. Un funcionario de la región lo resume con contundencia al diario estadounidense: Trump inició el conflicto y ahora son los países vecinos de Irán los que están soportando buena parte de las consecuencias.

Una dependencia difícil de romper

La irritación ha llegado hasta el punto de que algunos gobiernos empiezan a preguntarse si tiene sentido continuar acogiendo grandes instalaciones militares estadounidenses en sus territorios. Es una cuestión especialmente sensible porque Catar y Baréin son piezas fundamentales del despliegue militar de Estados Unidos en Oriente Próximo. El problema para los países del Golfo es que el descontento con Washington convive con una enorme dependencia de Washington. Estados Unidos continúa siendo el principal socio de seguridad de buena parte de la región, un proveedor esencial de armas y municiones y una fuente de inteligencia difícilmente sustituible. Por ello, a pesar de las tensiones, ninguno de estos gobiernos dispone a corto plazo de una alternativa real que permita romper con los estadounidenses.

Esta contradicción define el momento actual: los aliados del Golfo responsabilizan a Estados Unidos de haber contribuido a desencadenar una guerra que los ha hecho más vulnerables y, al mismo tiempo, necesitan precisamente a Estados Unidos para defenderse de las consecuencias de esta guerra. Douglas Silliman, que fue embajador estadounidense en Kuwait e Irak, describe esta situación como una paradoja: hay indignación con Washington, pero también conciencia de que sin la ayuda estadounidense los gobiernos de la zona tendrían muchas más dificultades para obtener equipamiento, municiones e información militar. Un funcionario del Golfo citado por el Post lo expresa aún más claramente: por mucho que discrepen de Washington, estos países no están en condiciones de decir simplemente "no" a Estados Unidos.

Buscar más aliados

Esto no significa que quieran seguir dependiendo exclusivamente de Washington. Una de las señales más significativas es el acuerdo de defensa mutua firmado recientemente por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán. Un alto funcionario europeo interpreta el pacto como un mensaje directo a Estados Unidos: Riad y otras capitales de la región quieren diversificar sus socios militares porque ya no consideran que la protección norteamericana sea suficiente. No parece probable que estos movimientos transformen de manera inmediata la arquitectura de seguridad del Golfo, construida durante décadas alrededor de Estados Unidos. Pero sí que evidencian una pérdida de confianza.

Firas Maksad, responsable del área de Oriente Próximo y el norte de África de Eurasia Group, explica que en muchas capitales del Golfo la política de Trump hacia Irán es vista como errática e imprevisible. Anna Jacobs, del Arab Gulf States Institute de Washington, sostiene que desde el inicio de la guerra ha crecido la percepción de que las decisiones estadounidenses, en lugar de aportar seguridad, han acabado haciendo más vulnerable la región.

Del apoyo inicial al desencanto

La posición de los países del Golfo no ha sido siempre la misma. Omán se opuso al conflicto desde el principio, pero Arabia Saudita, los Emiratos y Baréin observaron inicialmente la guerra con una actitud más ambigua. En algunos sectores de Riad y Abu Dabi existía la esperanza de que una campaña rápida pudiera debilitar decisivamente el régimen iraní y alterar el equilibrio regional a su favor. Esta expectativa se fue evaporando cuando se comprobó que el gobierno de Teherán resistía y que Irán no tenía intención de reabrir el estrecho de Ormuz.

El bloqueo de esta ruta marítima es especialmente grave porque por Ormuz circula una parte fundamental de las exportaciones energéticas de la región. Arabia Saudita ha tenido que depender más de sus puertos del mar Rojo, mientras afronta también los ataques de los hutíes de Yemen contra sus infraestructuras energéticas y las amenazas sobre el estrecho de Bab al-Mandeb. La guerra, por lo tanto, ya no es para las monarquías del Golfo un conflicto exterior. Ha penetrado plenamente en sus intereses económicos y de seguridad.

Una diplomacia que no convence

La frustración también afecta a los intentos de negociación. Bader Al-Saif, profesor de la Universidad de Kuwait, critica la falta de una estrategia coherente de Washington y considera insuficiente el memorándum de entendimiento que Estados Unidos e Irán firmaron en junio. Desde la perspectiva de los gobiernos del Golfo, cualquier acuerdo con Teherán debería abordar cuestiones que consideran esenciales, como el arsenal de misiles balísticos iraní o el apoyo de la República Islámica a grupos armados aliados en diferentes países de la región. Si estas cuestiones quedan fuera de la negociación, temen que una tregua pueda detener temporalmente los combates sin resolver las amenazas que más les preocupan.

La Casa Blanca, sin embargo, rechaza la idea de que Trump haya deteriorado la relación con sus socios. Un responsable estadounidense asegura que el presidente mantiene unas relaciones excelentes con los dirigentes del Golfo y defiende que Washington ha estado en contacto permanente con sus aliados durante toda la crisis. La Administración Trump sostiene también que el presidente ha priorizado siempre la vía diplomática y responsabiliza a Irán de la escalada por sus acciones militares, los ataques contra soldados estadounidenses y las agresiones contra otros países de la región.

El coste económico empieza a pesar

Cuanto más se alargue la guerra, más difícil será mantener este equilibrio. La inseguridad amenaza también los planes de transformación económica con los que las monarquías del Golfo intentan reducir su dependencia del petróleo. Después de la pausa habitual del verano, el otoño es una de las épocas de más actividad en la zona, con grandes conferencias internacionales, festivales, eventos empresariales y competiciones deportivas. Este año, sin embargo, buena parte del calendario de octubre a diciembre está rodeado de incertidumbre. Uno de los primeros termómetros será la Future Investment Initiative de Arabia Saudita, el gran foro económico que se celebra a finales de octubre y que a menudo es presentado como el "Davos del desierto". La presencia —o la ausencia— de grandes ejecutivos y dirigentes internacionales permitirá medir hasta qué punto la guerra está perjudicando el atractivo económico de la región.

En Kuwait, a pesar de los ataques iraníes con drones y misiles, buena parte de la vida cotidiana ha recuperado una cierta normalidad. Han reabierto los negocios, el tráfico ha vuelto a las calles y las clases presenciales se han reanudado. Pero esta normalidad es frágil. Los países del Golfo saben que pueden resistir una crisis. Lo que no saben es durante cuánto tiempo deberán hacerlo. Y mientras Trump intenta combinar presión militar y negociación con Teherán, sus aliados más próximos de la región empiezan a plantearse una pregunta que hace unos años habría parecido casi impensable: ¿hasta qué punto pueden continuar confiando en Estados Unidos?